La loca de la casa

10 febrero 2026 - Opinión - Comentarios -

Habitación desordenada

Habitación desordenada 1 

Nuestra memoria se parece a una habitación abandonada llena de desorden y abierta a cualquier visitante inoportuno. Es como una casa abandonada que está a merced de cualquiera. Nuestra memoria no está libre ni sabe qué debe recordar y qué debe olvidar. Permanece cerrada, inquieta y turbada por muchos recuerdos que nos quitan la paz, nos deja incapaces para la oración tranquila y cerrada a las necesidades del prójimo. 

Perdida en recuerdos de un pasado que no muere del todo en nuestro interior e inquieta por un futuro incierto que quiere asegurar. Este desorden de la memoria nos desplaza y descentra de lo verdaderamente importante. El desorden de la memoria carnal procede fundamentalmente del egoísmo que nos centra en nosotros mismos y nos hace como un nudo que nos impide abrirnos a Dios y al prójimo. 

De la desconfianza en Dios nacen muchas preocupaciones inútiles porque intentamos apoyarnos en nosotros mismos. Ansiedades, ideas fijas, y obsesiones son nudos del alma y esclavitudes de la memoria que nos mantienen apegados a todo aquello que es tan deseado: salud, dinero, independencia, tranquilidad etc. 

El síntoma más claro del desorden de la memoria reside en la falta de libertad. Es cierto que la vida diaria precisa de nosotros que nos ocupemos de muchas cosas pero las preocupaciones que provienen del desorden de la memoria nos llevan a dar vueltas y más vueltas en un exceso de preocupación morbosa. Somos como un animal dando vueltas a una noria. A menudo no conseguimos “desconectar” de un tema que sigue dando vueltas en nuestra cabeza cuando ya hemos decidido descansar y no “conseguimos quitarnos de la cabeza” tal o cual preocupación que nos roba la libertad y la paz.

La memoria debe ser pacificada por la esperanza y el confiado abandono en la providencia de Dios. Cristo nos ha hecho libres, “manteneos, pues, firmes y no os dejéis sujetar al yugo de la servidumbre” (Gal 5,1). “¿Quién de vosotros con sus preocupaciones podrá añadir una hora al tiempo de su vida?”. La paz está en buscar el Reino con todo el corazón, despreocupándose por las añadiduras y sin inquietarse para nada por el mañana (Mt 6,25-34) Puede alcanzarse, como don de Cristo, el perfecto silencio interior, la paz del corazón, que es la herencia del cristiano en esta vida: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo. No se turbe vuestro corazón ni se intimide” (Jn 14,27). 

Habitación desordenada 2 

Al igual que ocurre con el entendimiento también podemos colaborar poniendo orden en la memoria, limitando la avidez y consumo de noticias. Hay demasiadas noticias que no son en absoluto necesarias. 

Nuestra memoria no se cansa de querer saberlo todo y se entretiene en conversaciones vanas o inútiles que simplemente le distraen o agobian. Es como una esponja que se hincha conforme absorbe cuanto le rodea. Esta esponja de nuestra memoria necesita ser estrujada y vaciada, ya que “cuanto más el alma desaposesionare la memoria de formas y cosas memorables que no son Dios, tanto más pondrá la memoria en Dios y más vacía la tendrá para esperar de él el lleno de su memoria” (San Juan de la Cruz., 3 Subida, 15,1) 

Deberíamos esforzarnos en no consentir en las preocupaciones y en los vanos pensamientos obsesivos y combatirlos como debemos hacerlo con los pensamientos que consideramos malos en otros temas como en el deseo de robar o en los odios y rencores. 

Esforzarnos en actualizar constantemente la virtud de la esperanza y confiar en Dios con total abandono cortando o deshaciendo los nudos que están enredando la memoria y nos roban la paz del alma. La persona de memoria purificada queda libre para mirar a Dios en una oración sin distracciones, y para escucharle en silencio, sin ruidos interiores. Puede centrar en el prójimo una atención solícita, no distraída por otros objetos inoportunos. 

Logra desconectar, cuando conviene, de sus ocupaciones y atenciones diarias. Vive sereno en medio de las vicisitudes de la vida; y duerme y descansa sin pastillas, gotas ni comprimidos. 

“El alma se libra y ampara del mundo, porque esta verdura de esperanza viva en Dios da al alma una tal viveza y animosidad y levantamiento a las cosas de la vida eterna, que, en comparación de lo que allí espera, todo lo del mundo le parece -como es la verdad- seco y lacio y muerto y de ningún valor. Y aquí se despoja y desnuda de todas estas vestiduras y traje del mundo, no poniendo su corazón en nada, ni esperando nada de lo que hay o ha de haber en él, viviendo solamente vestida de esperanza de vida eterna” (San Juan de la Cruz., 2 Noche oscura, 21,6 )


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Jesucristo, Vida verdadera 

La vida, que el hombre persigue con una esperanza infatigable, un don sagrado en el que Dios hace brillar su misterio y su generosidad. Dios es el Dios “viviente” Invocar «al Dios viviente» o presentarse como el «servidor del Dios viviente» es no sólo proclamar que el Dios de Israel es también darle uno de los nombres que más estima. 

La vida es cosa preciosa que aparece en las últimas etapas de la creación para coronarla. Pero la vida es cosa frágil. Todos los seres vivos, sin excluir al hombre, poseen la vida sólo a título precario. Están por naturaleza sujetos a la muerte. En efecto, esta vida depende de la respiración, es decir, de un soplo frágil, independiente de la voluntad y que una cosilla de nada es capaz de extinguir. La vida es cosa que viene de Dios, pero el hálito del hombre viene de Dios en forma muy especial: para hacerlo alma viva insufló Dios en sus narices un soplo de vida que vuelve a retirar en el instante de la muerte- Dios promete la vida. 

Dios, «que no se complace en la muerte de nadie», no había creado al hombre para dejarlo morir, sino para que viviera por eso le había destinado el paraíso terrenal. Aun después de haber debido vedar el acceso al árbol de vida al hombre pecador, que pensaba hallarlo por sus propias fuerzas, no renuncia Dios a garantizar al hombre la vida. 

Dios es fuente de vida. Esta vida, aun cuando se vive enteramente en la tierra, no se nutre, sin embargo, en primer lugar, de los bienes de la tierra, sino de la adhesión a Dios. Él es «la fuente de agua viva» y «su amor vale más que la vida». Más que de la vida dichosa en su tierra hizo Israel pecador la experiencia de la muerte, pero desde el seno mismo de la muerte descubre que Dios persiste en llamarlo a la vida. Desde el fondo del exilio proclama Ezequiel que Dios «no se complace en la muerte del malvado», sino que lo llama a vivir. 

Jesucristo afirma de Sí mismo “Yo SOY LA VIDA”. Con la venida del Salvador las promesas se convierten en realidad. Jesús anuncia la vida. Para Jesús es la vida cosa preciosa, «más que el alimento» «salvar una vida» prevalece incluso sobre el sábado porque «Dios no es un Dios de muertos sino de vivos». Él mismo cura y devuelve la vida, como si no pudiera tolerar la presencia de la muerte: si hubiera estado allí, Lázaro no habría muerto (Jn 11,15.21). 

Él aporta la vida que no muere, la «vida eterna», hasta se puede decir que es «la vida» a secas. Cristo, Verbo eterno, poseía la vida desde toda la eternidad. Encarnado, es «el Verbo de vida» que dispone de la vida en plena propiedad y la da con superabundancia a todos los que le ha dado su Padre. Él es «el camino, la verdad y la vida» (14,6), «la resurrección y la vida» (11,25). Jesucristo, príncipe de la vida. 

Lo que Jesús pide lo hace él el primero; lo que anuncia, lo da. Libremente, por amor del Padre y de los suyos, como el Buen pastor por sus ovejas, «da su vida». Jesucristo, muerto y resucitado, es «el príncipe de la vida» A nosotros nos llama Dios a “Vivir en Cristo”. Este paso de la muerte a la vida se repite en quien cree en Cristo y, «bautizado en su muerte» «vive en adelante para Dios en Cristo Jesús». Su «vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), el Dios vivo cuyo Vida templo es (2Cor 6,16). 

No está ya sometido a la sujeción de la carne; puede atravesar indemne la muerte y vivir para siempre no ya para sí mismo, sino para aquél que ha muerto y resucitado» por él. Así la muerte es absorbida por la vida. Ya en esta tierra, cuanto mayor participación tiene el cristiano en la muerte de Cristo y cuanto más lleva en sí sus sufrimientos, tanto más manifiesta su vida aun en su cuerpo. Esta vida no tendrá, sin embargo, toda su perfección sino el día en que también el cuerpo resucite glorioso. Entonces todo quedará plenamente sometido a Dios, que «será todo en todos». 

Será un nuevo paraíso, donde los santos gustarán para siempre la vida misma de Dios en Cristo Jesús. Vivimos en un momento concreto y con unos problemas concretos en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia, en nuestra familia y en nuestro trabajo. Y se nos pide cambiar. Los cambios que Dios nos pide no son cambios estructurales o políticos o aparentes, sino cambios fruto del amor. 

Del deseo de ser fieles y de perseverar. Que no es dejar pasar el tiempo. Sino renovar en el tiempo la decisión que tomé. Y vivir de ella. Vivir de aquella fidelidad constantemente renovada. 

El inicio de la justificación (de toda obra buena en nosotros) proviene de Dios. 

Eso no excluye nuestra colaboración o nuestro esfuerzo en ver si podemos hacer más u otras cosas distintas. En lo que se traduce es en que no nos vamos a santificar haciendo una cosa distinta a la que Dios quiere. Ni más, ni menos, ni otra cosa. ¿Es mejor rezar tres rosarios que uno? Pues no. Si Dios no lo quiere, no. Hay cosas que constan de la voluntad de Dios sobre nosotros, pero hay muchas otras cosas que no constan. Que si he de ir o no a misa cada día. Pues depende. No es voluntad explícita para todos nosotros. Ese tema deberá discernirlo cada uno. 

Evangelio de la vocación cristiana: "35 Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos.36 Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». 37 Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabí -que quiere decir 'Maestro'- ¿Dónde vives?» 39Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima". Jesús se hace el encontradizo. Hace ver que no sabe. 

Pregunta: ¿Qué buscáis? Él lo sabe, pero quiere que nos demos cuenta. Este esquema se repite en la llamada a todos los discípulos. "40 Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. 41 Éste encuentra primeramente a su propio hermano, Simón, y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» - que quiere decir, Cristo. 42 Y le llevó a Jesús. Fijando Jesús su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» - que quiere decir, 'Piedra'».43 

Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea y encuentra a Felipe. Y Jesús le dice: «Sígueme.» (Jn 1. 40-43) Y se perpetúa hasta ahora. El 'ven y sígueme' es lo esencial de nuestro bautismo. Seguro que con muchas mediaciones. Pero quien llama siempre es Jesús. Eso es tan importante que el Papa llama a la Iglesia: Misterio de vocación, Misterio de los llamados. Asamblea de los vocacionados. 

No es una fábrica, una asamblea, una agencia de servicios, una empresa de marketing, de venta de un buen producto. Es la asamblea de los llamados. Aquellos en los que fija la mirada, y por su nombre les dice: "¿qué quieres?" Tan es así que san Pablo lo resume de este modo: "3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; 4 por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; (Ef 1, 3-) 

Con el paso del tiempo lo podemos dar por sabido. O por seguro. Hay que renovarlo. Fue una elección pensada. Nos llamó para ser santos. Y si acierto en eso, acierto en todo. Y si en eso fracaso, fracaso en todo. 

Esa mirada sencilla a lo más esencial, hoy nos conviene. Porque se ha llenado nuestra vida de muchas otras cosas. Que, seguro que serán muy importantes y muy urgentes, pero no son la esencial. Y también en la Iglesia, Pero lo esencial es que Dios me llamó antes de la creación del mundo, por mi nombre, con amor de elección para que fuera santo. Y eso sí que no va a cambiar, y ahí sí que me juego el sentido de mi vida. La de aquí y la de allá. “eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, 6 para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado. 7 En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia 8 que ha prodigado sobre nosotros en toda sabiduría e inteligencia, 9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, 10 para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, 

San Pablo resume el sentido de la vocación cristiana y su permanencia a través de los siglos. Y a través de los distintos estados que ocupa nuestra vida. La llamada al matrimonio por ejemplo es signo de otra llamada más profunda y universal, que es misterium vocationis y toma raíz en la llamada gratuita y precedente de parte del Padre. Que antes de cualquier mérito nuestro, Dios nos había llamado. 


¿Por qué dudamos a veces de la llamada de Dios por nuestra respuesta? ¿Por qué medimos la llamada de Dios por nuestra respuesta? Y si tú no permaneces fiel, Dios permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. El argumento de la fidelidad de Dios, no es nuestra respuesta. Es precedente a nuestra respuesta. No hace Dios como nosotros. 

Por eso la Iglesia piensa que la vocación es algo permanente, y no nos sentimos llamados sólo al matrimonio, sino en el matrimonio, no solamente al bautismo, sino en el bautismo. Y eso a través de toda nuestra vida. “Por esto te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. 7 Porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza. 8 No te avergüences, pues, ni del testimonio que has de dar de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero; sino, al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, 9 que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, 10 y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio 11 para cuyo servicio he sido yo constituido heraldo, apóstol y maestro. (2 Tim 1) 

Vamos a no esconder en nuestra oración esos miedos que tenemos. Toda obra de santificación en nuestro interior es sugerida por iniciativa precedente y gratuita de Dios. Es el motor permanente de nuestro reciclaje. El motor seguro de nuestra vitalidad espiritual. No es una técnica, no es una terapia. Sino que reavivamos en nosotros un don de Dios que es permanente. Siempre vivo y actual. La Iglesia es educadora de vocaciones cristianas. La historia de nuestra vocación es la historia de un diálogo inefable entre un Dios vivo y nosotros. En todas las vicisitudes de nuestra vida, en nuestra decisión de matrimonio, en nuestra renovación, en los momentos dulces. 

Cuantas veces decimos 'si yo hubiera sabido...' Dios sí lo sabía. Es en Él que tenemos nuestra seguridad, no en nosotros. En la fuente del amor que significa esa llamada del Padre desde toda la eternidad a ser santo. Y así podemos ir añadiendo condicionantes personales, obras en las que colaboro, o providenciales. 

En Mc 3,13. “ Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. 14 Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar Para estar con él Jesús en la pasión les dice a los once: 13 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. 16 No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.


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Libres del mundo

Señalaremos aquí algunos consejos que pueden ser útiles en este esfuerzo por conseguir la auténtica libertad cristiana frente al mundo. En primer lugar, la oración, ya que gracias a ella podemos trascender el mundo visible que nos rodea. En segundo lugar, no desear “conformarnos” con la moda sino según Cristo. 

Como afirma Pablo VI: “Un cristiano que quiere ser coherente y fiel con la propia adhesión a la religión católica ¿puede sumergirse en el potente y tempestuoso mar de la vida moderna? ¿Hay un contraste, un conflicto, un choque, entre la concepción en torno al modo de vivir de un bautizado, de un hijo auténtico de la Iglesia, y la concepción y la costumbre de un hijo no menos auténtico de nuestro siglo?” No podemos poner el vino nuevo de la vida interior cristiana en los viejos cueros de la vida exterior del mundo. En tercer lugar, es importante distinguir lo que pertenece a la historia y lo que pertenece a la naturaleza. El pez vive en el agua, la ardilla en el bosque, el camello en el desierto, y el hombre en su mundo. 

Y así fácilmente el mundo histórico concreto se le presenta al hombre como si fuera naturaleza. Uno sale cada día de su casa y ve siempre el mismo árbol y también encuentra la calle en paz. Pero una cosa no es la otra. Es “natural” que el árbol siga en pie, pero la paz no es un valor “natural” sino “cultural”. No es “natural” que siga en paz la calle porque la paz es un valor que depende de la unión de muchas libertades que pueden convertir la paz en conflicto si su libertad no está dispuesta a mantener la concordia. La paz no es como un árbol que puede crecer sin los compromisos de nuestra libertad. 

De ahí que podemos preguntarnos si es natural que dediquemos tanto tiempo a escuchar noticias, o que cada año haya un tiempo de vacaciones, o muchas otras cosas que quizás no pertenecen a la naturaleza sino a la historia. Basta viajar un poco para darse cuenta de la cantidad de confusiones que hay en este terreno. Quien toma la historia como naturaleza se cierra por completo a la formidable fuerza renovadora del Espíritu que le permite ser libre del mundo y de su moda. En cuarto lugar, deberíamos acostumbrarnos a no seguir acríticamente los criterios de la moda que suelen ejercerse con mayor éxito sobre personas inmaduras, en asuntos triviales o bien en cuestiones complejas en las que nos resulta más difícil encontrar un criterio claro de actuación. 

No seguir la moda puede resultar muy duro. La muchacha que no va “a la moda” puede padecer un desprecio del grupo; un profesor crítico desde su cátedra puede quedar desterrado de la promoción profesional que precisa y el estudiante tímido puede verse criticado en su timidez simplemente porque se “premia” socialmente el carácter extrovertido. Incluso en la Iglesia la moda puede condicionar una gran pérdida de libertad interior. A la religiosa que hace unos años le dijeron: “Ha de ser su caridad más reservada, madre Concepción, procure ser menos comunicativa, ame el santo silencio y guarde sus cosas para hablarlas con su Divino Esposo”, veinte años más tarde le han dicho: “Has de ser más comunicativa, Conchi, habla más, cuenta tus cosas, no estés inhibida, no pases tanto tiempo sola”. Y antes, como ahora, creían decirle estas cosas en el nombre del más genuino Evangelio. Pero eran sólo modas, modas cambiantes.

Los cristianos espirituales y los santos que han vencido al mundo porque han muerto a él son los que verdaderamente ejercen la libertad de los hijos de Dios y permanecen libres de la moda. 

Y en quinto y último lugar, debemos vencer el miedo a parecer raros. Raro puede significar infrecuente, excelente o extravagante. Los santos han sido raros en las dos primeras acepciones de este término. Debemos tener mucho cuidado de que el miedo a ser raros no sea miedo a ser santos, es decir, a dejarse renovar incondicionalmente por el Espíritu de Jesús. 

San Juan de la Cruz señala que suele darse “una tácita reprensión de parte de los del mundo, los cuales han de costumbre notar a los que de veras se dan a Dios, teniéndoles por demasiados en su extrañeza y retraimiento y en su manera de proceder, diciendo también que son inútiles para las cosas importantes y perdidos en lo que el mundo aprecia y estima” (Cántico 29,5). 

San Agustín, muy sensible al tema, exclamaba: “¡Hay de ti, oh río de la costumbre humana! ¿Quién hay que te resista? ¿Cuándo no te secarás? ¿Hasta cuándo arrastrarás a los hijos de Eva a ese mar inmenso y espantoso que apenas logran pasar los que subieren sobre el leño?” (Confesiones 1, 16,25). Solamente aferrados a la cruz hallamos fuerzas para resistirnos a la costumbre mundana y para reorientar nuestra vida según Cristo. No hay que buscar agradar a los hombres sino a Dios. La fidelidad a Cristo exige del cristiano una gran autonomía afectiva. 

San Pablo nos dice que hemos “sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio; y así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones. Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, Dios es testigo, ni buscando gloria humana, ni de vosotros ni de nadie” (1 Tes. 2,4-6).

”¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gál. 1,10). 

El influjo cálido y próximo e incluso amistoso de aquellos que nos rodean, también de familiares y amigos, puede envolvernos suavemente pero obstinadamente limitando nuestra capacidad de actuar de cara a Dios. En este sentido, “los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10,36). Y el profeta “es tenido en poco entre sus parientes y en su familia” (Mc. 6,4). Por eso afirmaba Jesús que “Mi madre y mis hermanos son éstos, los que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra” (Lc. 8,21). Podríamos acabar afirmando que las personas ante el mundo pueden ser claudicantes, resistentes o victoriosas. 

Los cristianos claudicantes han sido vencidos por el mundo y viven bajo su influjo; los cristianos resistentes, defensivos, no claudican del todo ante el mundo, pero no tienen tampoco fuerza suficiente para vencerle, y dependen más de él de lo que ellos suponen. Los cristianos victoriosos vencen con Cristo al mundo, y en el Espíritu Santo tienen su fuerza vital y su auténtica libertad. 

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