Biblioteca CALIBRE

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¡Hola amigo!

Los libros son un manantial de agua fresca para nuestra alma. 

Yo he leído, estudiado y guardado muchos durante años. Primero, en papel, más tarde en virtual. 

De cualquier modo, es para mí un placer que puedas consultarlos e incluso descargarlos gratuitamente. 

Todos son de mi propiedad y, simplemente tuve que escanearlos. 

Pongo a tu disposición mi Biblioteca CALIBRE. Sólo tienes que abrir sesión desde tu PC. Antes he añadido algunos libros especialmente recomendados para estudiantes de teología. Fíjate bien en las descripciones y también en los links que he ido añadiendo a lo largo de los años. ¡y disfrútalos! 

Y recuerda: "Da gratis lo que gratis recibiste".

¡Buena lectura! 

@Hohanan @Aquinate @joanmp


Biblioteca Calibre

Ludwig Ott. Manual de Teología Dogmática. Editorial: Herder (2009) 

"Este Manual de Teología Dogmática ha nacido del ejercicio diario de enseñar y , por tanto, se dirige primordialmente a los estudiantes de la disciplina teológica. Me propuse presentar de la forma más clara y precisa que me fuera posible la sustancia de la doctrina católica y sus fundamentos en las fuentes de la revelación. Por razones didácticas he estructurado cuidadosamente toda la materia" (Prólogo).

Considerado un clásico de la dogmática, este manual expone de la forma más clara y precisa la doctrina católica y sus fundamentos en las fuentes de la revelación. 

Ludwig Ott presenta en cada tema las declaraciones más significativas del magisterio, algunos de los textos bíblicos y patrísticos más importantes y expone la evolución histórica de los dogmas. Todo ello, dando preferencia al método positivo sobre el especulativo aunque con numerosas citas de Santo Tomás para profundizar en este campo. 

La existencia de Dios, los atributos divinos, el dogma trinitario, la creación, las dos naturalezas de Cristo, la gracia, los sacramentos -con especial énfasis en la eucaristía- o el pecado son algunos de los temas que Ott desarrolla en este manual de obligada lectura para los estudiantes de teología y todo aquel que quiera profundizar en la doctrina católica. 

Jaime Balmes., El criterio, Biblioteca de autores cristianos, Madrid (2011) 

Jaime Luciano Antonio Balmes y Urpiá nació en Vic (Barcelona) el 28 de agosto de 1810 y murió el 9 de julio de 1848. Conocido habitualmente como Jaime Balmes, fue un filósofo, teólogo, apologista, sociólogo y tratadista político español. 

Familiarizado con la doctrina de santo Tomás de Aquino, Balmes es un filósofo original que no pertenece a ninguna escuela o corriente en particular, al que Pío XII calificó como “príncipe de la apologética moderna”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Jaime_Balmes) La certeza es natural e intuitiva como la duda, y anterior a la filosofía. Así, la certeza común y natural engloba también a la certeza filosófica cartesiana. Para llegar a esta certeza, son necesarios los llamados "criterios", los medios mediante los cuales podemos acceder a la verdad. Hay gran cantidad de criterios por haber, también, varios tipos de verdades. Sin embargo, Balmes prefiere distribuirlos en tres: los criterios de conciencia, los de evidencia y los de sentido común. 

Son éstos los criterios para acceder a los tres tipos de verdad. Definir como "filosofía del sentido común" el corpus del pensamiento de Balmes no se debe tanto a su concepción del sentido común como inherente al quehacer filosófico, sino especialmente por su definición de este sentido como criterio para alcanzar una certeza. Llegados a éste punto, cabe señalar la relación de las verdades subjetivas con los criterios de conciencia, las verdades racionales con los de evidencia y finalmente, las verdades objetivas accesibles mediante el criterio del llamado "sentido común". El criterio es, según su propio autor, «un ensayo para dirigir las facultades del espíritu humano por un sistema diferente de los seguidos hasta ahora». Se trata, pues, de un método original y, en sus líneas esenciales, indispensable para aprender a pensar bien, o sea, para ejercitar la actividad intelectual, que conviene en orden a conocer la verdad o a dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. Balmes trata en el criterio sobre la atención, la elección de carrera, el conocimiento adquirido por el testimonio inmediato de los sentidos.

Discute de la lógica que sea acorde con la claridad, de la autoridad humana en general, de periódicos y relatos de viaje, de la historia, del conocimiento de la naturaleza y de las propiedades y relaciones de los seres. Es especialmente incisivo en la consideración de todo cuanto se refiere a la buena percepción, el juicio y el raciocinio. Trata igualmente de la enseñanza, la invención, el corazón y la imaginación y anima al estudio de la historia y los fundamentos de la religión. Balmes nos explana en qué consiste el pensar bien cuando define –en sus consideraciones preliminares- qué es la verdad: “El pensar bien consiste: o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. 

Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que la variedad de las estaciones depende del Sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, es así; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos la verdad; así como caeríamos en error pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables. 

Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende” (Criterio., Capítulo primero. Consideraciones preliminares) El criterio de Balmes es uno de estos libros que hay que leer alguna vez –o varias- en la vida. Sencillo, directo, claro, es capaz de dotarnos de un amor grande al sentido común (al “seny” –en catalán-) para hacernos asequibles los misterios más trascendentes de Dios y la persona, y los más cotidianos de nuestro quehacer diario. Como él mismo afirma en las conclusiones finales, “Criterio es un medio para conocer la verdad. La verdad en las cosas, en la realidad. La verdad en el entendimiento es conocer las cosas tal como son. La verdad en la voluntad es quererlas como es debido, conforme a las reglas de la sana moral. La verdad en la conducta es obrar por impulso de esta buena voluntad.

La verdad en proponerse un fin es proponerse el fin conveniente y debido, según las circunstancias. La verdad en la elección de los medios es elegir los que son conformes a la moral y mejor conducen al fin… “al hombre le han sido dadas muchas facultades. Ninguna es inútil. Ninguna es intrínsecamente mala. La esterilidad o la malicia les vienen de nosotros, que las empleamos mal.

Una buena lógica debiera comprender al hombre entero, porque la verdad está en relación con todas las facultades del hombre. Cuidar de la una y no de la otra es a veces esterilizar la segunda y malograr la primera. El hombre es un mundo pequeño, sus facultades son muchas y muy diversas; necesita armonía, y no hay armonía sin atinada combinación, y no hay combinación atinada si cada cosa no está en su lugar, si no ejerce sus funciones o las suspende en el tiempo oportuno. Cuando el hombre deja sin acción alguna de sus facultades es un instrumento al que lo faltan cuerdas; cuando las emplea mal es un instrumento destemplado. La razón es fría, pero ve claro; darle calor y no ofuscar su claridad; las pasiones son ciegas, pero dan fuerza; darles dirección y aprovecharse de su fuerza. El entendimiento sometido a la verdad, la voluntad sometida a la moral, las pasiones sometidas al entendimiento y a la voluntad, y todo ilustrado, dirigido, elevado por la religión: he aquí el hombre completo, el hombre por excelencia. En él la razón da luz, la imaginación pinta, el corazón vivifica, la religión diviniza”.

Hans Ursvon Balthasar. Gloria (Herrlichkeit) Ediciones Encuentro Cedaceros

Hans Urs von Balthasar nació en Lucerna (Suiza) en 1905. Realizó estudios de música, filología germánica y filosofía en Viena, Berlín y Zúrich. En 1929 entró en la Compañía de Jesús. En su formación teológica son decisivas las relaciones con Erich Przywara y Karl Barth, pero sobre todo destacan dos encuentros en particular: con Henri de Lubac, su maestro en teología, y con Adrienne von Speyr, junto a la que comenzó una experiencia de vida religiosa centrada en una visión trinitaria de la vida cristiana y en una presencia activa en el mundo. Al mismo tiempo funda y dirige la editorial Johannes Verlag, que se propone publicar los escritos de los Padres de la Iglesia y de algunos teólogos que situaron como centro de su reflexión a Cristo. Su pensamiento teológico está dominado por la idea de que sólo el amor es creíble. 

Sobre este fundamento von Balthasar construyó su vasta obra teológica cuya forma más acabada se encuentra en la trilogía Gloria, Teo dramática y Teológica. En reconocimiento a su persona como punto de referencia para toda la teología católica, fue nombrado cardenal por el papa Juan Pablo II pocos días antes de su muerte, acaecida el 26 de junio de 1988. Como él mismo afirma: «El propósito de la presente obra es desarrollar la teología cristiana a la luz del tercer trascendental, es decir, completar la visión del verum y del bonum mediante la del pulchrum. Mostraremos hasta qué punto el abandono progresivo de esta perspectiva (que tan profundamente configuró en otras épocas a la teología) ha empobrecido al pensamiento cristiano. Por consiguiente, no se trata de abrir para la teología un cauce secundario y más o menos experimental, impulsados tan solo por una vaga y nostálgica melancolía, sino más bien de retrotraerla a su cauce principal, del que, en gran parte, se había desviado». 

El esquema general de “Gloria” es el siguiente: Parte primera: Una estética teológica Vol. 1. La percepción de la forma. Parte segunda: Formas de estilo Vol. 2. Estilos eclesiásticos Vol. 3. Estilos laicales. Parte tercera: Metafísica Vol. 4. Edad Antigua Vol. 5. Edad Moderna. Parte cuarta: Teológica Vol. 6. Antiguo Testamento Vol. 7. Nuevo Testamento.

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Confesiones. San Agustín 

San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, pequeña ciudad de Numidia en el África romana. Su padre, llamado Patricio, era un pequeño propietario pagano y su madre, Santa Mónica, es puesta por la Iglesia como ejemplo de "mujer cristiana", de piedad y bondad probadas, madre abnegada y preocupada siempre por el bienestar de su familia, aún bajo las circunstancias más adversas. Mónica le enseñó a su hijo los principios básicos de la religión cristiana y al ver cómo el joven Agustín se separaba del camino del cristianismo se entregó a la oración constante en medio de un gran sufrimiento. Años más tarde Agustín se llamará a sí mismo "el hijo de las lágrimas de su madre". En Tagaste, Agustín comenzó sus estudios básicos, posteriormente su padre le envía a Madaura a realizar estudios de gramática. Agustín fue maniqueo y orador imperial en Milán. Era el rival en oratoria del obispo Ambrosio de Milán, figura que después hizo a Agustín conocer los escritos de Plotino y las epístolas de Pablo de Tarso. Por medio de estos escritos se convirtió al cristianismo. 

Ya como obispo, escribió libros que lo posicionan como uno de los cuatro primeros Padres de la Iglesia. La vida de Agustín fue un claro ejemplo del cambio que logró con la adopción de un conjunto de creencias y valores. 

San Agustín se destacó en el estudio de las letras. Mostró un gran interés hacia la literatura, especialmente la griega clásica y poseía gran elocuencia. Durante sus años de estudiante en Cartago desarrolló una irresistible atracción hacia el teatro. Al mismo tiempo, gustaba en gran medida de recibir halagos y la fama, que encontró fácilmente en aquellos primeros años de su juventud. Años después, el mismo Agustín hizo una fuerte crítica sobre esta etapa de su juventud en su libro Confesiones. A los diecinueve años, la lectura de Hortensius de Cicerón despertó en la mente de Agustín el espíritu de especulación y así se dedicó de lleno al estudio de la filosofía, ciencia en la que sobresalió. Durante esta época el joven Agustín conoció a una mujer con la que mantuvo una relación estable de catorce años y con la cual tuvo un hijo: Adeodato.

En su búsqueda incansable de respuesta al problema de la verdad, Agustín pasó de una escuela filosófica a otra sin que encontrara en ninguna una verdadera respuesta a sus inquietudes. Finalmente abrazó el maniqueísmo creyendo que en este sistema encontraría un modelo según el cual podría orientar su vida. Varios años siguió esta doctrina y finalmente, decepcionado, la abandonó al considerar que era una doctrina simplista que apoyaba la pasividad del bien ante el mal. Sumido en una gran frustración personal decidió, en 383, partir para Roma, la capital del Imperio romano. Su madre quiso acompañarle, pero Agustín la engañó y la dejó en tierra (cf. Confesiones 5,8,15). 

En 385 Agustín se convirtió al cristianismo. Fue en Milán donde se produjo la última etapa antes de su conversión: empezó a asistir como catecúmeno a las celebraciones litúrgicas del obispo Ambrosio, quedando admirado de sus prédicas y su corazón. Entonces decidió romper definitivamente con el maniqueísmo. Esta noticia llenó de gozo a su madre, que había viajado a Italia para estar con su hijo, y que se encargó de buscarle un matrimonio acorde con su estado social y dirigirle hacia el bautismo. En 386 se consagró al estudio formal y metódico de las ideas del cristianismo. Renunció a su cátedra y se retiró con su madre y unos compañeros a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse por completo al estudio y a la meditación. 

El 24 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad, fue bautizado en Milán por el santo obispo Ambrosio. Ya bautizado, regresó a África, pero antes de embarcarse, su madre Mónica murió en Ostia, el puerto cerca de Roma. Cuando llegó a Tagaste vendió todos sus bienes y el producto de la venta lo repartió entre los pobres. Se retiró con unos compañeros a vivir en una pequeña propiedad para hacer allí vida monacal. Años después esta experiencia será la inspiración para su famosa Regla. A pesar de su búsqueda de la soledad y el aislamiento, la fama de Agustín se extiende por toda la comarca. En 391 viajó a Hipona para buscar a un posible candidato a la vida monástica, pero durante una celebración litúrgica fue elegido por la comunidad para que fuese ordenado sacerdote, a causa de las necesidades del obispo Valerio de Hipona. Agustín aceptó, tras resistir, esta elección, si bien con lágrimas en sus ojos. Algo parecido sucedió cuando se le consagró como obispo en el 395. Entonces abandonó el monasterio de laicos y se instaló en la casa episcopal, que transformó en un monasterio de clérigos. Agustín murió en Hipona el 28 de agosto de 430 durante el sitio al que los vándalos de Genserico sometieron la ciudad durante la invasión de la provincia romana de África. Su cuerpo, en fecha incierta, fue trasladado a Cerdeña y, hacia el 725, a Pavía, a la basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, donde reposa hoy. Una tradición medieval, que recoge la historia inicialmente narrada sobre un teólogo que más tarde fue identificado como san Agustín, cuenta la siguiente anécdota: 

Cierto día, San Agustín paseaba por la orilla del mar, junto a la playa, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De pronto, al alzar la vista ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo. El niño hace esto una y otra vez, hasta que Agustín, sumido en una gran curiosidad, se acerca al niño y le pregunta: "¿Qué haces?" Y el niño le responde: "Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo". Y San Agustín dice: "¡Pero, eso es imposible!". A lo que el niño le respondió: "Más difícil es que llegues a entender el misterio de la Santísima Trinidad".

Confesiones es un libro en el que san Agustín escribió acerca de su juventud pecadora y de cómo se convirtió al cristianismo. Es ampliamente aceptada como la primera autobiografía occidental jamás escrita, y se convirtió en un modelo para otros autores cristianos de los siguientes siglos. No es una autobiografía completa pues fue escrita tras sus primeros 40 años de vida y vivió hasta los 76, tiempo durante el cual produjo otros importantes trabajos, entre ellos La ciudad de Dios. De todos modos, proporciona gran información sobre la evolución de su pensamiento en sus primeros años. El libro es un acabado trabajo de filosofía y también un importante aporte a la teología. La obra está dividida en 13 libros. En ellos se narra la niñez de Agustín, su adolescencia y juventud, su carrera académica, su estancia en el maniqueísmo, su proceso personal de acercamiento al cristianismo (ya conocido en la niñez), su conversión, y sus primeras experiencias como católico. Las confesiones son obra capital de Agustín de Hipona. Constituye, asimismo, un reconocimiento de la grandeza y bondad de Dios. 

“Grande eres, Señor, y laudable sobremanera grande tu poder, y tu sabiduría no tiene número ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación, y precisamente el hombre, que, revestido de su mortalidad, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Confesiones L.I, cap 1)

Jean Daniélou., Sacramento y culto según los SS. Padres, Cristianismo y hombre actual n.9. Editorial Rialp. Madrid (1964) 

Jean Daniélou, finalizados los estudios clásicos, ingresó en 1929 en la Compañía de Jesús. Profesor de Literatura en Poitiers, se ordenó sacerdote el 20 de agosto de 1938. Con vocación de escritor, a partir de 1941 formó parte en París del grupo de redactores de la revista Études; prepara al mismo tiempo su tesis, que defiende en 1943 en el Instituto Católico de París. Este mismo año se licencia también en Letras en La Sorbona. Tres directrices bien definidas caracterizan la actividad de Daniélou: profesor universitario, escritor y pastoralista. 

El profesorado lo ejerció en la Facultad de Teología del Instituto Católico de París desde 1943, año en que sucede a Julio Lebreton en la cátedra de Orígenes Cristianos. Había dado ya pruebas de su valía, primero, con su tesis doctoral: Platonisme et théologie mystique, Essai sur la doctrine spirituelle de saint Grégoire de Nysse (París 1944); y sobre todo porque había iniciado en 1942, junto con Henry de Lubac, la prestigiosa colección Sources Chrétiennes. Fue varios años decano de la Facultad de Teología. Asistió como experto al Concilio Vaticano II. El 20 de abril de 1969 Pablo VI le nombró Cardenal. 

El punto más rico y fecundo de la labor de Daniélou son, sin duda, sus trabajos sobre las fuentes de la historia cristiana, habiendo contribuido al desarrollo de los estudios bíblicos y patrísticos. Otro de los ejes de su pensamiento es la interpretación cristiana de la historia y la historia de la salvación.  No fue, sin embargo, hombre de grandes construcciones teoréticas: se movía mejor en el terreno de la investigación histórica y en el del ensayo incisivo sobre problemas y cuestiones de actualidad. 

Sacramento y culto según los SS. Padres es un libro excelente, de los que se disfruta leyendo, y no sólo por lo que se aprende en este gran erudito en materia sacramental y patrística sino también de un formato comunicativo casi plástico y de la enorme riqueza imaginativa y simbólica de sus escritos. El primer libro –sobre los sacramentos- subraya las figuras del bautismo: la creación y el diluvio, el paso del mar rojo, la figura y el mensaje del profeta Elías, el río Jordán etc…

Recuerdo perfectamente el impacto de sus descripciones sobre la “sphragis”, la “marca” que los legionarios romanos grababan en su brazo, y que más tarde simbolizaría “la marca” del Espíritu Santo en el alma del bautizado y que no me resisto a trascribir: “El termino sphragis designaba en la antigüedad tanto el objeto que servía para marcar como la marca producida por tal objeto. Así se aplicaba este nombre a los sellos que se utilizaban para imprimir una marca sobre cera. Tales sellos eran a menudo piedras preciosas engarzadas en un anillo. Clemente de Alejandría recomienda a los cristianos que elijan para sellos (sphragides) una paloma, un pez o un navío con las velas desplegadas, pero no figuras mitológicas o espadas (Ped., III, 11; Staehlin, 270). 

Estos sellos servían en particular para sellar los documentos oficiales, los testamentos. Por eso, san Pablo puede decir simbólicamente de los Corintios que “son el sello de su apostolado en el Señor” (1 Cor, 9, 2), es decir, la señal de autenticidad de su apostolado. Pero, más en particular - y con esto entramos en la simbólica bautismal-, se llamaba sphragis a la marca con que un propietario distinguía los objetos de su pertenencia.En este sentido, la sphragis abarca varias categorías que nos interesan aquí de modo especial: sphragis se llamaba la marca que los pastores imprimían con un hierro candente a los animales de sus rebaños para poder distinguirlos; por otra parte, era costumbre en el ejército romano marcar a los reclutas, en el momento de su alistamiento, con un tatuaje, llamado signaculum, que consistía en un anagrama del nombre del general, grabado en la mano o en el antebrazo. Esta diversidad de aplicaciones servirá a los Padres de la Iglesia para dar diferentes significados a la sphragis bautismal. La señal de la cruz con que se marca en la frente al candidato al bautismo indica que en lo sucesivo pertenece a Cristo, es decir, al rebano de Cristo o al ejercito de Cristo. Estas diversas interpretaciones se refieren a diversos temas del bautismo” (Jean Daniélou., Sacramento y culto según los SS. Padres, pag 72) 

Todo el libro respira erudición, belleza y un intenso sentido de piedad. Lo mismo sucede en el análisis de los ritos eucarísticos: el cordero pascual, el análisis del salmo 22 y el cantar de los cantares son magníficas introducciones a la piedad eucarística. En el segundo libro es una completa exposición de las fiestas cristianas: el domingo como octavo día, la Pasqua, la ascensión y Pentecostés. Pienso que estamos ante un libro de lectura amena y asequible para todos aquellos que deseen gozar de una parte del patrimonio patrístico, de su simbolismo y riqueza espiritual, con el que se puede aprender, orar o compartir una parte esencial de nuestra tradición cristiana.

Garrigou-Lagrange O.P.  Las tres edades de la vida interior, 2 vol. trad. esp. Buenos Aires, 1945 

Garrigou-Lagrange O.P. nació en Auch, Francia el 21 de febrero de 1877. Después de estudiar Humanidades en La Roche-sur-Yon -Vendée-, en Nantes y en Tarbes, eligió la carrera de Medicina. Mientras la cursaba en Burdeos en 1897, leyó el libro L'Homme de Ernest Hello, lo que provocó la decisión fundamental de su vida: abrazar el estado religioso. Novicio dominico en Amiens, Ambroise Gardeil lo orientó hacia el tomismo; para perfeccionar su formación intelectual, lo envió a la Sorbona. Más tarde viajó a Viena, frecuentó algunos meses la Universidad de Friburgo -donde conoció a Norberto del Prado, teólogo que lo impresionó profundamente- y en 1905 entró a formar parte del equipo de profesores de Le Saulchoir. 

En 1909, al abrirse el Angelicum, Ateneo Pontificio, hoy Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino, compartió con Jesús G. Arintero la cátedra de Teología Fundamental, explicando el tratado De revelatione. Pasó más tarde a la cátedra de teología dogmática, dio cursos sobre la Metafísica de Aristóteles y escribió libros. Consagró 50 años a clases y publicaciones, alternando los trabajos profesorales con el servicio a la Santa Sede en calidad de teólogo y con el ministerio pastoral. Se jubiló en 1960, y murió el 15 de febrero de 1964 en Roma. 

Garrigou-Lagrange es, ante todo, un temperamento metafísico, un defensor del ser frente al fenómeno. El proceso termina en Dios, el Ser por antonomasia, meta de toda la filosofía de Garrigou-Lagrange. Donde nuestro autor destacó más fue en el campo de la Espiritualidad. En 1909 leyó La evolución mística de Arintero, lo que ejerció en él un influjo parejo al libro L'Homme. El proselitismo de Arintero ganó en Garrigou-Lagrange a su más valioso discípulo. Garrigou-Lagrange lo declara: «Tuvo en mí gran influencia y me aclaró importantes puntos, que traté de exponer en seguida según la doctrina de Santo Tomás» (Evolución mística, Madrid 1952, L-LI).

En 1917 abrió una cátedra de Ascética y Mística, la primera de esta disciplina en una Facultad eclesiástica y la última que abandonara, en 1960. En 1919 alentó la fundación de la revista «La vie spirituelle» y se convirtió en principal redactor. Prosiguió ese camino y fueron apareciendo nuevas obras, culminando con Les trois áges de la vie intérieure, 2 vol. Paris, 1938 (trad. esp. Las tres edades de la vida interior, 2 vol. trad. esp. Buenos Aires, 1945), en la que, limando al máximo las aristas polémicas, expone los principios comúnmente admitidos.

Como en su itinerario filosófico, también aquí apunta a Dios, pues la vida interior es «un preludio» de la vida del cielo. Como él mismo expresa en su prefacio: “La razón de no haberle dado la forma y modalidad de un manual, es porque no se trata aquí de acumular conocimientos, como se hace a veces en las pesadas tareas escolares, sino de formar el espíritu, proporcionándole sólidos principios y el arte de saberlos manejar y hacer las aplicaciones que de ellos derivan, y ponerlo así en disposición de juzgar por sí mismo los problemas que se le vayan planteando. Tal es el concepto que, en otros tiempos, se tenía de las humanidades; mientras que hoy, y esto con demasiada frecuencia, se pretende transformar las inteligencias en manuales y repertorios, o también en colecciones de opiniones y expedientes, pero sin la menor preocupación por sus causas, razones y consecuencias, bien profundas a veces.  Por lo demás, las cuestiones de espiritualidad, por el hecho de hallarse entre las más vitales y a veces entre las más secretas y escondidas, no tienen fácil cabida en los límites de un manual, o, para decirlo de una vez, hay, en hacer eso, un gran peligro: el ser superficial, al querer clasificar materialmente las cosas, y el reemplazar con un mecanismo artificial el profundo dinamismo de la vida de la gracia, de las virtudes infusas y de los dones.

Por eso los grandes espiritualistas nunca expusieron su pensamiento bajo esta forma esquemática, que corre el riesgo de presentarnos un esqueleto allá donde pretendíamos encontrar la vida. En estas cuestiones hemos seguido principalmente a tres doctores de la Iglesia que de ellas han tratado, cada uno a su manera: Santo Tomás, San Juan de la Cruz y San Francisco de Sales. Guiados por los principios teológicos de Santo Tomás hemos procurado captar lo más corriente y tradicional de la doctrina del autor de la Noche oscura, y del Tratado del amor de Dios de San Francisco de Sales” Ésta es una de las obras maestras de espiritualidad de nuestra época. Es un compendio preciso y profundo, pero accesible, de las principales fases que las almas suelen atravesar en su relación con Dios.

Viktor Frankl. El hombre en busca de sentido. 

El doctor Frankl pone de manifiesto que existe en nosotros un deseo inconsciente de descubrir un sentido definitivo a la vida, tanto si deriva de una fuente espiritual como si proviene de otro tipo de inspiración o influencia. Se trata de un tema de especial relevancia, sobre todo teniendo en cuenta que la sensación de que nuestra vida carece de un significado auténtico ha penetrado considerablemente en los cimientos de la sociedad contemporánea. 

Como demuestran tanto el caso del adolescente que sufre ante la inseguridad y la duda como el del anciano que padece aislamiento y rechazo, lo cierto es que la cultura actual parece definitivamente sumida en la vulnerabilidad y la desesperación. A partir de ahí, el doctor Frankl demuestra de una forma brillante que el ser humano aún puede encontrar un cierto sentido a su vida cotidiana. 

Habla del «deseo de significado» como fuerza central motivadora y presenta evidencias específicas de que la vida puede hablarnos de su propio sentido en cualquier momento o situación. Incluso aquellas personas que deben soportar sobre sus hombros la carga de la culpabilidad, o tienen que hacer frente a un sufrimiento inevitable, disponen, en principio, de oportunidades para convertir sus súplicas en logros o, dicho de otro modo, su tragedia personal en un triunfo de la humanidad. 

 El hombre en busca del sentido último afirma también, no obstante, que esta búsqueda de significado puede conducir igualmente a resultados indeseados, como los celos enfermizos, la fobia racista o la obsesión por la ética y la moral. Y, en este sentido, el doctor Frankl cree que sólo la tolerancia y la persistencia podrán allanarnos el camino para la consecución de una vida plena. Fundador de lo que se ha dado en llamar la tercera escuela vienesa de psicoterapia. Tras el psicoanálisis de Freud y la psicología individual de Adler, 

Viktor Frankl es profesor de Neurología y Psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena, así como de Logoterapia en la Universidad Internacional de Estados Unidos en San Diego. En el prefacio de su obra Gordon W. Allporta afirma: “El Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes: "¿Por qué no se suicida usted?" Y muchas veces, de las respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable es el objeto con que se enfrenta la logoterapia, que es la versión original del Dr. Frankl del moderno análisis existencial. En esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la logoterapia. 

Prisionero, durante mucho tiempo, en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él —que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla ? 

El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del Dr. Frankl tienen un tono profundamente honesto, pues se basan en experiencias demasiado hondas para ser falsas. Dado el cargo que hoy ocupa en la Facultad de Medicina de Viena y el renombre que han alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van desarrollándose en los distintos países tomando como modelo su famosa Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene que decir adquiere todavía mayor prestigio. Es difícil no caer en la tentación de comparar la forma que el Dr. Frankl tiene de enfocar la teoría y la terapia con la obra de su predecesor, Sigmund Freud. Ambos doctores se aplican primordialmente a estudiar la naturaleza y cura de las neurosis. Para Freud, la raíz de esta angustiosa enfermedad está en la ansiedad que se fundamenta en motivos conflictivos e inconscientes. 

Frankl diferencia varias formas de neurosis y descubre el origen de algunas de ellas (la neurosis noógena) en la incapacidad del paciente para encontrar significación y sentido de responsabilidad en la propia existencia. Freud pone de relieve la frustración de la vida sexual; para Frankl la frustración está en la voluntad intencional. Se da en la Europa actual una marcada tendencia a alejarse de Freud y una aceptación muy extendida del análisis existencial, que toma distintas formas más o menos afines, siendo una de ellas la escuela de logoterapia. Es característico del abierto talante de Frankl el no repudiar a Freud, antes bien construye sobre sus aportaciones; tampoco se enfrenta a las demás modalidades de la terapia existencial, sino que celebra gustoso su parentesco con ellas. El presente relato, aun siendo breve, está elaborado con arte y garra. Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de desprenderme de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del libro, Frankl presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace como sin solución de continuidad y tan quedamente que sólo cuando ha terminado el libro el lector se percata de que está ante un ensayo profundo y no ante un relato más, forzosamente, sobre campos de concentración.”

Ernst Hans Josef Gombrich, Historia del Arte. 

Josef Gombrich nació en Viena, el 30 de marzo de 1909 en el seno de una acomodada familia judía que se convirtió a una forma de protestantismo místico. Su madre, que era pianista, fue alumna en el Conservatorio de Viena de Anton Bruckner y su padre era un abogado "muy respetado, pero no de esos a los que se les da bien hacer dinero", según palabras del propio Gombrich. Como tantos intelectuales del momento, era agnóstico, aunque respetaba la religión y a los creyentes; de familia de tradición judía, se sentía vienés; fue acusado de ser antialemán, pero se defendió insistiendo en que era antitotalitario. 

Intentaba ser un ciudadano del mundo, a la vez que se calificaba a sí mismo de judío austriaco. Con su familia visitaban el Museo de Arte Histórico, cercano a su hogar y el joven Ernst comenzó sus lecturas sobre arte. Al finalizar sus estudios secundarios en el Gymnasium (1927-1928), presentó como trabajo final una investigación acerca de los cambios en la apreciación del arte desde Winckelmann hasta aquel momento. Inmediatamente ingresó en la Universidad de Viena para estudiar historia del arte, teniendo como profesores a teóricos de renombre tales como Josef Strzygowski, Julius von Schlosser, Karl Maria Swoboda, Hans Tietze entre otros. 

Su tesis doctoral se refirió a Giulio Romano como arquitecto, siendo von Schlosser el profesor revisor de su trabajo. Así finalizó sus estudios de Historia del Arte en 1933. Ante la llegada al poder de los nazis, en 1936 se trasladó a Gran Bretaña, donde ocupó un puesto como asistente de investigación en el Warburg Institute, creado por Aby Warburg, convirtiéndose en el director del mismo desde 1959 hasta 1976. En 1960 fue elegido Fellow de la Academia Británica, en 1966 nombrado CBE, en 1972 sir, y en 1988 le fue concedida la Orden del Mérito. En 1985 ganó el Premio Balzan para la historia del arte occidental, en 1994 se le otorgó la medalla de oro de la ciudad de Viena. Murió en Londres el 3 de noviembre de 2001.

Su Historia del arte, publicada por primera vez en 1950 fue ampliamente difundida, ya que es un texto de divulgación (en 2005 alcanzó su 16ª edición en inglés). Originalmente dirigida a lectores jóvenes, se han vendido millones de ejemplares y ha sido traducida a más de 20 idiomas. La Historia del arte es una de las obras sobre arte más famosas jamás publicadas. Durante más de cinco décadas no ha tenido rival como introducción al arte en su totalidad, abarcando desde las primeras pinturas rupestres hasta el arte experimental contemporáneo.  Lectores de todas las edades y culturas han sabido hallar en el profesor Gombrich a un auténtico maestro, en quien conocimiento y sabiduría se conjugan con un don único para comunicar de manera clara su profundo fervor por las obras de arte objeto de su estudio. Como él mismo escribe en su Prefacio: 

“Este libro se dirige a todos aquellos que sienten la necesidad de una primera orientación en un terreno fascinante y extraño. Desea mostrar a los recién llegados a él los yacimientos de este terreno sin abrumarles con pormenores; confío en facilitarles algún orden inteligible dentro de la abundancia de nombres, épocas y estilos que colman las páginas de obras más ambiciosas, y prepararles así para que consulten libros más especializados. Los lectores en quienes ante todo y principalmente he pensado al proyectar y escribir esta obra son los jóvenes que acaban de descubrir el mundo del arte por sí mismos. Pero nunca he creído que los libros para jóvenes deban diferenciarse de los libros para adultos, salvo en que se las han de ver con críticos más exigentes, muy rápidos en descubrir y delatar cualquier indicio de jerga pretenciosa o falso sentimentalismo. Conozco por experiencia que tales defectos pueden hacer que algunas personas desconfíen de todos los escritos sobre arte durante el resto de sus vidas. Me he esforzado sinceramente en eludir esas añagazas y emplear un lenguaje sencillo, aun a riesgo de parecer un intruso o profano en la materia. Confío en que los lectores no atribuirán mi decisión de servirme del mínimo de los términos convencionales, propios de los historiadores de arte, a ningún deseo por mi parte de descender hasta ellos. ¿Acaso no son, con mayor motivo, los que abusan de un lenguaje científico —no para ilustrar sino para impresionar al lector— quienes descienden hasta nosotros como si vinieran de las nubes?” 

Una verdadera obra maestra.

Alasdair Chalmers MacIntyre. Tras la virtud 

Alasdair Chalmers MacIntyre (n. Glasgow, Escocia, 12 de enero de 1929) es un filósofo principalmente conocido por sus contribuciones a la filosofía moral y a la política filosófica, pero también es conocido por sus obras sobre historia de la filosofía y teología. Es el O'Brien Senior Research Professor of Philosophy en la Universidad de Notre Dame. Estudió en la institución ahora conocida como Queen Mary, de la Universidad de Londres. Obtuvo un Master of Arts en las Universidades de Manchester y Oxford. Comenzó su carrera como profesor en 1951 en la Universidad de Mánchester. Enseñó en las Universidades de Leeds, Essex y Oxford en el Reino Unido. Después se trasladó a los Estados Unidos alrededor de 1969, donde ha enseñado en diversas universidades: 

Este libro se ha convertido en un clásico de la filosofía moral contemporánea por dos razones: de un lado, porque hace un diagnóstico brillante de la moral de nuestro tiempo y, de otro, porque fue pionero de una línea de pensamiento moral y político que no ha dejado de crecer desde su publicación: el comunitarismo. 

Alasdair Chalmers MacIntyre (n. Glasgow, Escocia, 12 de enero de 1929) es un filósofo conocido por sus contribuciones a la filosofía moral y a la política filosófica, pero también es conocido por sus obras sobre historia de la filosofía y teología. Es el O'Brien Senior Research Professor of Philosophy en la Universidad de Notre Dame. Estudió en la institución ahora conocida como Queen Mary, de la Universidad de Londres. Obtuvo un Master of Arts en las Universidades de Manchester y Oxford. Comenzó su carrera como profesor en 1951 en la Universidad de Mánchester. Enseñó en las Universidades de Leeds, Essex y Oxford en el Reino Unido. Después se trasladó a los Estados Unidos alrededor de 1969, donde ha enseñado en diversas universidades:

Este libro se ha convertido en un clásico de la filosofía moral contemporánea por dos razones: de un lado, porque hace un diagnóstico brillante de la moral de nuestro tiempo y, de otro, porque fue pionero de una línea de pensamiento moral y político que no ha dejado de crecer desde su publicación: el comunitarismo. El estilo filosófico de Alasdair MacIntyre es el de un provocador que critica tanto los sistemas morales de los filósofos modernos como los límites convencionales de las disciplinas académicas. Aunque el diagnóstico que hace de la moral en las postrimerías del siglo XX es desalentador, sostiene que aún es posible una ética de las virtudes, pero sólo con una condición: que renunciemos a hacerla universal. Para el profesor MacIntyre, lo que hoy hay que buscar son nuevas formas de comunidad que configuren determinados modelos de persona y nos permitan hablar de virtudes, es decir de la excelencia de tales modelos: «Sólo así se podrá construir una moral realmente capaz de movilizar a los individuos de nuestras atomizadas sociedades actuales en torno a un proyecto común». En el prefacio a “Tras la virtud” MacIntyre afirma:

Este libro surge de una reflexión amplia sobre las deficiencias de mis primeros trabajos sobre filosofía moral y de la insatisfacción Creciente acerca de la concepción de la «filosofía moral» como un área independiente y aislable de investigación. Un tema central de buena parte de esas primeras obras era que la historia y la antropología debían servirnos para aprender la variedad de las prácticas morales, creencias y esquemas conceptuales. La noción de que el filósofo moral puede estudiar los conceptos de la moral simplemente reflexionando, estilo sillón de Oxford, sobre lo que él o ella y los que tiene alrededor dicen o hacen, es estéril. No he encontrado ninguna buena razón para abandonar este convencimiento; y emigrar a los Estados Unidos me ha enseñado que aunque el sillón es té en Cambridge, Massachusetts, o en Princenton, Nueva Jersey, no funciona mejor. Pero en el mismo momento en que estaba afirmando la variedad y heterogeneidad de las creencias, las prácticas y los conceptos morales, quedaba claro que yo me estaba comprometiendo con valoraciones de otras peculiares creencias, prácticas y conceptos. Di, o intenté dar, por ejemplo cuenta del surgimiento o declive de distintas concepciones de la moral; y era claro para los demás, como debía haberlo sido para mí, que mis consideraciones históricas y sociológicas estaban, y no podían por menos de estar, informadas por un punto de vista valorativo determinado. Más en particular, parecía que estaba afirmando que la naturaleza de la percepción común de la moralidad y del juicio moral en las distintas sociedades modernas era tal, que ya resultaba posible apelar a criterios morales de la misma forma que lo había sido en otros tiempos y lugares y esto era una calamidad moral. Pero, si mi propio análisis era correcto, ¿a qué podría acudir?” 

Leyendas negras sobre la Iglesia., Vittorio Messori. Planeta (2000) 

Vittorio Messori (1941) es un periodista y escritor católico italiano, nacido en Sassuolo cerca de Módena. Es considerado como el escritor de temas católicos más traducido del mundo. Si bien fue bautizado al nacer, Messori fue criado en el seno de una familia anticlerical y el propio Vittorio se negaba a tener relación alguna con la Iglesia, hasta que en sus años universitarios se convirtió al cristianismo, al igual que su amigo André Frossard. Se graduó en un reconocido liceo de Azeglio en Turín. 

Se doctoró en ciencia política con una tesis sobre el Risorgimento del siglo XIX. En sus principios Messori era editor y luego líder de la oficina de prensa de una gran casa editorial. Durante años se desempeñó como cronista de la Stampa Sera, posteriormente pasó a ser redactor del diario La Stampa y el semanario Tuttolibri. 


Es un profundo investigador del cristianismo y especialmente del catolicismo. Sus obras más influyentes fueron: Hipótesis sobre Jesús (1977), Opus Dei (1996), El informe Ratzinger (1987). Fue el primer periodista en realizar una larga entrevista al Papa Juan Pablo II, que se publicó en un libro titulado Cruzando el Umbral de la Esperanza (1994). 

Su investigación en España sobre el Milagro de Calanda tuvo como resultado su libro El Gran Milagro (1998). A lo largo de los siglos han ido naciendo diversas leyendas negras sobre la Iglesia que han llegado a sustituir en la mente de muchos a la verdadera historia. Estos relatos y leyendas se aceptan a veces sin sentido crítico. Es importante tener un conocimiento histórico riguroso, tan alejado de la apología sin fundamento como de la propaganda sectaria. La verdad -en este caso, la verdad histórica- nos hace libres. 

Es necesario que nos demos cuenta de una vez del cumulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo lo que históricamente concierne a la iglesia. Nos encontramos literalmente asediados por la malicia y el engaño: los católicos en su mayoría no reparan en ello, o no quieren hacerlo. Leyendas negras de la Iglesia es un libro altamente “apologético” que nos brinda la información y la formación necesarias para vivir nuestra fe hoy. 


Josef Pieper. Las virtudes fundamentales. Rialp

Josef Pieper fue un filósofo alemán (Elte -Westfalia-, 4 de Mayo de 1904 -Münster, 6 de Noviembre de 1997). Estudió Filosofía, Derecho y Sociología en las Universidades de Berlín y Münster. Inició su labor docente en 1946 en la Escuela Superior de Pedagogía de Essen. Desde 1950 fue profesor ordinario de Antropología Filosófica en la Universidad de Münster. Fue miembro de la Academia Alemana de Lengua y Poesía (Darmstadt) y del Centro de Estudios para la Investigación. Sus trabajos suelen ser breves, ágiles y enjundiosos; él ha confesado en alguna ocasión: «Yo al darle forma a mis ideas, me inspiré en una forma musical: la suite» (V. Marrero, Pieper o una «suite» aquiniana, «ABC», Madrid 7 mar. 1968).

La investigación y exposiciones filosóficas de Pieper se han dirigido sobre todo a la fundamentación de la antropología. Después de darse a conocer con su tesis doctoral sobre S. Tomás de Aquino (1928-29), se interesó particularmente por la sociología, y después por la ética. 

El método fenomenológico y la metafísica confluyen en él para estudiar sólidamente la estructura humana, llena de sentido ontológico y abierto a valores auténticos, con análisis profundos y juicios estimulantes. La ontología se integra en Pieper con la historia y la escatología, abarcando el arco completo de la existencia humana. Así pone de relieve los valores perennes de la filosofía, que, como la tomista, no conoce el desgaste del tiempo ni ignora la novedad de la historia.

Pieper ha llevado a cabo una amplia y profunda relectura de Tomás de Aquino en servicio de la cultura actual. Excelente traductor e intérprete del Doctor de Aquino, utiliza una terminología viva y dinámica, y resulta singularmente atrayente en sus obras, como consecuencia en gran parte de la estructura de las mismas, de su originalidad personal y de su profundo conocimiento de la Revelación y de la Teología.
No cabe duda de que estamos ante una obra maestra, tanto por lo que logra decir acerca del hombre, de su ser y de su acción, de su entorno y de su fin, como por el acopio de estímulos y perspectivas que abre a la permanente novedad de la vida humana. Pieper estudia la realidad en sí misma, en el ser y naturaleza de las cosas, pero sin descuidar nunca su temporalidad y su historia, especialmente la de la persona humana. Pero todo ello, en última instancia, viene iluminado por la Revelación, y así no se limita a ser filósofo, sino que es también teólogo al clarificar la comprensión del hombre y de la experiencia histórica. La investigación filosófica puede estar más o menos condicionada por el proceso histórico, pero el discurso y progreso filosófico no se confunde con el histórico. El filósofo alemán puso de relieve con gran fuerza y modernidad las verdades perennes de la Filosofía y Metafísica realista, que no conocen el desgaste del tiempo, pero tampoco ignoran la novedad de la historia.


Una fina sensibilidad y atenta observación de la realidad se unen al hondo conocimiento que Pieper tiene de la obra de Tomás de Aquino, del que es excelente traductor e intérprete, y que le ha facilitado su colosal tarea al servicio de la cultura actual. Su terminología es viva y dinámica; la estructura de sus obras, de gran modernidad; su conocimiento de la Filosofía y de su historia, así como de la Revelación sobrenatural y de la Teología, profundo; su penetración y originalidad personal se palpa en cada una de sus páginas. Todos estos factores, difícil de hallar reunidos, explican el singular atractivo de sus obras, reflejado en copiosas ediciones y traducciones.

Scheeben, Mathías Josef, Los misterios del cristianismo. Barcelona. Herder (1960)

Matthias Joseph Scheeben, nació en Meckenheim, cerca de Bonn el marzo de 1835 y murió en Colonia el Julio de 1888. Fue un excelente sacerdote católico alemán, teólogo, místico y escritor prestigioso.  Scheeben mantiene que el cristianismo entró en el mundo como una religión llena de misterios. Se presentó como el “misterio de Cristo” y como el “misterio del reino de Dios”  Sus ideas, sus doctrinas eran desconocidas, inauditas y debían permanecer inescrutables, insondables. Su carácter misterioso, que se manifestó de un modo bastante marcado en sus verdades fundamentales más sencillas, era locura para los paganos y escándalo para los judíos y en adelante tampoco se despojó de este carácter misterioso que siguió siendo siempre locura y escándalo para aquellos que lo miraron, con ojos profanos, como los paganos, o lo recibieron con corazón incircunciso, como los judíos. Con cruel sarcasmo se burlaron unos y otros de su ser misterioso, tachándolo de oscuro, supersticioso, ilusorio y desatinado.


Muchos espíritus, demasiado nobles para despreciar la elevada y benéfica fuerza del cristianismo, o demasiado respetuosos con la fe de su niñez y la herencia recibida de sus padres para rechazarlo orgullosamente, pero no bastante humildes para entregarse a ella con corazón infantil, quisieron quitar el velo al santuario del cristianismo, quisieron suprimir el misterio, para librar de su envoltorio oscuro el grano de la verdad y sacarlo a la luz. Aun amigos del cristianismo, no siempre pudieron, librarse de cierto recelo ante la oscuridad de sus misterios. 

Este magnífico libro lejos de rechazar o mirar con recelo al cristianismo por sus misterios, descubre en ellos precisamente lo mejor que nos aporta su elevación divina, de modo que lo esencial del cristianismo son sus misterios, ya que la Revelación cristiana lleva en la frente la señal de una contradicción interior y perdería su prestigio si no propusiera misterios. Poco cuadraría a la divinidad de Cristo el habernos enseñado únicamente cosas que podíamos aprender de algún hombre o descubrir por nosotros mismos y comprenderlas por completo. De un modo sistemático y apasionante Scheeben expone los misterios del cristianismo en general: la Santísima Trinidad, el misterio del pecado, la creación, el misterio de Cristo y de la gracia, el misterio de la Iglesia, y la justificación. Pero al recorrer la galería de los misterios del cristianismo lo hace de un modo armónico y bello. Efectivamente aunque las verdades fundamentales del cristianismo son y siguen siendo verdaderos misterios para la razón humana, es decir, verdades que la razón de suyo no puede conocer realmente ni concebir en su esencia sino mediante conceptos análogos, y por lo tanto siempre obscuros e inadecuados, muestra con acierto que las verdades del cristianismo se remontan a su carácter sobrenatural y si los vamos combinando entre sí, se levantan y se iluminan recíprocamente y se unen formando un sistema admirable, en el cual vemos brillar con toda su grandeza la majestad divina del cristianismo.
 Scheeben, muestra así que es posible un conocimiento científico de los misterios cristianos y el carácter científico de la teología. Ni el racionalismo ni el fideísmo (o el fundamentalismo) son visiones acertadas, ya que eliminan uno de los dos términos de la relación. 

Para Scheeben, la razón y la fe son dos luces que, aunque a partir de una sola fuente (Dios), deben distinguirse con respecto a sus propias áreas y principios. El cristianismo establece entre razón y fe una "relación de servicio", pero no de sumisión. No se trata de una relación de esclavitud, ya que la razón juega un papel pleno e insustituible para la fe. Scheeben prefiere la imagen de la relación entre los cónyuges. La razón teológica y el conocimiento de los misterios de Dios no pueden existir sin que la razón sea fecundada por la semilla de la fe, y la fe sin la razón no puede crecer o desarrollarse convenientemente. Precisamente las dos naturalezas de Cristo ofrecen una analogía justa que capta la relación entre razón y fe, entre la filosofía y la teología. 

A mi juicio esta obra colosal de teología es punto obligado de quien quiera formar adecuadamente su fe cristiana con capacidad para dar razón de sus contenidos desde un punto de vista racional –que no racionalista- sin perder el acceso a la belleza de la fe. Muy adecuado para todo tipo de personas deseosas de formar y articular su fe cristiana y prepararse para un diálogo que les permita dar razón de su esperanza en el mundo actual.

Joseph Tissot. La vida interior. Herder (2011)

Joseph Tissot fue superior general de los Misioneros de San Francisco de Sales cuando esta obra le fue entregada por un escritor anónimo, con la confianza de hacer con ella lo que quisiera. Tissot la adaptó, le dio el título y desde su primera edición en París en 1894, se ha convertido en un clásico de la espiritualidad. Es una obra escrita con clara sencillez que destaca que no puede haber vida cristiana sin unión con Dios; la razón es la primera servidora de la fe; no debe exagerarse la importancia de los medios, los cuales deben ser acciones para conseguir lo que realmente importa, la unión con Dios. Una obra de la que brota una cálida cordialidad y una firme persuasión que inclina la razón y orienta la voluntad hacia la amistad con Dios.
No me resisto a transcribir parte de la dedicatoria que el mismo autor escribió: 

“Las páginas que componen este precioso libro no son mías. Su autor me las dio manuscritas, dándome libertad para hacer de ellas el uso que quisiera. (…) ¿Qué encerraba este manuscrito? En substancia nada de nuevo; porque partiendo del tan conocido Principio o Fundamento de San Ignacio, admirablemente comentado, llega a conclusiones que la lógica más sencilla basta para deducir. Pero precisamente, esa sencillez y esa lógica irresistible de su argumentación, junto a la asombrosa riqueza de textos sagrados can que está corroborada, es lo que me ha encantado. No abundan, en nuestro siglo sobre todo, los tratados espirituales que apoderándose de la inteligencia la persuadan, con ayuda de la razón y de la fe, obligándola a orientar la voluntad hacia el deber y la perfección. Y esta base es bastante más sólida que la del sentimentalismo, tan explotado en nuestros días, puesto al servicio, o mejor dicho, en perjuicio de la piedad ¿Está acaso el sentimiento excluido de estas páginas? Podría afirmarse esto al ver los esfuerzos que hace el autor para reducirlo a segundo término. Sin embargo, de la luz de una doctrina clara e irrefutable brota pronto un calor que se apodera del corazón: La gran ley del amor, Diliges Dominum, desprendiendo al alma de toda mira egoísta, la penetra con un fuego benéfico, activo y rico en suaves consuelos. Y así ocurre que, en apariencia sin quererlo, pero en realidad por una consecuencia eminentemente lógica, este libro sube de las regiones del ascetismo a las del más seguro y delicado misticismo. Y por esto mismo -y es lo que para mí le da un atractivo familiar- esta doctrina se identifica con la de San Francisco de Sales y con la de sus mejores intérpretes”


Este es el contenido del índice: Índice: introducción. El fin. Capítulo preliminar. La vida. Los elementos. El fin de la creación. Mi fin. La unión. El orden de mis relaciones divinas. Dependencia de mi satisfacción. El uso de las criaturas. Las satisfacciones criadas. El orden de mis relaciones con las criaturas. El orden esencial de la creación. Exposición del «padrenuestro». La organización. Mis obligaciones. Esencia de la piedad. La virtud de la piedad. La gloria divina. El sacrificio. El desorden. Apego a lo criado. El desorden. Apego a mí mismo. El desorden. Sus efectos. El desorden. Sus grados. Fuga del pecado mortal. El crecimiento. Fuga del pecado venial. La imperfección. Dominación de lo humano. La imperfección. Ausencia de la ofensa formal. La imperfección. La perfección. El estado de perfección. La perfección y el sacrificio. El estado de mi alma. El estado general. ¿Dónde está el mal?. El enderezamiento. Las cumbres. La santidad. La muerte mística. La transformación. La consumación. El purgatorio. Ojeada general. Ojeada general. La paz. A los sacerdotes. El camino. Capítulo preliminar 2. La voluntad de dios. La voluntad manifestada. Mandamientos y consejos. Los deberes de estado. Conocimiento del deber. Conocimiento del deber. Amor y ejecución. Piedad sacerdotal. Piedad religiosa. El espíritu de piedad. La voluntad de beneplácito. La acción divina. Objeto de las operaciones divinas. Los dos modos de la operación divina. La marcha del trabajo divino. La piedad pasiva. Esperando a dios. Gozos y penas. ¡Gracias!. El acíbar. Concurso de las dos voluntades. Necesidad del concurso. Naturaleza del concurso. La alianza divina. Acción divina y acción humana. La dirección divina. Las resoluciones humanas. Las resoluciones humanas. Su necedad. Las resoluciones cristianas. La resolución fundamental. El concurso restablecido. Los medios. Capítulo preliminar 3. Las prácticas de penitencia. La penitencia. La mortificación. La mortificación. Reglas generales. La mortificación. Reglas especiales. La abnegación. Su oficio. La abnegación. Su práctica. La humildad. Su práctica. La humildad. Objeto de los ejercicios de piedad. La fidelidad farisaica. El aislamiento. Efectos generales. El aislamiento. Efectos particulares. La inconstancia. El examen de conciencia. El golpe de vista. El examen de los detalles. Contrición y resolución. De los diferentes exámenes. A unidad de los ejercicios. Naturaleza de la gracia. Fuente de la gracia. Necesidad de la gracia. Mi debilidad. Remedios para la debilidad. La oración. Los sacramentos. La santísima virgen. Jesucristo. Resumen general