"¡Señor, auméntanos la fe!"

14 febrero 2026 - Opinión - Comentarios -


¡Señor, auméntanos la fe!

A la escucha de Dios.

El final de la vida.


La fe aparece como la respuesta del hombre delante de la existencia y la acción de Dios, Ser Supremo y Creador. Pero, si la fe es sólo esto, seríamos «creyentes» pero todavía no «cristianos». El hecho claramente «cristiano» es el de una fe que responde a un Dios vivo, que habla y busca al hombre. Un Dios que interpela al hombre y que toma siempre la iniciativa. 

La Revelación de Dios, su Palabra, está parcialmente recogida en los Libros Sagrados, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo. La lectura atenta de la Palabra es un verdadero acceso a Jesús, enviado del Padre, Hijo de Dios y Señor de la Historia. Si Dios habla para comunicarnos vida, si la iniciativa parte de Él y es gratuita, la razón de su palabra es el amor. Y del amor podemos esperar comunicación. 

Nada más lejos de una palabra vacía que la Palabra de Dios, ante la cual el pueblo de Israel «calla y escucha» (Dt 27, 9). Israel se alegra cuando descubre que podemos hablar con Dios: «Hemos visto en este día que Dios puede hablar con el hombre y continuar éste con su vida» (Dt 5, 24). 

Esta alegría, cuando la Palabra de Dios se percibe como contraria a su manera de vivir, se transforma en tristeza y lleva al olvido y a preferir dioses «silenciosos», denunciados por los profetas, que aparentemente dan más compañía pero que, en el fondo, llevan a una palabra que no puede pronunciarse. 

La Palabra divina es muy diferente, lleva a reconocer al Inefable. Dios no puede ser nombrado porque nos trasciende totalmente, pero Él sí que puede pronunciarse, y de hecho lo hace en favor del hombre. La Revelación aparece así como el deseo de hacer partícipe al hombre de aquel misterioso diálogo que precedió a la creación del hombre (cf. Gn 1, 26). 

Es lo que enseña el Concilio Vaticano II cuando dice: «Complació a Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse El mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, por el cual los hombres tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo por Cristo, Verbo encarnado, y participan de la naturaleza divina» (DV n.2). La Revelación parte, entonces, del deseo de Dios. El Inaccesible se hace cercano usando palabras humanas. Es su pedagogía condescendiente. 

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Ahora bien, la comprensión de la Palabra de Dios exige una progresiva elevación del hombre. Igual que los niños han de ser educados para pasar de la comprensión de palabras simples a frases complejas, el hombre, guiado por Dios, se ha de educar en la escucha de la Palabra, que tiene su origen en un Dios misterioso y, que por tanto, es misteriosa. El mismo Señor reconoce el carácter oscuro de su discurso (cf. Mc 4, 11-12) y San Pablo habla de un velo que permanece sobre el Antiguo Testamento y que impide que los israelitas lo entiendan bien. 

Por eso, el mandamiento de Jesús de escucharlo y entenderlo bien, es imposible sin la ayuda de Dios que nos envía el Espíritu Santo con la misión de enseñárnoslo todo y de recordarnos sus palabras (cf. Jn 14, 26). 

Dios también ha querido hablar al hombre a través de intermediarios. Esto es así porque quiere ser una palabra universal y el hombre no tiene una intuición directa de Dios. Por eso, cuando dirige su palabra a todos los hombres lo hace hablando con una comunidad determinada. Dios habla a su pueblo. Habla a los patriarcas y, singularmente, al pueblo de Israel por medio de Moisés. 

El intermediario es necesario para que la palabra sea audible. «Habla tú con nosotros –pedía el pueblo a Moisés- que podemos entenderte, pero que no hable Dios con nosotros, que quizás moriremos». Y Dios hablaba con Moisés «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 20, 19; Ex 33, 11). 

Es Dios mismo quien ha elegido este camino para comunicarse. Lo recuerda la Carta a los Hebreos: «Después de que en otro tiempo Dios había hablado a los padres con frecuencia y de muchas maneras por medio de los profetas, éstos últimos días nos ha hablado a nosotros por medio de su Hijo» (Hb 1, 1). El nuevo pueblo al cual Dios ha querido comunicarse es la Iglesia. 

Los evangelistas recogen los hechos y las palabras de Jesús (cr. Lc 1, 1-4; 2 Co 12, 1ss; Ga 1, 11; Ap 1, 1), y San Pablo y San Juan hablan de tradiciones y revelaciones recibidas; y la autoridad de estos textos es reconocida desde los primeros tiempos del cristianismo. La Iglesia tiene, entonces, constancia de que Dios habla y se siente en diálogo continuo con Él, «y ya no hemos de esperar ninguna revelación pública antes de la manifestación gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo» (DV n.4). 

El depósito no aumenta, pero se puede profundizar en su comprensión. Consta por la misma Palabra de Dios, que ésta fue revelada para ser leída y explicada al pueblo. Los mismos profetas nos vienen a recordar que lo que Dios ha dicho y el pueblo ha olvidado, es, sin embargo, una lectura que siempre hace la comunidad quien, como destinataria, puede entender el mensaje. 

Pero la comunidad lee con la ayuda del intérprete que Dios mismo suscita de forma carismática. Lo mismo ocurre ahora en la Iglesia. 

La Escritura no sólo ha estado formulada en su interior, sino que le ha sido dejada en depósito para que sea custodiada e interpretada adecuadamente. Por este motivo escribe San Pedro: «Sabiendo que ninguna profecía de la Escritura es objeto de interpretación privada» (2 Pe 1, 21). 


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Esta interpretación autorizada resulta imprescindible. Sin ella es fácil equivocarse como muestra la propia historia. En efecto, el autor de la ley fue condenado en nombre de la misma ley, y todo por no haber entendido que la Escritura hablaba de Jesús (cf. Jn 19, 7; Jn 5, 39). 

Las palabras, entonces, han de llevarnos a la Palabra y es en este encuentro donde la lectura se convierte en oración. En el mismo momento en que el creyente puede responder a aquello que Dios le dice, se cierra el auténtico círculo. 

El mismo Espíritu Santo que ha inspirado a los autores y hace inteligible el contenido revelado habla ahora desde el interior del hombre «porque nosotros no sabemos orar como debemos, pero es el mismo Espíritu que intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar» (Rm 8, 26). 

El final de esta vida se ilumina de modo muy distinto cuando simplemente la consideramos desde una perspectiva natural o cuando es fruto de la luz de la fe. 

De igual modo que el inicio de la existencia es para el creyente un don del amor creador de Dios, su muerte es el nacimiento de la vida eterna que empezó en él el bautismo. Los que son “ciudadanos del cielo” (Flp 3,20), los que viven como “extranjeros y forasteros” en este mundo (1 Pe 2,11), se alegran cuando les llega “la hora de pasar al Padre” (Jn 13,1). San Pablo afirma “Para mí vivir es Cristo y morir ganancia. Por otra parte, si vivir en este mundo me supone trabajar con fruto, ¿qué elegir? No lo sé. Las dos cosas tiran de mí” (Flp 1,21-23). “Sabemos que mientras el cuerpo sea nuestro domicilio, estamos desterrados del Señor, porque caminamos en fe y no en visión. 

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A pesar de todo, estamos animosos, aunque preferiríamos el destierro lejos del cuerpo y vivir con el Señor” (2 Cor 5,6-8).San Ignacio de Antioquía decía, próximo al martirio: “Ahora os escribo con ansia de morir. Mi amor está crucificado y no queda ya en mí fuego que busque alimentarse de materia; sí, en cambio, un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo más íntimo me está diciendo: “Ven al Padre””. (Rm 7,2). 

Respecto del juicio particular, el Catecismo nos expresa la fe de la Iglesia: “La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida. Pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe”.Sabemos que muchos santos han experimentado esta verdad con una viveza extraordinaria. 

El purgatorio es amor, es fuego de amor, es inmensa pena de amor a Dios, ya ganado por la gracia, y aún inasequible en su gloria. La Iglesia ha creído siempre en el purgatorio, y por eso desde sus orígenes ha ofrecido sufragios por los difuntos, como se ve en antiguos epitafios, escritos y liturgias. 

La fe en el purgatorio trae para la espiritualidad cristiana dos consecuencias de notable importancia. La primera, el horror al pecado, aunque éste sea leve, la urgencia de expiar el pecado llevando con paciencia las penas de la vida. La segunda, la caridad hacia los difuntos. En efecto, la caridad cristiana ha de extender su solicitud no sólo por los vivos, también por los difuntos. Por otro lado los cristianos sabemos por la fe, ciertamente, que “el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras”. “El juicio universal sucederá cuando vuelva Cristo glorioso” (Catecismo 1040). Y entonces se sujetará a Cristo de modo absoluto la creación entera, “para que sea Dios todo en todas las cosas” (1 Cor 15,23-28). 

En la turbulenta historia de nuestro mundo llena de luces y sombras la última palabra la va a tener Cristo. Es Cristo quien revela a los hombres que después de la muerte habrá una resurrección universal. Hasta que llegó Jesús la muerte era una puerta oscura, un abismo desconocido y temible. En los tiempos de Jesús, entre los judíos no había una creencia general y firme acerca de la resurrección, pues unos creían en ella y otros, como los saduceos, no. 

Para los griegos era una idea absurda, e incluso algunos cristianos nuevos tuvieron dificultad en aceptarla. Pero Jesús resucitado es también la resurrección y la vida eterna de los muertos (Jn 6,39-54). Él enseña con seguridad total que todos los hombres, justos y pecadores, resucitarán en el último día, y saldrán de los sepulcros “los que han obrado el bien para la resurrección de vida, y los que han obrado el mal para la resurrección de condenación” (Jn 5,29).

Es verdad, como advierte el Catecismo, que “desde el principio la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones”. "En ningún punto la fe cristiana encuentra más grande contradicción que en la resurrección de la carne" (san Agustín, Salm. 88, 2,5). Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿Cómo creer que este cuerpo, tan manifiestamente mortal, pueda resucitar a la vida eterna?

Y sin embargo, ésta es precisamente la fe cristiana en la resurrección de los muertos. Hay, por tanto, una escatología intermedia, que se refiere sólo al alma, y una escatología plena, referida al alma y al cuerpo; la primera se inicia con la muerte, la segunda en el último día, cuando venga Cristo. La gloria de los justos resucitados será algo que queda más allá de lo que la mente humana puede imaginar, concebir y expresar. Jesucristo tiene por los hombres un amor tan grande que, arriesgando la propia vida, les asegura con frecuencia que a causa de sus pecados pueden condenarse eternamente en el infierno. 

Y es de notar que mientras Jesús alude en el evangelio con mucha frecuencia al infierno, tal alusión es relativamente infrecuente en los escritos de los Apóstoles. Quizá la razón sea que Jesús en su predicación trataba de suscitar la fe en unos hombres muchas veces hostiles al Evangelio; en tanto que los escritos apostólicos se dirigían a los creyentes, ya santificados por el Espíritu. También los apóstoles predican sobre el infierno, sobre todo cuando ven amenazada en los fieles la obediencia al Evangelio del Señor. El temor del infierno debe estar, pues, integrado en la espiritualidad cristiana, siempre moderado por la confianza en la misericordia de Dios. “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque le ven "tal cual es" (Catecismo 1023). 

El Nuevo Testamento nos presenta el cielo como un premio eterno que han de recibir los que permanezcan en Cristo. El cielo es un tesoro inalterable, ganado en este mundo con las obras buenas. Dios nos ha revelado el cielo sirviéndose también de algunas imágenes y parábolas. Jesús habla a veces del cielo como de un convite de bodas (Mt 22,1-14), donde él se une a la humanidad como Esposo, y en el que se bebe el fruto de la vid (26,29). 

El cielo puede también contemplarse como “la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén” (Ap 21-22).El apóstol san Juan la describe así como una esposa bellísima, adornada para su esposo. El cielo es la vida eterna. La vida eterna es Cristo mismo y a ella tienen acceso los que viven de Cristo (Jn 6,57) “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Lo que sucede es que “vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros os manifestaréis gloriosos con él” (Col 3,34). El cielo es estar con Cristo. 

El mismo Jesús revela que el cielo para el hombre es estar con él. “Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él Conmigo” (Ap 3,20). “Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros” (Jn 14,3). La Iglesia vive a la espera del Señor “aguardando la feliz esperanza y la manifestación esplendorosa del gran Dios y salvador nuestro, Jesucristo” (Tit 2,13). 

La Iglesia espera a Cristo como el siervo la vuelta de su señor. Y “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”, todos los fieles -del cielo, de la tierra y del purgatorio- estamos unidos en la comunión de los santos, cuya manifestación principal se da en la Eucaristía. 

El acceso al misterio.

No es lo mismo creer que opinar.

Saber o saborear la verdad Saber es una cosa y saborear la verdad, otra. Sabio no es el que sabe una verdad sino quien la saborea. Por esta razón conviene no despreciar las virtudes intelectuales. 

Si es cierto que conviene evitar los racionalismos, también lo es que podemos acercarnos con ilusión al descubrimiento de la verdad. Nos rodea un ambiente de un cierto desprecio de la razón. De hecho, los sentimientos y las emociones nos sacan ventaja. 

El entendimiento "es la virtud de los primeros principios que nos permite conocer las cosas evidentes". La "ciencia" ayuda a razonar correctamente en un ámbito particular del conocimiento. Y la "sabiduría" nos ayuda a saber las causas últimas de una cuestión. 

Ser hombres o mujeres "inteligentes" y "prudentes" implica que intentamos con prontitud resolver las cosas urgentes; que tenemos un gran deseo de aprender aprovechando la experiencia de otros, que sabemos preguntar y pedir consejo, y que estamos atentos en todas las circunstancias. De las restantes virtudes morales las más conocidas son la justicia la fortaleza y la templanza, con todas sus manifestaciones. 

Sin virtudes estaríamos obligados a comenzar de nuevo en cada momento, pero la virtud es una especie de confirmación estable en el bien porque afecta a las raíces del alma y es fuente y energía de buenas acciones. 

Dar por supuesto que nuestras acciones acaban en la nada implica una valoración muy pobre de nuestra libertad. Esto querrá decir vivir en una inmediatez que no nos deja alejarnos suficientemente de la vida de los sentidos y nos deja aferrados a la facticidad pura y dura de las cosas. De hecho, valemos más de lo que nos propone esta visión desenfocada. 


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El compromiso estable en las buenas acciones va creando en nosotros poco a poco una "segunda naturaleza" que es capaz de actuar con facilidad, prontitud y gozo. Y es que el comprometerse no es el enemigo de nuestra libertad, sino al contrario, el hombre no es libertad sino que tiene libertad. Para hacerla efectiva sólo hay un camino, que es determinarla, comprometerla en algo determinado. 

La pura pasividad de quien "se lo mira" sólo es la pasividad del espectador y no de quien es el protagonista de la propia vida. La vivencia apasionada de las virtudes nos aporta la gran ventaja de modular las inclinaciones innatas. Para muchas personas se trata de un mal la constatación de unas disposiciones naturales que no siempre gustan. 

Hay quien es muy pasivo, o nervioso, o apasionado. La virtud, sin cambiar este natural, lo modula e integra harmónicamente, consiguiendo una personalidad madura. Ninguna virtud se da aisladamente, sino que siempre se da un crecimiento armónico de las virtudes. 

No es la armonía de las matemáticas, pues se trata de cosas vitales, sino la armonía que hay en un tejido bello en el que cada costura complementa la anterior. Esta armonía es el buen regusto de la madurez humana que nos aporta estabilidad de ánimo, capacidad de tomar decisiones ponderadas y una manera recta y justa de juzgar las situaciones.



La fe no es ni una opinión fugaz ni una evidencia que se imponga necesariamente. La fe es firme y cierta pero al mismo tiempo es una certeza libre. El acto de fe que realiza el creyente siempre ha estado relacionado con un tipo de acto psicológico, que tiene como características principales el ser incondicional y total. 

El buen creyente cree sin condiciones y en su totalidad aquello que hay que creer. Ahora bien, observemos que en el acto de fe no aparece su contenido objetivo, y a pesar de ello, el creyente le presta su asentimiento como si se tratase de una verdad absolutamente evidente. Y es que el acto de fe forma una totalidad muy rica, que une, a la vez, el aspecto noético -en el plano de la ortodoxia objetiva y comunicable- y el aspecto existencial -en el plano de la conversión y de la salvación-.

El Concilio Vaticano I presentó el acto de fe en una definición sintética que reunía, a la vez, estos dos aspectos: el valor del compromiso personal y la adhesión intelectual. ¿Cómo pueden estar de acuerdo, con la responsabilidad y la madurez intelectual, una fe que, siendo incondicional y total como un saber, no es, en cambio, un verdadero conocimiento objetivo?


Aunque el creyente tiene una «cierta noticia» de aquello que cree, es decir, aunque sabe al menos de que se trata, no puede conocer el enunciado objetivo de aquello a lo que da asentimiento. Esto es así porque lo determinante en la fe no son los argumentos sino la intuición de que es bueno creer. Y esta intuición es más fruto de la libertad que no de la verdad interna de la propia proposición. La fe es, sobre todo, creer algo de alguien, y esto, no es sólo un asentimiento a un contenido sino a una persona en la cual se confía. De esta forma, la credibilidad del testimonio y su mediación afectan a la propia formalidad de la fe, es decir, la ilimitación sin reservas e incondicional del acto de fe sólo se justifica por la autoridad de quien revela.

El hecho de la autoridad tiene mucha importancia en cualquier creencia o proceso intelectual de tradición. Pero ha quedado mal visto en la visión racionalista de la fe, en la cual las verdades no se creen en la medida en que son garantizadas por el Dios que las revela, sino por el sentimiento de unidad o belleza que genera la visión general. Es falso que se pueda creer en parte, un poco, o sólo algunas cosas, pero con frecuencia eso lo ha olvidado el creyente contemporáneo, que ha tenido un criterio ideológico como constitutivo de su acto fiducial. Podríamos decir que el hombre que tiene por verdaderos los contenidos de la fe por un motivo diferente por el cual el creyente cree, actúa entonces más como filosofo de la vida que como verdadero creyente.


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No se trata de que el creyente esté menos seguro de aquello que sabe; está igual de seguro y su acto es igualmente incondicional; tan sólo se trata de una seguridad libre, en la cual la ausencia de evidencia se suple porque se sabe que es bueno creer. De hecho, en todo tipo de comunión personal encontramos esa actitud. Veamos, sino, la relación que hay entre el niño y el adulto, o la que hay entre el alumno y el maestro.  Es aquella actitud que fomenta la virtud de la piedad y que consiste en hacer atractivo para el hombre el bien espiritual que significa Dios. Pascal ya advirtió que existía un diálogo interior por el cual la verdad se descubre deseable o verdadera en la medida en que la acogemos.

La virtud de la fe.

La fe es un don gratuito.

La fe es un acto libre.

¿Por qué las cosas han de ser de tal forma que al hombre no le es suficiente aquello que le es naturalmente accesible? ¿Por qué hemos de aceptar una cosa que no es comprobable, y a través de un testimonio que no podemos encontrar en nosotros de forma inmediata y con un asentimiento incondicional y absoluto? Hemos de recordar que ser criatura es recibir permanentemente el ser y no estar nunca acabado. Por naturaleza estamos siempre a la espera de Dios y la fe en la Revelación es algo natural, en el sentido de que si Dios ha hablado sería contrario a la naturaleza humana no creer. 

Por lo tanto, no es correcto tener una idea demasiado exagerada del carácter sobrenatural de la fe. Si la fe implica una actitud de fidelidad respecto a la totalidad de la verdad, debe ser más natural que la actitud crítica y racionalista. Se tiene por crítico a aquel que no acepta sino aquello que sostiene con una buena demostración; pero ¿no es más crítico -en el sentido de razonable- aquel que, para que no se le escape ningún elemento de la totalidad, prefiere una seguridad más imperfecta antes que un menor contacto con la realidad? Quizás por esto el crítico es más sistemático pero menos abierto; razona con un sistema de verdades más coherentes, pero totalmente acabado y con menos elementos. 

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Es cierto que hoy no podemos sentir la presencia de Dios con la ingenuidad de otras épocas. Pero, al mismo tiempo, no puede haber fe si no hay comunicación de Dios, esto es, Revelación. Y esta Revelación es una comunicación de luz interior inteligible, por medio de la cual el conocimiento se pone en condiciones de percibir aquello que no puede percibir con la propia luz. 

La fe tradicional del carbonero no es sofisticada pero es sensata, ya que también el más alejado, el menos informado, participa de la verdad revelada. Tiene un carácter universal, nada banal y tampoco nada elitista. La obediencia de la fe tiene un núcleo metafísico: la inacababilidad del hombre y su creaturabilidad. 

La intuición de una Revelación acontecida no sirve de nada si no la precede una meditación sobre la situación metafísica del hombre como criatura. La aceptación de comunión es algo vital. 

Es necesaria una actitud de apertura, una actitud de atención que nada tiene que ver con la objetividad aséptica del crítico, y que tiene mucho que ver con la ascética del pobre que ni se preocupa de su propia soberanía, ni le molesta la comunión, ni le traban las mediaciones. 

Creer es un acto sobrenatural, libre y razonable. Sobrenatural, porque sobrepasa el orden natural o normal de las cosas cotidianas, y supone la ayuda gratuita e interior de Dios en nuestro corazón. Libre, porque la aceptación de la fe, en ella misma, es voluntaria y personal, fruto de una decisión responsable. 

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Razonable, porque el acto de fe, como todo acto humano, está fundamentado y movido por unos motivos proporcionados. Justamente el elemento objetivo de la fe es aquello que está ausente, que no se hace evidente por sí mismo, aquello que todavía no es asequible por el pensamiento, y por eso es motivo de esperanza. Pero, por otro lado, el elemento objetivo no es el único. Hay un elemento personal, subjetivo, que permite que el creyente tenga esta realidad objetiva no evidente como totalmente cierta. Sólo creemos si queremos. La fe no es el resultado de una argumentación teórica. No es la conclusión de unas premisas anteriores. 

En una habitación iluminada; y aunque haya luz, si no quiero abrir los ojos, no veré nada. Pero también es cierto que si no hay alguien que sepa, no podrá haber nadie que crea. Si abro mucho los ojos pero no hay luz tampoco puedo ver. Esta es la fuerza del testimonio. Es mejor ver por uno mismo que ver a través de otro; pero es mejor creer en otro que sabe, que no ver nada. Cuando un amigo da testimonio de un hecho que nosotros no hemos presenciado, tenemos acceso indirecto a esos hechos, tenemos un conocimiento de aquello que se nos explica. Siempre será mejor saber de esta forma que no saber nada. 

La fe nos sitúa en medio del ver que aún no poseemos y del no ver nada. De ahí que a los testigos de la fe siempre les pedimos que sepan, es decir, que ellos hayan visto, y que no nos mientan. Si hemos de escoger entre escuchar y no ver nada, es mejor escuchar. De aquí que la fe entre por el oído, por escuchar atentamente a aquellos que nos transmiten la verdad de Dios. Hesíodo decía que ser sabio con la cabeza de otro es menos que ser sabio por uno mismo; pero es infinitamente de más peso que, por orgullo, no querer depender de aquel que realmente sabe y, al mismo tiempo, menospreciar a aquella persona que cree. 

En teología se denominan preámbulos de la fe aquellos presupuestos que, aunque no forman parte de la fe estrictamente hablando, son necesarios para poder creer: la inmortalidad del alma, la certeza de la existencia de Dios, la seguridad de que los testigos no nos engañan. Con frecuencia se ha dicho que creer es un salto en el vacío. Y lo es en un sentido de confianza y entrega. Pero no es el vacío total, sino un salto a las manos de Dios Soberano y Misterioso. Y por otro lado, hay suficiente fundamento, suficientes razones para que el salto no sea un contrasentido o un hecho inhumano. La fe puede superar la razón, pero no la contradice. 

La fe es un acto de amor.

La fe es un regalo.

No es que el creyente crea únicamente porque quiere creer, en el sentido de buscar la satisfacción de un deseo o de la proyección de unas necesidades. Ciertamente esto sería irracional. Es lógico que los contenidos de la fe le afecten como objetos de esperanza o de deseo. Pero éste no es el motivo formal de querer creer. 

Ahora bien, si no es ni la libertad ni la evidencia racional ¿Cuál es la razón de querer creer? La razón de querer creer es la persona del testigo. El creyente quiere al testigo, lo ama, lo quiere en la medida en que tiene por cierta su palabra, lo quiere porque desea la unión espiritual con quien le habla, lo quiere porque quiere ver todas las cosas como él las ve y lo quiere porque es bueno hacerlo así. Como diría Newman, «creo porque amo». Cualquiera que hable a otro le está ofreciendo una cierta unión con él, y quien escucha, la acepta. Sólo así se crea una común posesión y participación en el conocimiento del otro. 

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Esta adhesión y donación amorosa no se apoya en la fe sino que es la causa de la fe. De hecho, decir que es mejor saber fiándose de otro en lugar de no saber nada no va contra el deseo de conocer sino contra el orgullo de conocerlo todo por uno mismo. Las reglas del racionalismo no sirven para este tipo de conocimiento de fe que va más allá de ellas. Dios es la única Verdad Absoluta y aquello que Él nos dice es verdadero. 

Por ello la fe es totalmente segura: porque es la adhesión y el asentimiento a esta única posibilidad. De esta forma podemos decir que en la fe no es posible la duda objetiva sobre si lo que creo es verdad o no; pero también es cierto que la fe no se fundamenta en la evidencia, y por tanto, permite la inquietud de pensamiento. En la fe del creyente es posible interrogarse, buscar, investigar, aspirar a aquello que aún no hemos alcanzado. También la duda y la opinión son intranquilas. 

Pero en el caso de la fe se encuentran los dos elementos juntos: el asentimiento seguro y la inquietud de pensamiento, y ambos con igual fuerza. Se trata de un pensar que no trae paz, aunque sea un asentimiento inconmovible en el que no es posible la duda. En la fe, el espíritu es fijado sin la evidencia por el querer de la voluntad. El asentimiento viene de la voluntad y por firme que sea, no pone fin a la investigación inquieta pero insatisfecha. Lo que es importante es descubrir que la duda aparece por falta de firmeza en el asentimiento y en cambio, la inquietud de pensamiento sólo se da precisamente si el asentimiento es cierto. 

Es justamente quien se fía y no ve, quien cree con seguridad aquello que no tiene, quien está inquieto. Precisamente porque cree sin reservas, le deja intranquilo un conocimiento que le manifiesta la realidad y al mismo tiempo se la esconde. 

Jesús declara a Pedro que esta Revelación no le ha venido «de la carne ni de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). La fe es una gracia, un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él, pero es también un acto humano. No es contrario a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y adherirse a las verdades por Él reveladas. El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural; no obstante, la fe es cierta, y más cierta que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios. Ahora bien, para poder ser humana, la respuesta de la fe que el hombre da a Dios ha de ser voluntaria» (CIC n.153-160). 

Esta capacidad de aceptar las cosas no tanto porque las descubrimos evidentes, sino porque sabemos que son buenas, implica un acto de la voluntad en el cual encontramos cuatro momentos. Si hiciésemos una radiografía del acto de fe podríamos señalar estos cuatro momentos aunque su distinción sea fruto de un análisis racional del acto de fe, un acto que se da en realidad de un modo totalizador e inmediato. 

En primer lugar, la propuesta por parte de Dios, es decir, la Revelación. 

En segundo lugar, la buena voluntad por nuestra parte, es decir, una actitud de acogida y apertura a su acción. En las cosas de la fe, hay luz suficiente para aquellos que la desean, y también suficiente oscuridad para aquellos que no la desean. 

En tercer lugar, el don de Dios, que es una atracción por medio de la cual Dios mismo ilumina la inteligencia y mueve la voluntad para buscarlo como nuestro bien total. Y, por último, el hombre se siente inclinado a creer todo aceptando unas señales que puede ser que en principio viese oscuras, pero que ahora le parecen suficientes para iniciar el camino del asentimiento. “La razón, guiada por la fe, cuando busca cuidadosamente, encuentra, por don de Dios, algún conocimiento, y muy fructífero, de los misterios. Esto sucede, en ocasiones, por semejanza de aquellos que ya conocemos naturalmente, en ocasiones por la conexión que hay entre los mismos misterios. 

Pero nunca está totalmente preparada para entenderlos del todo, ya que los misterios, por su propia naturaleza, sobrepasan nuestro entendimiento, ya que aunque son revelados, permanecen encubiertos en el asentimiento de fe y envueltos en una cierta oscuridad. «Sabemos que mientras vivimos, como emigrantes en el cuerpo, nos encontraremos lejos del Señor; ya que vivimos en la fe, no en la visión» (2 Co 5, 6). (Constitución De Fide Católica, c.4) 

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Pensar a la luz de la fe.

Nuestra mente es un caos desordenado, confuso y contradictorio que, fruto del pecado, permanece cerrado a la captación de la verdad y demasiado abierto a los influjos del mundo. Poner el entendimiento en la fe no significa renunciar a pensar, ya que esto sería un puro infantilismo, sino que implica liberarnos de todo conocimiento que no venga de Dios. 

Si analizamos nuestro modo de pensar quizá descubrimos que hay en nosotros criterios generales sobre el valor de la igualdad, sobre la importancia de la salud, sobre el sentido de la libertad, sobre el trabajo, que se han ido formando por los influjos del ambiente o de la moda y que nunca hemos examinado atentamente a la luz de la fe. El temperamento personal y el ambiente influyen muchas veces de modo decisivo en la conformación de esas ideas. Convicciones, que tantas veces son falsas o al menos inexactas, solemos tenerlas de hecho como axiomas indiscutibles. 

Con frecuencia pueden ser criterios mal entendidos, o bloqueos mentales, como por ejemplo: “necesito más horas de sueño”, “mi familia no puede vivir sin un poco más de dinero”, “es preciso que mi hijo acabe los estudios”, “yo no sirvo para pensar, sino para trabajar”. En otras ocasiones tenemos criterios sobrenaturales pero que son captados con oscuridad y con mezcla de error. Muchos religiosos a menudo han pensado que “encarnarse” y “hacerse todo a todos” significa secularizar y mundanizar sus modos de vida, o algunos cristianos piadosos les puede parecer poco importante descubrir a Jesús en los pobres, porque quizá es un criterio ideológico que no comparten. 

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En lugar de estas fijaciones deberíamos preguntarnos si Dios está de acuerdo con lo que yo pienso que ha de ser mi trabajo, mi descanso, mi tiempo libre, mi consumo, mi relación con los demás. En ocasiones puede darse que poseamos algunos criterios verdaderos pero que se encuentren en colisión o impedidos por otros criterios naturales más fuertes. Así ocurre, por ejemplo, cuando uno piensa que hay que dedicar tiempo a la oración, pero también piensa que hay mucho que hacer; y, de hecho, apenas halla nunca tiempo para orar con calma. 

En este caso, como en otros, el fallo no es únicamente de una voluntad que no es generosa sino de la mente. A veces el problema no está en los criterios que tenemos, sino en los que no tenemos, en los criterios ausentes en nuestra manera de pensar habitual, y que se refieren a realidades o valores que no estarán nunca integrados en nuestra vida porque nunca hemos dedicado tiempo suficiente a pensar en ellos. Se trata de convicciones que, simplemente, están ausentes de nuestra cabeza por ignorancia o por olvido aunque en el Evangelio están bien claramente presentes. Mortificación, pobreza, ángeles, oración litúrgica, frecuencia de sacramentos, limosna, etc. son para muchos, según personas y ambientes, palabras por completo vacías de contenido real. 

Es imposible que el Espíritu Santo pueda iluminarnos y movernos si nuestra mente permanece aferrada a sus propias concepciones, ni podrá nacer el hombre nuevo según la lógica de Dios si no colaboramos en poner en duda los criterios habituales del hombre carnal. Por otro lado, debemos también examinar si nuestros criterios tienen la debida claridad o profundidad y si están integrados orgánicamente con el resto de conocimientos o convicciones. 

En definitiva, la fe nos lleva a confrontar nuestra conducta y nuestro pensamiento con el Evangelio, sin acomodarlos a nuestros caprichos o gustos, ni escoger aquello que precisamente confirme nuestras posiciones. Nos conviene conocer de qué forma podemos colaborar con el Espíritu Santo en la ascesis de nuestro entendimiento. 

En primer lugar nos conviene examinar a menudo y humildemente nuestros criterios a la luz de la fe, para plantearnos si nuestras seguridades naturales responden o no al espíritu evangélico, si Dios está o no conforme con lo que con tanta seguridad pensamos. Por otro lado, sabiendo que pueden faltarnos algunos criterios de actuación, deberíamos preguntarnos si ponemos los medios necesarios para conocer las enseñanzas de fe o de vida espiritual de las cuales carecemos y para ir configurando nuestro modo de pensar al de Dios. 

Será igualmente necesario emplear esfuerzo en adquirir la debida claridad o certeza sobre los criterios que ya poseemos o ver cómo integrar mejor con prudencia y acierto algunos criterios que quizá permanecen inoperantes en nuestra vida diaria. Muchas veces puede ser una dificultad preferir cualquier cosa antes que pararse a pensar. Ahí el activismo suele hacer mucho daño ya que seguimos andando sin verificar la dirección en la que caminamos. 

Creer es amar.

La creación fue la primera declaración de amor que Dios nos hizo. En ella se ve claro que Dios “nos amó primero” (1 Jn 4,19), pues antes de que él nos amara, no existíamos: fue su amor quien nos dio el ser, y con el ser nos dio la bondad, la belleza etc. Su amor nos hizo amables. Y nuestro Dios “ama cuanto existe” (Sab 11,25), y toda criatura existe porque Dios la ama. 


Aún más abiertamente que el “libro de la Creación”, el Antiguo Testamento nos revela a Dios como amor. El Señor ama a su pueblo “como un padre o una madre aman a su hijo” (Is 49,1); “como un esposo ama a su esposa” (Is 54,5-8); “como un pastor a su rebaño” (Sal 22); “como un hombre a su heredad predilecta” (Jer 12,17). Hasta el hombre pecador debe confiarse al Él.

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Pero la auténtica y definitiva plenitud del amor de Dios se da en Cristo. En él “se hizo visible el amor de Dios a los hombres” (Tit 3,4). “Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo” (Jn 3,16). “En esto se manifestó la caridad de Dios hacia nosotros, en que envió Dios a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por él. En eso está la caridad, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo, víctima expiatoria por nuestros pecados” (1 Jn 4,9-10).

Por todo ello hay que decir que los cristianos deberíamos ser los que “hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16) y esto no únicamente en el plano metafísico de la existencia o antropológico de la precedencia del ser personal sino también en la espiritualidad cristiana, ya que de la afirmación de la iniciativa divina derivan todos los rasgos fundamentales del conocimiento de la fe y la vida de la gracia.


Los cristianos nos atrevemos a intentar la perfecta santidad porque estamos convencidos de que Dios nos ama, y que por eso mismo nos quiere santificar. El santo nunca pierde esta audacia espiritual aunque a menudo sea vea impotente y frenado por tantos obstáculos internos y externos. “si Dios está por nosotros ¿Quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros ¿Cómo no nos ha de dar con él todas las cosas?” (Rm 8,31 -32).

Si el miedo y la tristeza parecen ser los sentimientos originarios del hombre viejo, la confianza y la alegría son el substrato vital del hombre nuevo creado en Cristo. La necesidad de amar y de ser amado es algo ontológico en el hombre, imagen de Dios-amor. 

En el mundo es normal que haya miedo y tristeza pero en el Reino de Dios hay lugar a la confianza y alegría, porque “hemos conocido y creído la caridad que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16).

Es frecuente encontrar cristianos que dudan del amor que Dios les tiene. Quizá creen que Dios ama a la humanidad en general pero no se saben personalmente conocidos y amados por Dios. A menudo esta actitud proviene del sufrimiento personal o ajeno, o también del pecado, que puede ocasionar esta ignorancia del amor de Dios.

“Soy tan malo que es imposible que Dios me ame”, o como afirma el evangelio: “Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador” (Lc 5,8), pero quien piensa así olvida que precisamente Cristo afirmó que había venido “a llamar a los pecadores” (Mc 2,17), y que “siendo nosotros pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).


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