Dios nos mueve "ab interius"

10 febrero 2026 - Opinión - Comentarios -


Dios nos mueve por dentro.

Como decía san Agustín, “hay algunos que tanto ponderan y defienden la libertad que osan negar y hacer caso omiso de la gracia de Dios, mientras otros hay que cuando defienden la gracia de Dios, niegan la libertad” (ML 44,881). 

Toda la espiritualidad cristiana depende de cómo se entienda el binomio gracia y libertad, acción de Dios y colaboración del hombre. La libertad es la potestad del hombre sobre sus propios actos. Ciertamente que el grado de libertad está en proporción con el grado de conocimiento y de consentimiento de nuestra voluntad y que la ignorancia, la pasión, el miedo, o la violencia pueden disminuir o anular la libertad personal y, por tanto, la responsabilidad. Pero lo que ahora más nos conviene es analizar las distintas posiciones que sobre la relación entre gracia y libertad se han dado en la historia de la espiritualidad cristiana. 

Cuando santo Tomás intenta armonizar gracia y libertad advierte que Dios no sólo crea las criaturas, sino que también les concede su “modo de ser”, de tal forma que crea las criaturas irracionales y las destina a su fin a través del instinto, mientras que da el ser a la criatura racional y la destina a su fin concediéndole un “modo de ser” que radica en la libertad. Como puede ser compatible la acción de Dios y nuestra libertad es un gran misterio, pero puede entenderse mejor si observamos que la acción divina sobre nuestro ser “actúa desde dentro” de él, no desde el exterior. Dios no solo crea la libertad, sino que hace que sea libre en la media en que nos concede el desear y el obrar a la vez. 

De modo analógico es lo que ocurre cuando dos personas se aman. Ambas se condicionan mutuamente su libertad, pero ninguna de las dos percibe coacción o presión externa porque el mismo acto con se aman actúa desde el interior de la persona amada. Esta armonía entre la acción divina por la gracia y nuestra libertad se ha visto a menudo amenazada por distintas tendencias que han consistido habitualmente en afirmar una parte del binomio dicho, olvidando otra. 

El pelagianismo y el voluntarismo afirman que somos libres y no necesitamos la gracia, mientras que el luteranismo y el quietismo afirman que no somos libres, pero necesitamos la gracia y finalmente el modernismo mantiene que ni somos libres ni necesitamos la gracia. Ante todas estas desviaciones la verdadera espiritualidad cristiana mantiene ambas afirmaciones de modo armónico: somos libres y necesitamos gracia. 

1. El moralismo voluntarista 

Pelagio (354-427) fue un monje de origen británico, riguroso y asceta que predicó un moralismo muy optimista sobre las posibilidades éticas del hombre: “Cuando tengo que exhortar a la reforma de costumbres y a la santidad de vida, empiezo por demostrar la fuerza y el valor de la naturaleza humana, precisando la capacidad de la misma, para incitar así el ánimo del oyente a realizar toda clase de virtud. Pues no podemos iniciar el camino de la virtud si no tenemos la esperanza de poder practicarla” (ML 30,16). 

Pronto la Iglesia rechazó el pelagianismo con gran fuerza, en cuanto sus doctrinas fueron mejor conocidas gracias a la colaboración entre otros del mismo san Jerónimo y san Agustín. San Agustín resume así la doctrina pelagiana: “Opinan que el hombre puede cumplir todos los mandamientos de Dios, sin su gracia. Dice (Pelagio) que a los hombres se les da la gracia para que con su libre albedrío puedan cumplir más fácilmente cuanto Dios les ha mandado. 

Y cuando dice «más fácilmente» quiere significar que los hombres, sin la gracia, pueden cumplir los mandamientos divinos, aunque les sea más difícil. La gracia de Dios, sin la que no podemos realizar ningún bien, es el libre albedrío que nuestra naturaleza recibió sin mérito alguno precedente. Dios, además, nos ayuda dándonos su ley y su enseñanza, para que sepamos qué debemos hacer y esperar. Pero no necesitamos el don de su Espíritu para realizar lo que sabemos que debemos hacer. Así mismo, los pelagianos desvirtúan las oraciones de la Iglesia (¿Para qué pedir a Dios lo que la voluntad del hombre puede conseguir por sí misma?). Y pretenden que los niños nacen sin el vínculo del pecado original” (ML 42,47-48). 

La verdad es que el pelagianismo ha estado de una forma u otra muy presente en la espiritualidad cristiana. En este sentido los pelagianos actuales son fieles a las tesis fundamentales del pelagianismo más clásico. Puede decirse, en general, que hay pelagianismo cuando se apremia la conducta ética de los cristianos sin mayores alusiones a la necesidad de la gracia de Cristo, como si ellos por sí solos pudieran ser buenos y honestos, con tal de que se empeñen en ello. 

El pelagianismo tiene una clara tendencia hacia el moralismo y el olvido de los temas más dogmáticos, como la inhabitación trinitaria, la presencia divina vivificante en nuestra alma o el misterio litúrgico como fuente de la gracia, y piensa que la conducta individual es el motor de la vida cristiana y no es fruto de la unión con Cristo a través de la fe y la gracia santificante. 

Hay pelagianismo cuando no se afirma el pecado original o se desprecia la oración de petición, cuando falta la alegría cristiana o se adulan las fuerzas humanas que se fundamentan en la juventud o en las capacidades naturales y se olvida que todo hombre está necesitado de salvación. El pelagiano moderno espera la salvación de sus propias fuerzas y por tanto se limita a proponer los valores morales que Cristo predicó, aunque olvida con facilidad que Cristo mismo es la verdad y que sólo por la fe en él alcanzamos “la justicia que procede de Dios” (Flp 3,9). 

Actualmente el naturalismo pelagiano o semipelagiano es una gran tentación al menos en el ambiente de los países ricos descristianizados. Según el cardenal de Lubac, “nunca como hoy, a partir de los tiempos de san Agustín, que fueron también los de Pelagio, la idea de la gracia fue más ignorada”. 

El proceso de descristianización de los últimos siglos, se ha ido produciendo por la reducción del Evangelio a una ética voluntarista de marcado estilo pelagiano. Los neopelagianos consideran estéril la unión con Cristo o la atención a la iniciativa de la gracia, y propugnan un cristianismo centrado en la fuerza que el hombre tiene para cambiarse a sí mismo. 

No deberíamos olvidar nunca que el Evangelio no fue escrito como un código de doctrina moral sino como una presentación de Cristo destinada a suscitar la fe en Él: “estas cosas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y con esta fe tengáis vida gracias a él” (Jn 20,31). 

La buena noticia ofrecida al mundo como una ética natural sería una versión renovada del fariseísmo judío, al que se refería san Pablo al decir: “el código [moral] da muerte, mientras el Espíritu da vida” (2 Cor 3,6).

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El voluntarismo en sentido doctrinal fue condenado como semipelagianismo en el II Concilio de Orange, aunque aquí lo describiremos más bien como una desviación espiritual, que está más o menos presente en todas las épocas. En este sentido nos referimos preferentemente a una actitud práctica según la cual la iniciativa de la vida espiritual se centra en el hombre relegando la gracia a una ayuda, necesaria ciertamente, pero únicamente una ayuda. 

Los cristianos que se ven afectados por esa actitud suelen ser doctrinalmente ortodoxos y buscan sinceramente la perfección y aman la gracia pero, en su espiritualidad práctica, viven como si ésta no existiera. Es posible que la pereza hace daño especialmente al cristiano principiante, pero le hace mucho más daño la soberbia oculta e inconsciente cuando pretende llevar la iniciativa y sustraerse al poder de la gracia. 

El voluntarista parte de sí mismo, de su carácter personal y se va proponiendo obras buenas que piensa vivir “con la ayuda de Dios”, y no se da cuenta de que está dando por supuesto que, ya que las obras que se propone son buenas, Dios le dará la gracia que merece. Y así va llevando adelante como puede su vida espiritual sin verdaderamente discernir la voluntad divina y someterse a ella. 

Como vemos, en esta tendencia va implícita la forma de pensar semipelagiana según la cual lo que realmente hace eficaz la gracia es, en definitiva, nuestro esfuerzo. Según el semipelagianismo Dios ama por igual a todos los hombres, de modo que es éste, con su generosidad y entrega, quien hace eficaz la gracia de Cristo. 

De este modo gracia y libertad no se conciben al modo católico, es decir, como dos causas subordinadas en que la gracia divina es la causa primera que fundamenta la libertad humana, sino como dos causas coordinadas, como si se tratase de dos fuerzas distintas que se unen para conseguir un único efecto. 

De este modo de pensar se desprende que el voluntarista sobrevalore los métodos espirituales y apoye la santificación en una serie de medios, grupos o caminos peculiares. Piensa que haciendo esto o lo de más allá, yendo a este grupo o al otro, llegará más fácilmente a la santidad. Por un lado se produce un efecto muy insano, que es la subordinación de la persona a las obras concretas, y cuanto más concretas, mejor. 

Si las obras se cumplen se insinúa en él una cierta vanidad (“soy un tipo formidable”); y si no se cumplen se insinúan unos juicios temerarios faltos de caridad (“aquella persona es muy floja, “no vale porque le faltó generosidad”). 

Por otro lado en el voluntarista abunda la prisa crónica y la obra mal hecha, ya que la tendencia a cuantificar la vida espiritual, el normativismo y el legalismo detallista, aunque parezca contradictorio, le llevan a la mediocridad, ya que las leyes y normas señalan siempre un cumplimiento mínimo que ellos toman como máximos. 

Poniendo una metáfora, el cristiano bien formado se acerca a Dios y riega, abona y poda una planta para que sea Dios quien produzca el crecimiento, mientras que el voluntarista, que va de lo exterior a lo interior, tira de la planta para hacerla crecer, con el peligro de arrancarla de tierra. 

Hay otras consecuencias imprudentes del voluntarismo, por ejemplo, que lo más costoso es lo más santificante, olvidando que precisamente el amor que se pone en una acción consigue que ésta sea precisamente menos costosa y más meritoria. La tendencia del “agere contra” consiste precisamente en ir sistemáticamente en contra de lo que siente (“el hablador, que calle; el callado, que hable; el que quiere quedarse, que salga”), y esto sin ningún tipo de discernimiento ni discreción espiritual. 

Por todo esto el voluntarismo no es sano, no capta la vida cristiana como un don hermoso sino como un constante esfuerzo que le cansa. Se centra en sí mismo de modo que si las cosas van “bien” le produce vanidad, y si van “mal”, le dan cansancio y frustración. Todos hemos conocido personas rectas que se apartaron del gozo y la paz de la vida auténticamente movida por la gracia debido a un “empacho” de cosas buenas. 

El voluntarismo crea un clima de ansiedad, de escrúpulos y tendencia a la angustia neurótica. Para algunas personas frágiles o inseguras el esquema voluntarista suele resultarles inicialmente válido (“si quieres, puedes”, “es cuestión de generosidad”) hasta que las destroza por dentro. Por otro lado, el voluntarista insiste en lo que Dios “pide” o “exige”, olvidando que lo que Dios suele hacer es dar, conceder, mostrar, regalar, donar y perdonar. 

Somos libres y necesitamos gracia.

Somos libres y necesitamos gracia.

Como hemos afirmado anteriormente, al considerar la relación de la gracia con la libertad es frecuente concebir la acción meritoria como el resultante de la suma de dos fuerzas distintas, la gracia y la libertad. Pero no son así las cosas, ya que Dios no crea únicamente las cosas sino que las conserva en su ser y en su obrar, de modo que Dios no sólo da al hombre su ser libre sino que también crea, conserva y sostiene su libertad. “El que seamos obedientes y humildes a la gracia es don de la gracia misma”, como declaró el II Concilio de Orange contra los semipelagianos, precisamente porque Dios actúa desde dentro del mismo acto libre, creándolo en tanto que libre y meritorio. 

Dios causa todo el bien del hombre, porque Él es la causa universal que mueve a todas las criaturas. Como dice santo Tomás “Dios es propiamente en todas las cosas la causa del ser mismo en cuanto tal, que es en ellas lo más íntimo de todo; y por tanto Dios obra en lo más íntimo de todas las cosas” (S. Th I, 105,5). La gracia de Dios es eficaz por sí misma, es decir, intrínsecamente, de tal modo que su eficacia no viene causada extrínsecamente por el acto de la voluntad humana que consiente a ella. Por otro lado, el hombre es causa real de sus obras. 

El hombre, bajo la acción de la gracia, es causa libre de su propia obra, ya que el hecho de que el hombre no sea causa primera no implica que no sea causa real de su propio acto libre. Cuando Dios da al hombre su libertad y la energía para ejercerla no sólo no destruye la libertad, sino que la está produciendo. “El libre albedrío es causa de su propio movimiento, pues el hombre se mueve a sí mismo a obrar por su libre albedrío. 

Ahora bien, la libertad no requiere necesariamente que el sujeto libre sea la primera causa de sí mismo; como tampoco se requiere, para que una cosa sea causa de otra, el que sea su primera causa. Dios es la causa primera que mueve, tanto a las causas naturales como a las voluntarias. Y de igual manera que al mover a las causas naturales no impide que sus actos sean naturales, así al mover a las voluntarias tampoco impide que sus acciones sean voluntarias [esto es, libres], sino más bien hace que lo sean, puesto que obra en cada cosa según su propio modo de ser” (S. Th I, 83,1 ad 3m). En definitiva, no existe contraposición entre gracia y libertad. Nosotros debemos vivir según la gracia de Cristo. Cristo tiene su plan sobre nosotros que no quiere realizar sin nosotros. 

Dios nos mueve y nos llama, nos levanta y nos concede actuar moviéndonos hacia Él. “Muchos bienes hace Dios en el hombre que no hace el hombre; y en cambio, ningún bien hace el hombre que no conceda Dios que lo haga el hombre” (Dz 390). A nosotros nos queda secundar con nuestra colaboración libre este amor de Dios, es decir, cooperar activamente con la gracia y abandonarnos libremente a los planes de Dios. Esta perfecta fidelidad a la gracia de Cristo es el ideal de la perfección cristiana. Está claro que el “discernimiento” espiritual sobre la voluntad de Dios es fundamental para el auténtico crecimiento cristiano. 

Por otro lado, este discernimiento será distinto cuando se aplica a las obras buenas que son obligatorias, que a aquellas que no lo son. Hemos de hacer todo y sólo lo que la gracia de Dios nos vaya dando hacer, ni más, ni menos, ni otra cosa. En la total sinergia entre gracia y libertad se encuentra el núcleo de la perfección cristiana. Debemos andar exactamente al paso que Dios nos lleva, ni más aprisa, ni más despacio, ni por otro camino. En esto está la perfección y la paz. Cuando nuestros proyectos personales, aunque sean buenos, no coinciden con la voluntad de Dios causan cansancio y ansiedad, poco provecho e incluso el abandono de la vida espiritual. De ahí la importancia de saber discernir cuál es el plan de Dios sobre cada uno de nosotros. 

Dios manifiesta claramente su voluntad a quien sinceramente quiere conocerla y cumplirla. En la medida que, con confianza y humildad, y respetando la iniciativa divina, nos dejamos llevar de la gracia podemos llegar al conocimiento seguro de la voluntad de Dios y en esta sinergia o colaboración con el plan divino se nos concede la libertad, la paz y la santidad. Cuando el cristiano llega a la indiferencia espiritual porque se centra en Dios y no en sí mismo es cuando se van apagando las ansiedades y temores y va logrando el silencio interior y el amor puro. Los maestros espirituales han visto siempre en la paz el criterio principal para el discernimiento. Y en ese sentido enseña san Juan de la Cruz: “no es voluntad de Dios que el alma se turbe de nada ni padezca trabajos” (Dichos 56). En “el camino de la vida es de muy poco bullicio y negociación, y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber” (Dichos 57). 

Cuando la gracia cooperante de Dios mueve la persona a una buena obra, mueve siempre su voluntad con interior impulso, ilumina normalmente su entendimiento y no siempre estimula la inclinación de su sentimiento. En cualquier caso, el discernimiento espiritual será clave en el progreso espiritual, y precisará de consulta, y siempre de oración meditativa y suplicante. Ya san Juan de la Cruz avisa: “¿qué aprovecha dar a tu Dios una cosa, si él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a lo que tú te inclinas” (Dichos 72). “jamás dejes las obras por la falta de gusto o sabor que en ellas hallares ni las hagas por sólo el sabor o gusto que te dieren” (Cautelas 16). 

APRENDER A DISCERNIR 

La complejidad de las situaciones en las que vivimos y llevamos a cabo el camino de santidad nos impone una atenta consideración de los impulsos y motivaciones por las que decidimos actuar de un modo u otro. Dios llama a cada persona con una peculiar vocación. Lo que puede ser bueno para uno, puede no serlo para otro. De ahí nace el deseo de reconocer los signos de la voluntad de Dios en una determinada situación.  La existencia cristiana no es una realidad estática sino que, como la misma vida, está constituida por una cantidad variopinta de pensamientos, sentimientos, recuerdos, emociones etc. Ciertamente en el origen de nuestro camino está el bautismo, la filiación divina y la inhabitación del Espíritu Santo en nuestra alma, pero estas realidades actúan de modo dinámico en el curso de nuestra vida. El cristiano debe caminar como hijo de la luz y esto le impone la tarea de discernir para percibir continuamente la voluntad de Dios (Ef 5,8.10.17). 

A menudo la acción del poder del mal puede ser muy sutil y apartarnos del cumplimiento del bien sugiriéndonos acciones a primera vista buenas, exagerando, por ejemplo, las mortificaciones para llevarnos al cansancio, o usar para la propia gloria los dones recibidos de Dios. Satanás es el “padre de la mentira”; por eso debemos “distinguir el espíritu de la verdad y el espíritu del error” (1 Jn 4,6).

La historia de la Iglesia enseña que algunos dones auténticos del Espíritu no han podido desplegar toda su eficacia porque quienes los poseían no supieron discernir entre inspiración de Dios, impulsos y deseos humanos o desviaciones operadas por Satanás. Por otro lado, toda la Escritura es la historia del discernimiento en acción que lleva a cabo el hombre para entrar en el camino de la fe. El discernimiento de “espíritus” o de “inspiraciones” se encuentra a lo largo de todo el Nuevo Testamento y de modo particular en san Pablo. 

El Espíritu Santo, que es el principio dinámico y santificador de nuestra alma entabla con nosotros un diálogo fecundo y misterioso que nos debe llevar a una constante confrontación de nuestras decisiones con el querer divino y a una dócil transformación interior; de ahí que el discernimiento espiritual se impone como una constante de la vida del cristiano para pasar de la edad infantil de la fe a la del hombre perfecto o maduro. No es fácil distinguir entre la acción del Espíritu de Dios, la del espíritu humano y la del Maligno. 

La vida interior del hombre es compleja, y éste, por error, puede considerar como una manifestación de lo absoluto o de Cristo algo que, de hecho, no es más que fruto de una elaboración subjetiva. San Pablo advierte que nuestra tendencia al pecado se mantiene incluso después de haber sido justificados (Rom 8,7) mediante la fe y el bautismo. Y todos hemos contemplado como Jesús en las tentaciones del desierto aparta las tentaciones que el Maligno le sugiere para apartarlo del cumplimiento de la voluntad de Dios. También el cristiano sentirá más de una vez esta voz que le invita a abandonar el camino de la santificación. “Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las tentaciones del diablo” (Ef, 6,11). “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que andan por los aires” (Ef 6,12). 

“Discernir” significa literalmente probar, catar, examinar. La necesidad del discernimiento proviene de contemplar nuestra vida a la luz del horizonte final. En efecto, la santidad cristiana tiene como dos polos: la aceptación de la fe con el compromiso que implica y la inminencia del juicio. Discernir es adelantar el examen de Dios que un día se efectuará sobre cada uno de nosotros. Ante todo es Dios mismo quien “discierne” y juzga el corazón del hombre. Es el “Dios que sondea nuestros corazones” (1 Tes 2,4). En los sinópticos encontramos el discernimiento que fundamentalmente consiste en “reconocer” la persona y el mensaje de Jesús. Cristo es signo de contradicción (Lc 2,34) y, por tanto, objeto de discernimiento. Quienes le acogen descubren en Él los caminos del Espíritu.

Para los Hechos de los Apóstoles aparece clara también la dinámica del discernimiento. El Espíritu de Dios se impone con su misma fuerza y aporta su luz; sus iniciativas son siempre maravillosas y a veces desconcertantes, pero nunca turbulentas y desordenadas; su acción se ejerce siempre en la Iglesia, cuya paz y expansión asegura; su obra consiste en dar a conocer y en irradiar el nombre del Señor Jesús. Para san Pablo, el discernimiento forma parte de la búsqueda de la autenticidad cristiana de modo que habrá que esforzarse en distinguir las mociones que llevan la impronta del Espíritu Santo de las que le son contrarias. 

A todos los creyentes se nos ha dado el Espíritu que inhabita en nuestras almas, y todo cristiano debe habituarse a discernir con finura las mociones, sentimientos, experiencias, actitudes e impulsos que le permiten mantener su identidad. A algunos el Espíritu les concede el carisma del “discernimiento de espíritus” (1 Cor 12,10), es decir, la capacidad de reconocer si una determinada inspiración viene del Espíritu divino o del espíritu del mal. Para san Pablo, por otro lado, el discernimiento es la virtud del tiempo de la Iglesia, ya que este es el tiempo en que los cristianos deben afrontar el “presente siglo malo” (Gál 1,4) y no deben conformarse a este mundo sino superarlo. Mediante el atento discernimiento, el cristiano manifiesta una “fe purificada”, una “esperanza probada” en la oscuridad del tiempo presente, y una “caridad filial”, “derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,3-5).

El cristiano no se somete a las pruebas de la vida, sino que las discierne para descubrir en ellas la voluntad de Dios. El discernimiento, en su aspecto moral, tiene por objeto conocer la “voluntad de Dios” (Rom 12,2), para que nuestra vida avance certera por el camino de la santidad y la conversión continuas. 

El “conocimiento” de que habla a menudo san Pablo representa justamente este carácter dinámico de progreso y de crecimiento, que interioriza y conduce a un nivel cada vez más alto la fe, la esperanza y la caridad. San Juan nos pone en guardia para que adoptemos una actitud crítica frente a las inspiraciones: “Queridísimos, no os fieis de todo espíritu, sino examinad los espíritus, a ver si son de Dios” (1 Jn 4,1).

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