Amar es don de sí
Desde un punto de vista metafísico, la persona se presupone previa a toda relación personal. Como afirma R. Guardini, en Mundo y persona , “La manera en que el niño se desarrolla en el seno materno y sale de él está -pese a todas las coincidencias con el nacimiento de las crías animales- determinada, desde un principio, por el hecho de que en él está ya dada la persona en forma de proyecto. Ésta misma se halla ya, pues, presupuesta. Lo mismo puede decirse de las distintas maneras de atención de los padres para con los hijos. El que alimenta, protege y educa, ayuda a la nueva vida personal en su desarrollo, le procura materias del mundo y le enseña a afirmarse en el ambiente.
Todo ello no crea, empero, persona sino que la supone. Toda promoción de un hombre por otro tiene lugar ya sobre la base del hecho de que es persona”. Pero si el diálogo, la intersubjetividad y la donación no son constitutivo ontológico de la persona, no es menos cierto de que son sus manifestaciones más claras y evidentes, ya que las relaciones interpersonales son el verdadero escenario de la existencia humana. El carácter dialógico de la persona es hoy día algo asumido por casi todo el mundo. La persona humana es un ser constitutivamente dialogante. La persona sin las otras personas se frustraría, ya que sus capacidades de dialogar no encontrarían destinatario.
La persona no está hecha para estar sola. Tanto en la socialización primaria de la familia como en la secundaria, el hombre necesita las otras personas para reconocerse a sí mismo. La necesidad de integración en el grupo y el afán de ser reconocido manifiestan la condición dialogante de la persona. El lenguaje es el modo habitual como las personas humanas compartimos ideas o sentimientos. Existe una gran diferencia entre los bienes materiales que pueden repartirse y que fundamentalmente se encuentran en el orden de la utilidad. Normalmente estos bienes disminuyen cuando se reparten. Así ocurre con un pastel si lo queremos compartir con los amigos. Cuantas más personas haya “menos” pastel tocará a los comensales.
Pero ocurre de modo muy diverso en los bienes del espíritu que no son materiales. Resulta que cuando se comparten aumentan. Así ocurre con el saber que progresa cuando se transmite. Compartir es señal de la presencia del espíritu y el compartir espiritualiza la sociedad, porque lo común es específicamente humano, es el bien compartido por muchos. La vida social se fundamenta en la existencia de lo común. A menudo se piensa que lo común es lo universal, aquello que está en la razón abstracta, pero es más bien lo que se encuentra en diversas personas. El amor es la forma más rica de relación entre personas.
Santo Tomas afirma que “se llama amor al principio del movimiento que tiende al fin amado”. En toda persona existe una inclinación a la propia plenitud, un querer ser más uno mismo. No obstante este amor natural llamado amor de concupiscencia es únicamente el primer uso de la voluntad. Los clásicos ya distinguían entre el amor natural propio de las tendencias sensibles; la dilección, que añade la elección al amor, y la caridad que añade la benevolencia hacia el amado. Pues bien, el amor de benevolencia es la forma genuina y propia de estimar de los seres humanos. Es la afirmación del otro en tanto que otro.
Es desear que el otro crezca de modo que no refiere el ser querido a las propias necesidades sino que lo afirma en sí mismo; de ahí que se trate de un amor de donación. Todos los actos de la vida humana, de una forma u otra tienen que ver con el amor. Por eso, el amor no es un sentimiento sino un acto de la voluntad acompañado de un sentimiento. Puede haber amor sin sentimiento y sentimiento sin amor. Sentir no es querer. No se han de confundir aunque tampoco se pueden separar. Amar es sentir afecto ya que el afecto es sentir que se ama, pero además el amor tiene efectos, ya que es obra de la voluntad. El amor tiene sus actos propios que son muchos y que ojalá conformara siempre nuestro crecimiento personal.
El amor implica el deseo y el conocimiento de la otra persona. Amar es desear, poseer, disfrutar, conocer, dialogar, compartir, acompañar etc.; el amor es afirmación de la persona amada. Amar implica alegrarse, perdonar, ayudar, cuidar, recordar, sufrir, compadecerse, consolar, respetar etc.; amar es elegir amar, y de ahí se deduce que amar significa también preferir, comprender, prometer, confiar, esperar etc.; amar es dar, y por tanto decir, regalar, beneficiar, honrar, corresponder, agradecer, etc. Nunca tantos actos han definido de un modo tan completo una realidad. La persona está hecha para amar y ser amada y por esta razón, la amistad se constituye como la principal condición existencial de la persona humana.
Santo Tomás afirma que la amistad es la benevolencia recíproca dialogada. Es desear el bien del amigo por el amigo mismo. La amistad es un tipo de relación interpersonal que va creciendo en intensidad si vivimos el amor de benevolencia.
La verdadera amistad nace del compartir una tarea o caminar hacia un objetivo común. De ahí que los amigos comparten lo que hacen y prefieren hacer cosas juntos. Algún autor, a este respecto prefiere el término socialidad al de sociabilidad humana.
Así lo expresa Maurizio Flick y Zoltan Alszeghy en su Antropología teológica : “Así pues, al fenómeno humano pertenece no solamente la sociabilidad, sino también la socialidad. El hombre, por su propia naturaleza, no es solamente capaz de entrar en sociedad, sino que por el hecho de su misma existencia, tiene vínculos sociales. Este hecho penetra tan profundamente en la realidad humana, que podemos hablar de una «transpersonalidad» esencial al hombre; es decir, el hombre, por el mero hecho de ser persona, tiene relaciones con otras personas, y de esta manera es llevado por su misma naturaleza a constituir una comunidad.
Pero es preciso evitar que el término «transpersonal» se utilice en sentido hegeliano, como si la persona fuese un medio ordenado a la constitución y al desarrollo de la personalidad colectiva, que sería la única poseedora de un valor absoluto: semejante concepción no solamente es metafísicamente falsa, sino que además está en contradicción con la fenomenología de la socialidad, ya que de hecho los hombres no se sienten espontáneamente inclinados a ofrecerse como medios para el desarrollo de la sociedad. La socialidad humana, tal como la hemos descrito, se manifiesta cada vez más en el mundo contemporáneo, especialmente por el progreso de la técnica y por la perfección progresiva de los medios de comunicación, hasta el punto de que se puede hablar con el Concilio Vaticano II de una socialización progresiva de la vida humana (GS 6, 25, 54)”. Cuentan que en una ocasión advirtieron a Jacques Maritain del “peligro” de mantener amistades que pudieran poner en riesgo las propias convicciones, a lo que Maritain contestó: “Sería muy falso decir que una tal amistad es supra-dogmática o que se establece a costa de los dogmas de la fe... sé muy bien que si perdía la fe en el mínimo artículo de la fe, perdería mi alma. (Una tal amistad) nos ayuda a entrar en una mutua comprensión los unos de los otros. No es supra-dogmática sino supra-subjetiva. No nos hace salir de nuestra fe sino que nos obliga a salir de nosotros mismos. Es decir, nos ayuda a purificar nuestra fe misma de la ganga de egoísmo y de subjetividad en la cual tendemos a encerrarla”.
Nos parece muy acertada la distinción entre una comprensión supra-dogmática respecto de otra supra-subjetiva, porque, efectivamente, la amistad auténtica radical fundamentalmente en esta capacidad de descentramiento del propio egoísmo. Aprender a amar Nuestra voluntad está enferma y apenas es libre. Tiene un amor frágil y desviado. Si la caridad no sana nuestra alma su amor no podrá ser capaz de amar a Dios y al prójimo plenamente. Y no es únicamente el dinero el ídolo más frecuente.
Podemos adorar otros ídolos como las propias ideas, el afán de dominio, de poder, de independencia o de placer. Necesitamos purificar nuestra voluntad de todos estos apegos. Las pasiones más comunes son el gozo del bien presente, la esperanza del bien ausente, el dolor del mal presente y el temor del mal inminente. Pero ninguna clase de bienes ha de tener prisionero nuestro corazón. Poseer el corazón libre implica renunciar a cualquier apego que no sea Dios.
Podemos tener amor desordenado a cosas malas como robar o mentir; a cosas indiferentes, como el meterse en todo o en nada; pero también a cosas buenas, como estudiar, rezar mucho o terminar un trabajo. La caridad es la fuerza que ordena la voluntad del hombre, librándole de todo apego desordenado. Debemos descubrir nuestros propios apegos, ya que, a menudo, permanecen encubiertos. Si no nos molestamos en desenmascararlos no podremos arrancarlos. Para localizar nuestros apegos, bastaría con unas preguntas básicas respondidas sinceramente. “¿En qué te gozas y alegras? ¿Qué te produce más dolor y temor?”. Normalmente pensamos mucho en el objeto de nuestro apego, como la salud o el dinero y hablamos mucho de ello. “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34).
Normalmente uno se preocupa por aquellas cosas a las que está apegado.
Deberíamos caminar siempre hacia un desposeimiento afectivo, y a veces al efectivo de aquello que poseemos. De ahí la conveniencia de vivir con sobriedad y valorar la libertad que nos ofrece la pobreza espiritual y real. Por otro lado es muy sano descubrir que la mayoría de apegos, cuando se revela lo que realmente son, no son más que ídolos ridículos que fácilmente se vienen abajo. Si una persona siente un gran apego al orden y se pasa todo el día poniendo cada cosa en su sitio, se pone nerviosa y hace a todos la vida imposible, no conseguirá tener el corazón en paz hasta que no derribe de su corazón el ídolo del orden.
Tiene que descubrir a la luz de la fe la estupidez de su manía y comprender que el orden es un valor que ha de integrarse en otros valores como la paz o la alegría de la familia. Tal persona, hasta que valore lo que no había tenido en cuenta, se ría de sus manías y desvalore su idolatrado orden, no se sentirá libre. Los apegos han de ser arrancados con la fuerza de la caridad ya que el alma no tiene otra fuerza que la de su amor.
Con los ojos de Dios
La fe, es la virtud más radical, la madre de las demás, y es la que, más directamente, nos permite huir de todo naturalismo y establecernos con normalidad en aquel nivel en el cual Dios desea que vivan sus hijos: el nivel gratuito y sobrenatural de la filiación divina. El acto de fe es la culminación de un proceso interior llamado "conversión" o, también, "justificación".
Este camino lo han de recorrer todos, tanto los que recibieron el bautismo de pequeños y han crecido en el seno de una familia cristiana como aquellos que han sido bautizados en la edad adulta. Todo ser humano necesita de una primera conversión que nos dispone para ser introducidos en la amistad con Dios, o estado de "gracia". Después, y a pesar de esto, habremos de realizar sucesivas y nuevas conversiones constantes en nuestra nueva vida de creyentes. En el origen del acto de fe intervienen diversos factores por parte de Dios y por parte del hombre: el entendimiento y la voluntad y toda la persona, la Revelación, la gracia y el amor de Dios.
A menudo estos factores se entienden mal y de aquí provienen muchos malentendidos sobre la fe y las virtudes. Si estructuráramos estos actos que constituyen el acto de fe podríamos destacar cuatro momentos: el juicio de "credibilidad" (“es razonable creer”, “puedo creer”); el juicio de "credendidad" (“he de creer”, “hace falta creer”); la decisión de la voluntad (“quiero creer”) y, finalmente, el asentimiento del entendimiento (“creo”).
Esto no funciona como cuatro actos mecánicos ni tampoco reflejos, sino que es un análisis para entender mejor los factores que intervienen en el acto de fe, en tanto que proceso vital y único. Podemos decir que este análisis deja claros los diversos elementos de la razón, libertad y gracia (si puedo creer pero no quiero, no creo, si quiero creer pero no puedo, tampoco, si puedo y quiero pero Dios no me mueve, tampoco creo).
En el primer momento no es necesaria la intervención de la gracia sobrenatural. Esto es muy importante, porque quiere decir que hay razones para creer, es decir, que cuando el creyente cree es porque tiene motivos suficientes y razonables que dan certeza a su asentimiento libre. Es verdad que no se trata de evidencias sino de certezas libres, pero el acto de fe es un acto humano y como tal plenamente responsable y razonable.
La encíclica Fides et ratio de San Juan Pablo II nos ha explicado muy bien la importancia del estudio de estas razones. Vale la pena esforzarse en asumir estas razones que nos ayudan a creer, a dar razón de nuestra fe y a poder mantener un diálogo religioso responsable y desacomplejado. Con el estudio religioso podemos constatar la existencia de Dios; el hecho de la Revelación, la autenticidad de los textos bíblicos, la credibilidad de la Iglesia, etc. Durante muchos años se decía que uno tenía que creer con la fe del carbonero, pero hoy podemos añadir que no todos son carboneros, que hace falta una fe a la medida de las necesidades culturales y ambientales propias de cada uno.
Creer es entonces un acto plenamente humano, aunque es cierto que necesitamos del auxilio de la gracia, no es menos cierto que en nada queda violentada nuestra razón ni su fuerza directiva de la vida. En el juicio de credendidad se da el paso al Dios que hay que amar, con entrega y confiadamente.
No está demasiado claro en el consenso de los teólogos si hace falta o no una ayuda especial de Dios en este momento del acto de fe. Podríamos decir que, para afirmar en general que "hace falta creer", no haría falta ninguna ayuda de la gracia, pero que otra cosa es decir que "a mí" "me hace falta creer".
De hecho, cuando la razón adivina que detrás de su asentimiento la propia vida será del todo diferente, entra en juego aquel misterioso juego de la libertad en el que Dios siempre está presente. No hay que pasar por alto el papel que tiene aquí "la autoridad".
Es una palabra que puede sonar "negativa", pero que en sí misma debe distinguirse de todo tipo de autoritarismo o imposición. Para que sea posible la "obediencia de la fe" hace falta poner la confianza, fiarnos de Dios. Y esto es imposible sin autoridad.
El hecho de la autoridad tiene mucha importancia en cualquier "creencia" o proceso intelectual de tradición, pero ha quedado muy dañado en la visión racionalista de la fe, en la que las verdades no se creen en la medida en que son garantizadas por Dios que las revela, sino por el sentimiento de unidad o belleza que genera su cosmovisión.
Que la fe sea incondicional, sin limitaciones, sin reservas, quiere decir que es falso que se pueda creer en parte, un poco o sólo algunas cosas. A menudo esto lo ha olvidado el creyente contemporáneo que ha vivido de un criterio ideológico de la fe. Podríamos decir que este hombre tiene por verdaderos los contenidos de la fe "de manera diferente al de la fe".
El creyente actúa entonces más como filósofo que como verdadero creyente. ¿Cuándo es más "adulto" el cristianismo? ¿Cuándo pretende una fe ideológica puramente natural? ¿O cuando -como el niño- acepta la formalidad y la totalidad de la fe en base a la confianza y a la mediación de la autoridad? El asentimiento de fe no es adhesión ideológica, porque descansa en la fe que se entrega. No se trata de que el creyente esté menos seguro de aquello que sabe.
Está igual de seguro y su acto es igualmente incondicional. Sólo se trata de una seguridad libre en la que la ausencia de evidencia se suple por aquello bueno que sabe que es creer. La buena disposición del hombre que se sitúa respecto a Dios en una actitud de filial apertura, de sumisión y de acogida es fundamental en el acto de fe. De hecho, en todo tipo de comunión existe esta actitud. Veamos, sino, la relación que existe entre el niño y el adulto, o la que se da entre el alumno y el maestro. Es aquella actitud que fomenta la virtud de la piedad y que consiste en hacer atractivo para el hombre el bien espiritual que significa Dios.
Pascal ya advirtió que existía un diálogo interior por el que la verdad se descubre deseable o verdadera en la medida en que la acogemos. Los dos momentos que ya hemos estudiado (puedo creer y hay que creer) pueden ser realizados con nuestras fuerzas con ayudas puntuales, pero los dos últimos (quiero creer y creo) son realizados bajo el influjo misterioso de la gracia de Dios. Sin la decisión de creer y el asentimiento de la inteligencia, el acto de fe no podría incorporar el entendimiento, la voluntad y toda la persona (también el sentimiento) a la verdad y el amor de Dios.
A modo de resumen, podemos decir que la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Dios en el alma. Que hay motivos razonables que preparan y justifican la abertura del espíritu a la fe. Que la fe es fundamentalmente un asentimiento libre a la verdad revelada por Dios (creo "en" Dios y creo "a" Dios). Que se trata de un tipo de aprehensión intelectual, no una tendencia ni un sentimiento ni una experiencia confusa.
Que al acto de fe le hace falta la voluntad de adherirse en virtud de la autoridad (en el sentido fiducial de la confianza). Que la voluntad mueve al entendimiento en un acto libre. (Cuando se dice que no es un acto de la razón se quiere subrayar que no es "sólo" de la razón, es decir, que no se trata de un acto puramente especulativo). Que la fe es posible gracias a un acto voluntario, una decisión de querer creer, porque es razonable hacerlo, humano, hermoso, bueno. Que la fe es libre ya que los misterios no son evidentes. Y que tanto el asentimiento de la razón como el influjo de la voluntad están determinados por la gracia.