San Juan Crisóstomo. Catequesis bautismales

13 febrero 2026 - Pensadores - Comentarios -

San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo o Juan de Antioquia (Antioquía, Siria; 347 – 14 de septiembre de 407) fue un religioso cristiano, patriarca de Constantinopla, es considerado por la Iglesia católica uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia del Oriente. 


En la Iglesia ortodoxa griega es considerado uno de los más grandes teólogos y uno de los tres pilares de la Iglesia, juntamente con Basilio y Gregorio.


"Cien años después de su muerte, Juan de Constantinopla recibió el título por el que le conoce la posteridad: Juan Crisóstomo." El cual proviene del griego chrysóstomos (χρυσόστομος) y significa ‘boca de oro’ (chrysós, 'oro', stoma, 'boca'). Este Padre de la Iglesia fue un excelso predicador, famoso por sus discursos públicos y por su denuncia de los abusos de las autoridades imperiales y de la vida licenciosa del clero bizantino.


Las Catequesis bautismales, dentro de la amplia producción de san Juan Crisóstomo, ocupan un puesto importante no solamente por el gran número de las que han llegado hasta nosotros (doce, en conjunto), sino, sobre todo, porque ellas vienen a representar una fuente preciosa para la historia de la concepción y de la liturgia bautismal en Antioquía, una de las sedes más ilustres de la Iglesia oriental, al final del siglo IV.


Joan Martinez Porcell - e8757a_5ac0835971024cc2b73fda303e0a1e77-mv2-ts20260213113031595194.jpg

Juan Crisóstomo, ordenado de sacerdote el 16 de febrero del año 386, al comienzo de la Cuaresma, empezó enseguida su actividad de predicador, cuyos primeros testimonios son las Ocho homilías sobre el Génesis, desarrolladas durante el mismo año. Pertenecen a la Cuaresma del año 387 las veintiún Homilías sobre las estatuas, con las cuales Juan Crisóstomo, junto con la participación del obispo Flaviano, logró interrumpir y evitar represiones sangrientas ulteriores, por parte del poder imperial, como consecuencia de la sedición popular que llegó a mutilar las estatuas de Teodosio y de su familia. San Juan Crisóstomo, desde el comienzo de su actividad pastoral, reveló una clara y penetrante concepción del bautismo debida, ya sea a su experiencia personal, que con frecuencia subraya en las Catequesis 15, ya sea también a la tradición presente en la Iglesia de Antioquía. 


Su estilo sencillo y vivo, que, aun en la inmediata y constante relación con el auditorio, conserva siempre la impronta de la pura elocuencia ática, nos permite comprender sin dificultad su pensamiento. El primer aspecto fundamental que san Juan Crisóstomo capta en el bautismo es el sentido del misterio que lo rodea y que la misma expresión «sacramento», si se entiende en su acepción original, siempre refleja. La terminología que indica la distinción entre fieles y catecúmenos, en la comunidad cristiana de la época, es reveladora al respecto: únicamente los fieles (pistoi) son los «iniciados» (memuemenoi), mientras los catecúmenos (katéchoumenoi) son los «no iniciados» (amuetoi). 

Y la separación entre los dos grupos que se realizaba al comienzo de la liturgia eucarística, en la cual sólo los fieles podían participar mientras que los catecúmenos eran invitados a salir, se justifica por aquella «disciplina del arcano», profundamente enraizada en la Iglesia de Antioquía y que san Juan Crisóstomo refleja con frecuencia con la utilización de términos como «terrible», «tremendo», «inefable», de los cuales desgraciadamente en los momentos actuales, se ha perdido su significado genuino. El sentido del misterio, viene sugerido a san Juan Crisóstomo por la viva fe que tenía en la nueva realidad a la cual el catecúmeno es llamado a participar: la adhesión plena y definitiva a Cristo; y para expresarla se sirve con mucha frecuencia de la imagen humana y sugestiva del matrimonio. 

La conocida cita de Efesios (5, 31-32), que constituye la base de la interpretación patrística del matrimonio, es reiterada y reelaborada originalmente por san Juan Crisóstomo con un realismo muy suyo, que es otra de las características típicas de su pensamiento. Y este realismo es lo que le impide caer en lo genérico y abstracto, incluso en los momentos de más alta tensión y precisamente cuando uno se sentiría inducido a pensar que la teoría sobrepasa y anula la praxis en su apasionada elocuencia. Pero a pesar de la exaltación

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