San Gregorio nacianceno

13 febrero 2026 - Pensadores - Comentarios -

San Gregorio nacianceno

San Gregorio Nacianceno, obispo y doctor de la Iglesia, que fue maestro también de san Jerónimo, describe así las obras de misericordia en un famoso discurso suyo que trata del amor a los pobres. 

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia (Mt 5,7). La misericordia no está en el último lugar de las bienaventuranzas. Observa todavía: Dichoso el hombre que se apiada del mísero y del pobre (Sal 40,2) e igualmente: Bueno es el que se apiada y presta (Sal 111,5). En otro lugar se lee también: Todo el día el justo tiene compasión y presta (Sal 36,26). Conquistemos la bendición [...] busquemos ser benévolos. Que ni siquiera la noche interrumpa tus deberes de misericordia. No digas: Volveré atrás y mañana te ayudaré. Ningún intervalo se interponga entre tu propósito y la obra de beneficencia. La beneficencia, en efecto, no admite demoras. Parte tu pan con el hambriento e introduce a los pobres y a los sin techo en tu casa (Is 58,7), y esto hazlo con ánimo alegre y con premura. Te lo dice el Apóstol: Cuando haces obras de misericordia, realízalas con alegría (Rom 12,8) y la gracia del beneficio que llevas se te duplicará entonces por la solicitud e inmediatez. En efecto, lo que se da con ánimo triste y por obligación no resulta grato y no tiene nada de simpático. Cuando practicamos las obras de misericordia, debemos estar contentos y no llorar: Si alejas de ti la mezquindad y las preferencias, es decir, la cicatería y la discriminación, como también las vacilaciones y las críticas, tu recompensa será grande. Entonces tu luz surgirá como la aurora y tu herida cicatrizará en seguida (Is 58,8). ¿Y quién no desea la luz y la salud? Por eso, oh siervos de Cristo, sus hermanos y coherederos, si consideráis que mi palabra merece alguna atención, escuchadme: mientras se nos concede hacerlo, visitemos a Cristo, cuidemos a Cristo, alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, hospedemos a Cristo, honremos a Cristo no sólo con nuestra mesa, como lo hicieron algunos, ni sólo con ungüentos, como María Magdalena, ni sólo con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con las cosas que sirven para la sepultura, como Nicodemo, que amaba a Cristo sólo por mitades, y tampoco, en fin, con el oro, el incienso y la mirra, como hicieron los Magos. Porque el Señor de todos quiere la misericordia y no el sacrificio, y porque la misericordia vale más que miles de corderos cebados, ofrezcámosle justamente esta en los pobres y en los que hoy están abatidos hasta el suelo. Así, cuando nos vayamos de aquí, seremos acogidos en los eternos tabernáculos, en la comunión con Cristo Señor, al que sea la gloria por los siglos. Amén (Sermón 14, 38.40).” 

Joan Martinez Porcell - gregor-chora_-cropped-ts20260213112519546435.jpg
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