Alcher de Clarvaux. LIBRO DEL ESPÍRITU Y DEL ALMA PL. XL

El alma se entiende a sí misma
El alma es invisible, ya que, de otro modo sería incapaz de comprender las cosas invisibles. El alma ve las cosas visibles a través del cuerpo, pero, -puesto que ve lo invisible-, distingue las cosas invisibles por sí misma, y se ve a sí misma en sí misma. Percibe en el cuerpo a través del cuerpo, igual que se percibe el significado que está en la letra escrita a través de la letra. El alma que domina dirige y habita el cuerpo se ve por sí misma.
Se ve a sí misma por ella misma. No necesita la ayuda de ojos corporales, sino que se abstrae de todos los sentidos corporales lo mismo que de los obstáculos y ruidos, para verse en sí misma, y conocerse por sí misma. Y como quiere conocer a Dios, se eleva sobre sí misma con la fuerza de la mente. Pues Dios no es como el alma. Sólo puede verse con el alma, pero no como si fuese un alma.
La verdad sin defecto es inmutable, pero el alma no es así, sino que desfallece y progresa, conoce e ignora, recuerda y olvida, unas veces quiere, otras veces no quiere. Vaga de aquí para allá con pensamientos y deliberaciones dispersos, y así considera y observa todo.
Comprende cosas lejanas; otea con la mirada más allá del mar, recorre y escruta las cosas secretas: y en un instante sus sentidos rodean los secretos del mundo y los límites del orbe. Desciende a los infiernos y asciende de ahí, medita en el cielo, se adhiere a Cristo, se une a Dios. Ella misma es su patria y santuario y fue creada a semejanza de Dios. Si uno desea volverse tal como fue creado por Dios, y semejante a Él, que se vuelva, se mantenga y se busque dentro de sí mismo, y así verá porqué es hombre y por qué parte es imagen de Dios. Me vuelvo hacia mí mismo y me pongo también a indagar quién soy yo mismo, que me admiro de tales cosas: y me encuentro con que tengo un cuerpo y un alma. Ésta es la que me gobierna, el otro el gobernado; el cuerpo está al servicio, el alma da órdenes.
Me doy cuenta de que el alma es una realidad mejor que el cuerpo; y percibo que quien investiga todo esto es el alma, no el cuerpo; (…) Hay algo que el alma misma, señora del cuerpo, su rectora, que habita en él, ve, y que no percibe por los ojos del cuerpo, ni por los oídos, ni por el olfato, ni por el paladar, ni por el tacto, sino por sí misma. Y, por cierto, lo percibe mejor por sí misma que por medio de su siervo. Así es sin género de duda: se ve a sí misma por sí misma, el alma, para conocerse, se ve a sí misma. Y para verse, por supuesto que no pide ayuda a los ojos corporales; al contrario, se abstrae de todos los sentidos corporales, como algo que alborota y distrae, y se concentra en sí misma para verse en sí y conocerse en sí misma. Pero ¿acaso su Dios es algo parecido al alma? Cierto que a Dios no se le puede ver sino con el alma, pero no es posible verlo como se ve el alma. El alma busca algo de Dios, para que no le insulten los que le dicen: ¿Dónde está tu Dios? Busca una verdad inmutable, una sustancia perfecta. Pero el alma no es así: decae y progresa; conoce e ignora; recuerda y se olvida; ahora quiere esto y luego lo rechaza. Esta mutabilidad no se compagina con Dios. Si llego a decir que Dios es mudable, me insultarán los que dicen: ¿Dónde está tu Dios? (San Agustín. In Psal.41, n. 7)
Por todo lo dicho, el alma es lo que anima al cuerpo a vivir, esto es, lo vivifica. El espíritu es la misma alma por su naturaleza espiritual, pero también se dice espíritu porque insufla en el cuerpo. Alma y espíritu son lo mismo en el hombre, aunque uno se designe espíritu y otra alma. El espíritu se dice de la substancia y alma de la vivificación. La esencia es la misma pero las propiedades son distintas. Pues uno e idéntico espíritu se dice espíritu para sí mismo y alma para el cuerpo. Es espíritu en cuanto es una sustancia racional por la razón anteriormente dicha: y es alma en cuanto da vida al cuerpo, por lo que se dice: “quien pierda su vida por mí, ése la salvará.” (Luc, IX,24); esto es, todo el que por Dios desprecie de buen grado esta vida que es temporal y mortal por la vivificación del cuerpo por el alma, en el futuro recibirá la misma vida del cuerpo no solo del alma sino la vida eterna e inmortal.
El alma humana puede llamarse indiferentemente alma y espíritu, porque tiene ser en el cuerpo y fuera de él: no son -como piensan algunos- dos almas, -sensual y racional-, una por la que el hombre vive, y otra por la que sabe, sino que una y la misma alma en sí misma vive por el intelecto y ofrece la vida al cuerpo por el sentido. El cuerpo humano no puede vivir ni nacer sin el alma racional; aunque vegeta y se mueve y crece y recibió forma humana en el útero antes que recibiera el alma racional. Del mismo modo que observamos que los matorrales y las hierbas se mueven y crecen sin alma.
La vida del alma es doble; una por la que vive en la carne y otra por la que vive en Dios.
Puesto que en el hombre hay dos sentidos, uno interior y otro exterior, y ambos tienen su bien en lo que hacen. El sentido interior se ejercita por la contemplación de la divinidad y el sentido exterior por la contemplación de la humanidad. Por esta razón Dios se hizo hombre para que todo el hombre se gozara en Él, y toda la conversión del hombre fuese hacia él mismo, y todo el amor del hombre fuese en sí mismo, del mismo modo que por el sentido carnal se muestra la carne y por el sentido de la mente se muestra la contemplación de la divinidad.
Del alma. C.18.
El alma, vida del cuerpo. De qué modo el alma es mortal e inmortal, corpórea e incorpórea. Con su presencia el alma vivifica al cuerpo y está unida a él de tal forma que ni puede separarse de él cuando quiera, ni mantenerse en él, cuando oiga la orden de su Creador. La vida del cuerpo consiste en la vida del alma, y de la muerte del cuerpo se aproxima la muerte al alma. Igual que el alma con su vida vivifica la carne, y la fuente de su naturaleza lo riega animándolo, así la carne, por la corrupción de la materia, mata su alma si la obliga con pasiones ilícitas.
Y mientras una naturaleza es vencida, la otra vence, y solo una pasa a naturaleza victoriosa; esto es, o bien el alma con sus virtudes hace espiritual la carne, o bien la victoria de la carne vuelve carnal el alma. El alma no puede tener nada de muerte, si no es por la vida que le fue proporcionada; ni la carne puede retener algo de vida, si no fuera regada por el alma; ni puede pasar a otra naturaleza más alta, si está corrompida por vicios, o descuida las virtudes.
Actúa entera en aquello que obra. C19.
El alma es invisible e incorpórea; si fuese visible sería corpórea. Y si fuese corpórea sería divisible, tendría partes y no podría estar toda ella al mismo tiempo en un lugar. Ningún cuerpo puede tocarse todo o puede tocarlo todo. El alma está presente toda entera en cualquiera de sus movimientos o actos. Toda ella ve, y toda recuerda las cosas vistas; toda oye y toda recuerda las cosas oídas; toda huele y toda repasa los olores; toda ella gusta y discierne los sabores por la lengua y el paladar; toda toca las cosas duras o suaves; toda ella, al mismo tiempo, aprueba y reprueba. Con solo un dedo toda ella discierne lo cálido de lo frío. Toda es vista, toda es oído, toda ella recuerda; y como toda recuerda, toda ella es memoria; como toda quiere, toda es voluntad; como toda ella piensa, toda es reflexión: como toda ama, toda es amor. Puede por un lado pensar y por otro amar.
El hombre mortal. C 31. El sentido no impide que se conozca. He dicho muchas cosas del alma, pero todavía no he dicho nada de cuando fue encerrada en el cuerpo o cuando saldrá de él. Lo que juzgo primero, lo diré a continuación; lo último no puedo decirlo, porque desconozco mi fin. Esto sé con claridad, que somos mortales y, queramos o no, todos moriremos. Nada es más cierto que la muerte y nada más incierto que su hora. Desconocemos cuando, de qué modo o donde moriremos, porque la muerte nos espera en cualquier lugar. Por esto siempre debemos estar preparados para que, cuando el cuerpo vuelva a la tierra de la que fue formado, el espíritu vuelva a aquel que lo creó. Nos debe mover ante todo como fue definido el hombre por los sabios antiguos: el hombre es animal racional, mortal. Dado este género, que decimos animal, vemos que se añaden dos diferencias, con las que advertimos qué es el hombre, lo que es volverse hacía sí mismo y de qué hay que huir.

Igual que el progreso del alma cayó hacia las cosas mortales; así su regreso debe ser la razón por la que sea capaz de resistir los vicios que la atacan, para que viva según su naturaleza, e intente ordenarse bajo aquello por lo que debe regirse, y por encima de aquellas cosas que debe gobernar. En una palabra, lo que llamamos racional le separa de las bestias; lo que llamamos mortal le separa de Dios. Si no conservase aquello sería un animal; si no abandona las cosas de aquí no llegará a las cosas divinas. Para que el hombre desconocido se conozca a sí mismo es una magnífica obra el hábito de alejarse de las sensaciones, para que el alma se recoja hacia sí y se conserve en sí misma. Estas sensaciones impiden que el alma se conozca a sí misma y a su Creador, al que sin estos ojos debe intuir única y simplemente.