La Biblia dice la verdad

11 febrero 2026 - Opinión - Comentarios -

La Biblia dice la verdad

La Biblia ¿dice la verdad? 

Por criterios fundamentales de historicidad se entienden los criterios que tienen un valor propio y que, por tanto, autorizan un juicio cierto de autenticidad historia. 

Estos criterios no se han de aplicar de forma exclusiva, sino en su conjunto, y son los siguientes: 

  1. Criterio de múltiple fuente. Es la coincidencia de fecha proveniente de fuentes diversas. Se puede considerar como auténtica una fecha evangélica sólidamente testimoniada en todas las fuentes, o en la mayor parte de los Evangelios y de otros escritos del Nuevo Testamento. Este criterio es de uso corriente en la historia. Cuando un mismo hecho está testimoniado por diversas fuentes independientes, merece ser reconocido como auténtico. También vale la pena considerar aquí la existencia de otras muchas fuentes externas que nos proporcionan datos que coinciden con los relatos evangélicos, pero que provienen de escritos contemporáneos no bíblicos. 

Su importancia es muy interesante ya que no pretenden dar ningún tipo de testimonio de la fe en Cristo ni en la Iglesia; sólo proporcionan constatación histórica de unos hechos o de la influencia que ejercen en otros elementos de la historia de los hombres. 

2. Criterio de discontinuidad. 

Se trata de la discrepancia de las concepciones evangélicas frente a las concepciones habituales en la época de Jesús. Se puede considerar como auténtico un dato evangélico, sobre todo si se trata de palabras o actitudes de Jesús, cuando no se pueden reducir o deducir de las concepciones del judaísmo o de la Iglesia primitiva. 

Por ejemplo, Jesús llama a Dios, Abbá, es decir, Padre, pero esto resulta inaudito en el judaísmo antiguo. Jesús tampoco habla como los otros profetas diciendo: «así habla Yahvé», sino que utiliza la fórmula: «En verdad yo os digo», que era ciertamente inusual entre los judíos. Naturalmente no hemos de hacer de este criterio un uso excluyente. Jesucristo fue un judío de su época y, por tanto, es lógico que en él se den expresiones, usos y costumbres del momento histórico concreto. 

3. Criterio de conformidad

Se da cuando el relato evangélico es conforme a la historia del momento. Hay una gran conformidad de los relatos evangélicos con el ambiente palestino y judío de la época de Jesús, tal y como lo conocemos por la historia, la arqueología y la literatura. De hecho, la descripción del ambiente cultural, social y económico de Palestina, tal y como aparece en los Evangelios es imagen fiel de la Palestina de entonces. 

Estas descripciones dan razón fiable del relato evangélico. Por otra parte, se puede considerar como auténtico un hecho, una frase o un gesto de Jesús que está en estrecha conformidad no sólo con su época y ambiente, sino también y sobre todo, con la enseñanza del mensaje de Jesús, es decir, fundamentalmente con la instauración del Reino mesiánico. 

Por ejemplo, las parábolas aparecen siempre como explicación del Reino y tienen siempre el tema del Reino como centro. Así mismo, las bienaventuranzas son la carta magna del Reino y las peticiones del Padrenuestro están íntimamente unidas a la proclamación del Reino. 

4. Criterio de explicación necesaria

Se da cuando el relato evangélico se presenta como la explicación de hechos inexplicables. Si ante un conjunto considerable de hechos o de datos que exigen una explicación coherente y suficiente, se ofrece una explicación que ilumina y agrupa armónicamente todos estos elementos, que por otro lado continuarían siendo enigmáticos, podemos concluir que estamos delante de un dato auténtico y verdadero. 

Por ejemplo, los milagros de Cristo o los aceptamos como explicación de una serie de hechos importantes, o los dejamos sin explicación razonable. Por otro lado, si Jesús no hizo milagros no se explica la exaltación de la gente delante de Jesús ni la fe de sus apóstoles. 

5. Criterio de estilo propio de Jesús

Existen en el lenguaje y en la manera de obrar de Jesús, ciertos rasgos característicos que configuran su estilo personal. Este estilo se ha llegado a conocer por los criterios anteriormente citados. Por ello puede denominarse criterio secundario o derivado, pero una vez conocido, el estilo de Jesús se convierte en un criterio más de autenticidad. 

Así por ejemplo la parábola del hijo pródigo sólo está transcrita en Lucas y no por ello nadie ha de dudar de su autenticidad porque está avalado por el criterio de estilo personal de Jesús. El estilo de Jesús, a la hora de hablar es muy peculiar. Con frecuencia enseñaba con parábolas; los rabinos también lo hacían; pero las parábolas de Jesús son originales, son una interpelación: quien las escucha se encuentra ante la alternativa de convertirse o de negarse a la llamada. Con ellas, Jesús exige tomar una decisión. 

Otra característica de su estilo es el paralelismo antitético, es decir, una frase enuncia un pensamiento y a continuación otra expresa lo contrario. Jesús acentúa, habitualmente, el segundo término y no el primero como hacían los rabinos. Por ejemplo: «Quien se enaltezca será humillado y quien se humille será enaltecido» (Mt 23, 12). También es frecuente en Jesús el uso del «pasivo divino», es decir, una frase con el verbo en voz pasiva con Dios como agente ablativo sobreentendido. 

Por ejemplo: «Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados» (Mt 5, 5). Jesús hace uso de la primera persona con una cierta pretensión. Esto provoca que el pueblo se quede sorprendido cuando oye hablar a Jesús porque les enseña como alguien que tiene autoridad y no como los escribas: «quedaron sorprendidos de su doctrina porque hablaba con autoridad» (Mc 22; Mt 7, 29; Lc 4, 32). 


DIOS HABLA LA MANERA DE LOS HOMBRES. 

En la Escritura hay una dimensión divina y una humana que se vinculan según la relación que hay entre ambos autores de la Biblia. Dado que el autor humano es causa instrumental será necesario averiguar qué quisieron decir los autores de cada libro y aquello que Dios ha querido manifestarnos con sus palabras. 

Para redactar los libros sagrados, Dios escogió unos hombres de los cuales se sirvió empleando sus facultades y medios, de manera que, obrando en ellos y a través de ellos, escribieron como auténticos autores todo y sólo aquello que Él quería. Como que todo lo que los autores inspirados afirman ha de ser tenido como afirmado por el Espíritu Santo, «hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso que fuese consignada en las sagradas letras para nuestra salvación» (DV n.11). 

Ahora bien, en la Escritura Dios habla a los hombres a la manera de los hombres. 

Habrá que prestar atención para descubrir la intención de los autores sagrados, las condiciones de su tiempo y de su cultura, los géneros literarios, las maneras de sentir y de expresarse. La causa instrumental no consigue el efecto por propia virtud, sino gracias al movimiento previo de la Causa principal, que es Dios, pero el autor sagrado colabora con Dios en la composición de la Escritura con todas sus facultades: inteligencia, voluntad, cualidades personales, manera de ser y de sentir, pues «la verdad se presenta y se enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios» (CIC n.110). 

Dios, actuando con su sabiduría y poder infinitos, se sirvió del autor sagrado, dándole la capacidad de realizar una tarea que estaba muy por encima de sus propias energías y le concedió un entendimiento más profundo y un querer más fuerte. Al mismo tiempo, la acción y la intención del escritor no se sitúan al margen de la intención de Dios, sino a su servicio, sin perder sus características humanas. En esta unidad de acción Dios fue más autor que el propio escritor: su obra y su intención fueron más determinantes y fueron más allá de lo que el escritor había previsto. 

El don por el cual el escritor podía colaborar en esta tarea que le sobrepasaba se le conoce como don de inspiración, que, en sí mismo, fue un carisma transitorio que lo disponía a actuar únicamente cuando y en el sentido en que recibía el influjo sobrenatural del Espíritu Santo. 

Por todo esto hay, de hecho, en las Escrituras un exceso de las posibilidades del autor. El lenguaje humano, movido por la inspiración divina, adquiere una densidad peculiar. Siendo el escritor verdadero autor del libro, podía no conocer algunas cosas que Dios intentaba transmitir por las palabras y conceptos que salían de su inteligencia. Esto quiere decir que el contenido objetivo del libro no es coextensivo con el pensamiento del autor humano, sino que lo supera. 

El sentido literal no se reduce a aquello que va a plasmar el autor humano, sino a aquello plasmado por Dios en las palabras humanas. El sentido alegórico, moral o analógico pertenece al sentido espiritual de la Escritura, ya que, gracias a la unidad en el designio de Dios, no sólo pueden ser signos los textos de la Escritura, sino también las realidades y los acontecimientos de los cuales se habla. 

Y es que las palabras humanas, sin perder el significado original que les dio el autor, encuentran una riqueza mucho mayor según la intención divina. El estudio filosófico, histórico o filológico es, sin duda, una buena ayuda a la hora de profundizar en el sentido de las Escrituras, siempre que se usen dentro del sentido de fe y de pertenencia eclesial que ha de tener todo estudio teológico. 

La Escritura se ha de leer e interpretar a la luz del mismo Espíritu con el cual fue escrita. Por ello, hay que prestar mucha atención al contenido y a la unidad de toda la Palabra de Dios; habrá que leer la Escritura en la Tradición viva de toda la Iglesia ya que es ella quien lleva la memoria viva de la Palabra de Dios; y finalmente es necesario estar atentos a la analogía de la fe, es decir, a la cohesión de todas las verdades de fe entre ellas, dentro del proyecto total de la Revelación. 

El origen de los escritos evangélicos se encuentra en la primera predicación de la Iglesia, pocos años después de la muerte de Jesús. Los primeros escritos son las cartas de San Pablo a los cristianos de Corinto, escritas los años 51-52. San Marcos escribe su Evangelio hacia los años 55-56. Es decir, que los años en que se escriben los hechos de la vida de Jesús no están tan lejos de su existencia histórica. Los evangelistas Mateo y Juan fueron testimonios oculares y apóstoles de Jesús. 

Hacia el año 130, Papías, obispo de Hierápolis, afirmó que «Marcos, intérprete de Pedro, escribió diligentemente todo lo que recordaba». 

San Lucas fue a Palestina hacia los años 58-60 a buscar noticias acreditadas de la vida de Jesús. Más aún, los evangelistas no dejan de decir incluso lo que les es desfavorable y penoso. Quieren sinceramente escribir la verdad, y dando testimonio de ella llegaron a sufrir persecución y muerte. Muchos de los hechos descritos transcurrieron a plena luz, públicamente, e incluso la realidad de los acontecimientos nunca fue puesta en duda por los adversarios de Cristo. 

La transmisión textual de los Evangelios ha sido muy fiel. Los manuscritos que son testimonios del primitivo texto son numerosos; sólo los manuscritos griegos del Nuevo Testamento, aproximadamente del siglo IV y V, son más de cuatro mil. Los descubrimientos de papiros con textos originales han confirmado esta transmisión. El papiro de la Biblioteca Bodmer de Colonia, por ejemplo, contiene los 14 primeros capítulos de San Juan, posiblemente copiados en el año 200 y el papiro encontrado por T.H. Roberts contiene un fragmento de Isaías posiblemente escrito antes del año 150. 


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En cuanto al origen de los Evangelios la investigación ha avanzado muchísimo. Los Evangelios sinópticos de Mateo, Marcos y Lucas fueron escritos antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70. El de Lucas, posiblemente, entre los años 60-62; y el de Marcos en los años 50-60. Probablemente la composición de los Evangelios fue un trabajo de redacción, compilación y ordenación de pasajes ya elaborados y usados por la primera comunidad cristiana. 

El Evangelio de Juan fue compuesto a finales del siglo I y supone la existencia de los otros Evangelios. Para explicar la relación mutua entre los Evangelios sinópticos, es muy útil la teoría de las dos fuentes, que básicamente afirma que el Evangelio de San Marcos es el más antiguo y que fue utilizado por los otros dos (Mateo y Lucas) y, por tanto, tienen una fuente común. La segunda fuente sería una tradición oral anterior. 

Los Evangelios incluyen unas explicaciones tradicionales u orales que encuentran su consolidación con la escritura del texto definitivo. Por otro lado, la manera de ser de cada autor o la de sus destinatarios influyó en la redacción más o menos coincidente con los textos de los otros evangelistas. Los relatos evangélicos, en su núcleo esencial, y a pesar de las diferentes redacciones que se fueron sucediendo, son anteriores a su trascripción escrita. Por su proximidad a los hechos, merecen todo nuestro asentimiento histórico. 

Es indudable que los relatos evangélicos están expuestos por hombres creyentes: les movía el interés religioso, y los aspectos históricos o biográficos ocupan para ellos un segundo lugar. Por otro lado parece que respecto a Jesús no podía haber una información neutral. La fe de la primera comunidad se apoya en la historia y está fuertemente interesada en los hechos que fundamentan su fe. Aunque la exposición no es cronológica, es histórica, y aspira a ser considerada como tal. De hecho, sólo una fe fundamentada en hechos podría compensar la entrega y el sacrificio que para muchos de aquellos discípulos supuso el Evangelio. Algunos han querido fundamentar la historicidad de los Evangelios sólo en la fe de la primera comunidad pero la fe no podía surgir de un infundado entusiasmo. Son necesarios hechos reales. La confesión de la fe de los cristianos es la causa de la transformación de la Iglesia y no su consecuencia. La imagen evangélica de Cristo no podía ser creada por la comunidad. Por otro lado, la sobria y sencilla objetividad del texto, garantiza su verdad histórica. La composición es ingenua, ya que incluso no esconde las propias debilidades y faltas. 

Todas las narraciones presentan huellas que sólo deja la vida real y llegan a un exacto conocimiento de las complejas relaciones políticas del momento y a aspectos muy concretos de la vida ordinaria. En cambio no parecen reflejar las luchas internas de los primeros cristianos. Por tanto tendríamos que concluir que los textos son fieles a los acontecimientos reales de la vida de Cristo tal y como de hecho sucedieron. De todos modos puede ser adecuado proponer unos criterios internos de historicidad que, por otro lado, no son diferentes de los que usamos en la crítica textual de otros escritos. 

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