La persona humana.
cuerpo, carne y rostro
En virtud de la unidad existencial de la persona humana ocurre que tal unidad sustancial humana explica tanto las funciones biológicas como las capacidades superiores. La acción más adecuada a la naturaleza humana consiste en darse los fines y escoger los medios. En los seres humanos, no todo está programado, pero sus objetivos requieren de elección y aprendizaje.
Esto se puede decir tanto de los objetivos racionales como de los más fundamentales. Decidimos nuestra profesión o nuestras creencias, pero también decidimos hablar o comer. En la persona humana el pensamiento es tan radical como lo es la propia biología, ya que incluso satisfacer el instinto requiere la intervención de la razón. Las funciones de la corporeidad humana no surgen únicamente de su estructura biológica, sino sobre todo del hecho de ser un elemento constitutivo de esta realidad unitaria y sustantiva que es la persona humana. Por esta razón, podemos distinguir entre cuerpo y organismo.
El organismo es el soporte biológico de la persona, pero la corporeidad humana es mucho más. La corporeidad humana es al mismo tiempo presencia, rostro y carne. El cuerpo es soma en cuanto modo de hacerse presente en el mundo. El ser humano es un habitante del mundo y con su actividad modifica su entorno para poder sobrevivir. A diferencia de los animales, no se ajusta al ambiente, sino que adapta el ambiente a sus necesidades. Por esto devasta bosques, construye carreteras, instala luces y teléfono.
La persona no pasa por el mundo, sino que sigue ahí, lo habita. Habitar significa estar en un lugar poseyéndolo, teniéndolo. El único habitante del mundo es la persona humana, porque el hecho de habitar un lugar implica modificar el ambiente. Hablamos del "mundo humano" o de "mi" mundo o "su" mundo para indicar la maraña de relaciones que las cosas tienen con nosotros.
Podemos cambiar el entorno físico, transformándolo en un "lugar" de relaciones humanas, por lo que sería más correcto decir que el mundo existe en la persona y no tanto ella existe en un mundo objetivo. El derecho de propiedad, la libertad de residencia o de la circulación, la distribución de los bienes de la economía, la cultura como conjunto de manifestaciones humanas o el orden político son realidades íntimamente relacionadas con la condición de la persona humana como habitante del mundo.
La casa es el conjunto de todos los instrumentos; es el lugar donde existe un garaje, armarios, biblioteca, etc. Pero estas herramientas no las consideramos de forma aislada, sino que forman un plexo de referencia, un lugar humano. La casa es más que la vivienda en sus dimensiones físicas. La casa es la habitación propia; es el lugar de nuestros orígenes, es el país en el que hemos crecido. "Volver a casa” significa mucho más que volver a un lugar geográfico. La casa forma parte de nuestra intimidad. Es el lugar propio de nuestros recuerdos, de las confidencias y de la amistad. En casa nos sentimos bien porque todo nos es familiar. La casa es el lugar de la intimidad familiar, de la identidad original de la propia familia.
La casa es también el lugar en el que residen los seres queridos o débiles, los niños y los ancianos. En este sentido, toda persona debe tener un hogar. El cuerpo es además rostro, es decir, instrumento de relaciones intersubjetivas, de modo que reír, llorar o acariciar son acciones que nos hacen interlocutores de un mundo humano. Por último, el cuerpo es también carne, es decir, poder de transformación del mundo y elemento de limitación propia, ya que el cuerpo hace posible el hecho de que el hombre tenga cosas. El trabajo humano y el progreso de la técnica como actividad de dominio y apropiación del ambiente no son más que una extensión de la función corporal por el cual la persona está en el mundo.
La parte esencial de cualquier instrumento es su función. Una herramienta es "algo que se usa para", como el martillo sirve para clavar clavos, pero la herramienta también tiene una referencia intrínseca en relación con aquel que la posee, como el guante es para la mano o las gafas son para los ojos. El cuerpo puede atribuirse cosas tales como zapatos, guantes, gafas. Y el carácter indeterminado, no especializado del cuerpo es lo que nos permite tal asignación.
Si tuviéramos uñas, pico y plumas en vez de las manos, la boca o piel, no nos vestiríamos o no usaríamos guantes o gafas. Poseemos corporalmente cosas porque nuestro cuerpo está morfológicamente preparado para ello. La cosa poseída es medida por el cuerpo que a su vez es la medida de las cosas que la persona posee. Por esta razón, las cosas deben tener una medida humana, deben ser proporcionales a nuestro cuerpo. La aparición de herramientas es una manifestación de la conducta inteligente. A menudo se dice que algunos animales, con inteligencia práctica desarrollada, son capaces de construirse herramientas para acciones concretas.
La diferencia radica en el hecho de que una lanza no sirve para cazar este búfalo, sino cualquier búfalo. Sólo en los hogares humanos existe una caja de herramientas. El ser llega al cuerpo a través del alma,; el cuerpo está destinado a servir, desde un punto de vista biológico y funcional, a la racionalidad, y por esta razón no está especializado. Es un sistema en el que todos los elementos están funcionalmente relacionados entre sí para llevar a cabo las tareas que no son orgánicas. Toda su estructura, desde el bipedismo hasta la posición libre de las manos, pasando por la posición erecta o la posición frontal de los ojos, y el peculiar proceso de desarrollo del cerebro, implica una innovación radical del proceso evolutivo.
Las manos humanas son una herramienta no específica, es decir, son un instrumento de instrumentos y de lenguajes. La mano del hombre no es tan resistente como una pezuña o tan fuerte como una garra, porque no está hecha exclusivamente para correr o agarrar algo. No tiene una función biológica específica, ya que debe permanecer completamente abierta a múltiples significados y lenguajes humanos; con ella podemos expresar amistad, ternura, agresión o miedo. Lo mismo sucede con la voz humana. La voz es algo más que un simple sonido, es un sonido articulado que requiere órganos especiales, que permiten proporcionar al sonido un significado simbólico o convencional.
El cuerpo humano tiene un peculiar carácter personal, de modo que mientras que el vestido es algo extrínseco a nosotros, el cuerpo es intrínseco. La persona es humana en cuanto que está encarnada y el cuerpo humano es tal porque está animado por el espíritu. En definitiva, el hombre es cuerpo inteligente e inteligencia hecha cuerpo. La corporalidad es el modo en que la persona se hace presente en el mundo y en el tiempo. El cuerpo es la manifestación dinámica de la persona, y por ello educamos nuestros movimientos corporales, como conducir un coche o tocar la guitarra.
El hombre como persona es dueña de sí mismo, y una de las concreciones de esta experiencia radical es la sensación de gobernar nuestro propio cuerpo. Esto nos lleva a experimentar que somos algo más que nuestro propio cuerpo y, por otro lado, no somos capaces de modificarlo sustancialmente ni podemos disponer de él como si fuera una cosa, ya que posee la dignidad que tiene la persona entera.
El organismo es más que un cuerpo.
El hogar es más que una casa.
El alma humana
Está muy claro que un animal puede optar o decidir el mejor medio para satisfacer sus necesidades vitales, moverse de un lugar u otro y preferir escapar ante el peligro o esconderse de él. Cuanto mayor sea el nivel de unidad mayor serán los síntomas de autonomía en los que se ejerce la vida. En el nivel intelectivo, propio del ser humano, este circuito instintivo queda definitivamente roto ya que se escogen libremente los medios por los cuales el ser vivo se mantiene en el mundo.
La filosofía clásica llamaba alma al principio vital que se constituía como acto primero del ser vivo y de todas sus potencias. No hay que imaginar, como sucede a menudo, que el alma sea una especie de sustancia añadida al ser vivo, sino que simplemente designa el grado de unidad que manifiesta su organismo. Quien actúa es toda la sustancia. De este modo, no son los ojos los que ven, sino que todo nuestro ser “ve” a través de los ojos.
Estas potencias o facultades cuando son espirituales manifiestan el máximo nivel de unidad. Nuestros objetivos, ni que sean instintivos, pasan a través de la libertad y el aprendizaje. Un niño aprende todo, incluso las acciones más claramente sensibles o instintivas como caminar o comer. En este nivel espiritual el circuito instintivo queda totalmente roto.
Hay quien afirma que el pensamiento es, en este sentido, más radical que la biología. Martin Buber, en su obra ¿Qué es el hombre? Afirma que la antropología está llamada a conocer al hombre entero. Los llamados dualismos han significado en la historia de la antropología un modo sutil de negar la persona como realidad integral, exagerando aspectos de su unidad que, si bien, forman parte de su ser, son únicamente aspectos de su unidad existencial.
Así vemos como Kant afirma en su Crítica de la razón pura que el “yo pienso es el único texto de la psicología racional a base de la cual debe desarrollar ésta toda su sabiduría”; de este modo el objeto de la psicología es un yo pensante que no tiene referencia alguna en la experiencia exterior. Precisamente, -como más tarde afirma Hegel- esto sería construir una “metafísica abstracta del entendimiento y no una verdadera filosofía del espíritu”. Los dualismos antropológicos olvidan con frecuencia que cada persona es un bloque unitario, un único poseedor que las propias actividades, pasiones o estados corporales y psíquicos. Santo Tomás afirma claramente que el hombre no es un animal de estímulos sino de realidades y que la dualidad de operaciones distintas no debe implicar el dualismo de las sustancias. Para la antropología tradicional, el espíritu no es un espíritu “puro” sino más bien un alma que “anima” el cuerpo haciéndolo humano y a su vez el cuerpo no es tan solo un “conglomerado” de partes físicas sino un cuerpo anímico y animado.
La unidad personal
La negación de la unidad sustancial de la persona se ha podido afirmar desde posiciones muy distintas. Cabe recordar, por ejemplo, las filosofías de Platón o Filón de Alejandría que admitieron la existencia de varias almas, o bien el fenomenismo psicológico en la que no hay ninguna sustancia que sea soporte identitario de todos los hechos o asociaciones psicológicos.
Según esta opinión, en la persona no existiría nada auténticamente permanente sino que la persona sería más bien un proyecto en constante construcción que finalmente queda disuelta en su propia actividad personal. Pero sin duda son los dualismos las tendencias que han roto de una forma más tajante con la unidad de la persona humana. Para Platón y Descartes, por ejemplo, la unión de alma y cuerpo es meramente accidental.
Para éste último, el alma no solo está como “prisionera” de su propio cuerpo, sino que es una “res cogitans” que mueve el cuerpo al que está unido por la glándula pineal. No es la primera vez que las metáforas de que somos como el capitán de nuestro buque sugieren esta falta de unidad integral. Por el contrario la tradición aristotélica fue más fiel en la defensa de la unidad sustancial del hombre, que, formaría una unidad total compuesta de dos coprincipios sustanciales: cuerpo y alma.
Así el ser vivo tendría dos dimensiones: una materia orgánica y un principio vital que organiza y vivifica esta materia. El alma no sería un elemento inmaterial preexistente que se une a un cuerpo preexistente pero inerte, ya que el cuerpo sin el alma no sería un cuerpo organizado ni vivo. Aún así, como veremos, la auténtica superación de los dualismos antropológicos estará ligada a la capacidad de reconocer en un tercer elemento la unión e identidad que posee toda persona humana.
Este tercer elemento no será una característica más de la naturaleza humana, sino el ser. Efectivamente, la existencia o acto de ser será el elemento que, definitivamente, confiera unidad a todo el compuesto humano, unidad en el transcurso del tiempo y dignidad ontológica previa a cualquier actuación posterior, ya que cualquier acción tendrá el supuesto existencial como fundamento de su actuación. El ser vivo se caracteriza porque se mueve a sí mismo.
La automoción se convierte en una señal de unidad del ser vivo, al igual que ocurre con la autorrealización. Efectivamente vemos que el ser vivo tiene un grado muy notable de unidad interna. Es cierto que esta unidad puede darse en distintos grados o niveles, ya que no es el mismo grado de inmanencia el que se da en la vida únicamente vegetativa, y que descubrimos en los actos de nutrición, de crecimiento o de generación, que los que descubrimos en la vida sensitiva en los que a menudo se rompe el esquema o circuito que hay entre el estímulo y la respuesta.
Hay otras características personales, que han venido a llamarse “trascendentales personales” y que vendrían constituidas por aquellas características que son debidas a la persona por su mismo arraigo en el ser. Entre ellos podemos citar la intimidad, por la que toda persona permanece estable en su mundo interior, este lugar sagrado que siempre está “detrás” de su actividad.
Comprendemos lo que una persona hace, dice o piensa, pero el ser personal es el propietario de esta actividad desde un espacio anterior que posee nombre propio y destino eterno. Este espacio personal anterior e interior de toda actividad personal, este estar “dentro” y “detrás” de toda manifestación puede llamarse intimidad o vida interior desde el que toda persona puede darse a los demás por el dialogo personal, la confidencia o las demás relaciones interpersonales.
El desarrollo de estos trascendentales personales plantea verdaderamente la necesidad y conveniencia de trasladar el debate antropológico hacia la zona metafísica y espiritual en la que ciertamente encuentra toda persona su auténtica y más fundamental constitución. La unidad metafísica de la persona humana nos muestra la tendencia existencial hacia la unidad y la armonía psíquica.
La multitud de acciones u operaciones personales reclama un esfuerzo que hagan converger distintos niveles vitales de modo que la armonía psíquica puede plantearse como un verdadero objetivo a conseguir. En primer lugar, hace falta que la persona esté reconciliada con su inconsciente, que aun siendo muy importante no es tan hegemónico como se piensa.
La persona convive y se desarrolla con muchos elementos biológicos, genéticos, psicológicos, cognitivos, afectivos, educativos y culturales. Todos estos estímulos condicionan nuestro ser y nuestro actuar, pero queda lugar para la armonía entre el inconsciente y la vida consciente.
En muchos casos se trata de una armonía imperfecta y dependiente del grado de control que nuestra libertad ejerce sobre las tendencias y sentimientos. Existen opiniones que aconsejan sin mesura un mero control técnico o clínico sobre el inconsciente, aunque normalmente esta solución puramente técnica no es suficiente para conseguir una verdadera armonía personal.
Tampoco parece aconsejable un imperio despótico de la razón abstracta y de la voluntad dominadora sobre las tendencias inferiores. Aunque no hay duda de que la armonía y la unidad personal precisan del esfuerzo de la voluntad, deberíamos alejarnos de los modelos rigoristas del puro cumplimiento del deber.
Este esquema, propio de las ideologías de otro tiempo, primero diseñaban el hombre y la sociedad en la que debería vivir y luego coaccionaban los datos para que pudiesen entrar en los esquemas preconcebidos. No hay que olvidar que la salud personal precisa de convencimientos y motivaciones interiores para poder conseguir la armonía necesaria.
No existe unidad personal sin tener en cuenta el ritmo y la oportunidad en los que se ejerce la libertad humana y prever su propia debilidad y fragilidad.
El humanismo es un camino permanentemente válido para conseguir la armonía psíquica tan deseada ya que implica todo un programa de educación de la voluntad, los sentimientos y las tendencias. Habrá que aceptar que, a menudo, la armonía no se da o se da en un grado inferior al deseado. La razón es la facultad personal que debe encargarse de señalar el objetivo común a las tendencias inferiores. Poco a poco y gradualmente, a través de la costumbre y los hábitos, podemos educar nuestras tendencias para que puedan servir al objetivo que nuestra libertad decide.
Este gobierno de la razón no es despótico sino ético, ya que evitando los excesos, busca el punto medio en el cual se halla la virtud. La ética es, pues, el mejor camino y el más humano para armonizar y optimizar nuestras tendencias, a la vez que nos propone redescubrir la belleza de modelar nuestra propia conducta.
Que cada persona desarrolle su propio perfeccionamiento es una digna tarea que reserva a las personas un campo maravilloso de crecimiento personal y armónico.
