vocación a la santidad
Llamados a ser santos
Fieles a la llamada
El cristiano es santo porque ha nacido de Dios, que es Santo. Y es que el Padre, por generación, comunica al Hijo su propia vida, que es santa. Veamos esto partiendo de la analogía fundamental de la vida humana. El hombre es racional, es libre y capaz de reír, porque en el nacimiento ha recibido de su padre la naturaleza humana, es decir, la calidad de animal racional, libre, capaz de risa. Si luego el hombre no vive racionalmente, si no se ríe, o si esclaviza su libertad por el vicio, esto no cambia su estatuto ontológico: sigue siendo un hombre, aunque no viva como tal, y ningún animal puede alcanzar ni de lejos la posibilidad de perfección que hay en él.
Pues bien, de modo semejante, los hijos de Dios son santos, caritativos, fuertes, porque Dios es santo, es caridad, es fuerte. Si luego el cristiano vive “según el Espíritu, y no según la carne” (Rm 8,9), vive según su ser; pero si vive según la carne, es decir, “a lo humano” (1 Cor 3,3), se degrada y corrompe. Dios, fuente de vida, comunica en la creación diversos niveles de vida, ya sea vegetativa, animal o humana. La vida humana integra las otras, y lo hace en una síntesis cualitativamente superior, caracterizada por la razón y el querer libre de la voluntad.
Lo humano perfecciona lo animal y vegetativo, no lo destruye. Dios, fuente de vida, comunica en la Redención una nueva participación en la vida divina, caracterizada por un nuevo conocimiento que se nos da a través de la fe y una nueva capacidad de amar a través de la caridad. Y esta vida ha de integrar los otros niveles de vida, perfeccionándolos, elevándolos, sin destruirlos.
El catecismo nos recuerda la llamada a la santidad: "Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman...a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a esos también los glorificó" (Rm 8,28-30). "Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad" (LG 40). Todos son llamados a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48):
Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre.
De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40). El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama "mística", porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -"los santos misterios"- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos”. (Catecismo de la Iglesia Católica. Nn. 2013-2014)
El niño es persona racional, pero todavía no tiene uso de razón. Por eso apenas vive como un hombre, sino como un animal. En efecto, la espontaneidad habitual del niño no es la que corresponde al ser humano en cuanto tal, sino la que procede del alma animal. Ahora bien, a pesar de ello, el niño es animal racional, y ya desde muy pequeño tiene la capacidad de ser conducido por personas adultas hacia conductas propiamente humanas, como, por ejemplo, comer con cubiertos, dar a otro un objeto, etc. Todo eso que le resulta al niño un tanto laborioso, impuesto desde fuera, sería simplemente imposible en un animal.
Eso sí, cuando cesa la estimulación de los adultos, el niño, abandonado a sí mismo, deja de conducirse de modo humano y recae en su espontaneidad animal. Ya se ve que todavía no le funciona del todo el alma como humana, sino como animal; y esto es así con el agravante de que el alma animal también le funciona deficientemente -mucho peor que a un pato o a un pollo-, porque él está destinado a vivir como hombre, y aún no vive como tal. Aquí se ve la necesidad de los adultos en la formación humana de los más pequeños.
El adulto, por el contrario, vive movido habitualmente por el alma humana, tiene uso de razón, piensa de modo racional, se mueve por libres decisiones etc. Su conducta espontánea, sin necesidad de excesivas normas externas es ya humana; por ejemplo, come como se debe, da lo que conviene dar con facilidad. Y estos mismos actos de comer o de ofrecer algo a alguien no sólo están mejor hechos que en el niño, sino que son actos cualitativamente distintos a los del niño ya que proceden de una conciencia racional y un querer libre, es decir, provienen del alma humana en cuanto tal.
En el hombre adulto el alma humana no actúa como principio extrínseco, impuesto o relativamente violento, sino de una forma plenamente natural. La imagen que hemos expuesto se da también en la vida cristiana. El cristiano carnal es aún niño en Cristo porque vive al modo humano (1 Cor 3,1-3). Su espontaneidad no procede del Espíritu Santo, sino del alma humana. En estos comienzos de la vida espiritual su alma funciona más como humana que como propiamente cristiana. Es cierto que ya posee una naturaleza cristiana, y que tiene la capacidad de ser conducido por normas hacia conductas propiamente cristianas, como, por ejemplo, puede ir a misa los domingos, algo que sería contradictorio a un no creyente. Pero si cesa esa estimulación de normas o de personas, el cristiano carnal, abandonado a sí mismo, recae en su espontaneidad meramente humana, ya que apenas tiene uso de fe y el alma le funciona como humana y muy poco como cristiana.
El cristiano espiritual, en cambio, es ya adulto en Cristo y vive habitualmente movido por el Espíritu Santo con una caridad que impulsa sus actos. Su conducta espontánea es ya cristiana y su actuación procede de la gracia de Dios que habita en él. En este sentido, san Pablo llama “santos” a todos los bautizados; aunque la dinámica normal es que esta santidad ontológica sea el motor y la fuerza de la santidad psicológica y moral que precisa de nuestra colaboración libre. Y en este sentido, el santo “se hace” mediante la aceptación libre de la voluntad de Dios. En definitiva, crecer en la gracia de Cristo es dejar que la santificación ontológica del cristiano vaya produciendo en nosotros una progresiva santificación psicológica y moral. Del mismo modo que el alma humana anima todo lo que hay en el hombre, también la gracia de Dios anima todo lo que hay en el cristiano, su mente, su voluntad, sus sentimientos, su inconsciente, su cuerpo etc. Dios nos llama “a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el Primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8,29).
Santos o estoicos
La santificación del hombre implica un dominio del alma sobre el cuerpo, pero principalmente consiste en el dominio del Espíritu Santo sobre el hombre, en alma y cuerpo. Esta afirmación, fundamental en antropología cristiana y en espiritualidad, requiere algunas explicaciones de conceptos y palabras. La razón y la fe conocen que hay en el hombre una dualidad entre alma y cuerpo (soma y psique). No se trata del dualismo antropológico platónico en el que el hombre es el alma que preexiste al cuerpo.
No es eso. El hombre es la unión substancial de dos coprincipios, uno espiritual y otro material. Pues bien, “para designar este elemento [espiritual] la Iglesia emplea la palabra alma, consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas acepciones, opina sin embargo que no se da razón alguna válida para rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos” (Dz 567).
El Nuevo Testamento conoce la dualidad alma y cuerpo, como los libros más tardíos del Antiguo Testamento la habían conocido también. Y la razón filosófica, como hemos visto, sabe que hay “algo” que, al paso de los años, guarda la identidad de la persona, aunque el cuerpo renueve todas sus células, aunque el cuerpo quede paralizado o enfermo. Sabe que el conocimiento, la reflexión, el arte, la religión, son procesos espirituales que, como la libertad, no pueden ser reducidos a la materia. Los diferentes pueblos de la tierra hablan de una pluralidad anímica, el ka y el ba de Egipto; el po’h y el hun de China; el asa y el manas de los Vedas; el animus y el ánima latinos; o de un principio espiritual único, expresado en palabras sutiles, delicadas, que parecen vuelo: seele (alemán), aliento, soul (inglés), suspiro, alma, âme (francés).
Pues bien, aunque la santidad consiste en un dominio del Espíritu divino sobre el hombre, es evidente también que la ascesis cristiana procura un dominio del alma sobre el cuerpo. De poco vale el perfeccionamiento corporal (1 Tim 4,7-8), si “se pierde el alma” (Mt 16,26).
Es cierto que la lucha ascética cristiana no va tanto contra las rebeldías del cuerpo, como contra los espíritus malignos (Ef 6,12). Pero también es verdad que todo perfeccionamiento humano exige un alma que sea señora del cuerpo, y no esclava de sus exigencias. Muchas filosofías y religiones coinciden en esto con la doctrina cristiana. Sin embargo, en la antropología cristiana lo más importante es la distinción entre carne y espíritu (sarx y pneuma). El cuerpo, sin duda, debe ser conducido por el alma, pero la vocación cristiana lleva a una altura mucho mayor: a que el hombre entero, en alma y cuerpo, sea conducido por el Espíritu Santo.
El Espíritu (pneuma) es significado en la Escritura como viento (Jn 3,8) o aliento vital, que se expira al morir. En lenguaje bíblico “Dios es espíritu” (Jn 4,24). Espíritu es lo divino, sobrenatural, eterno, fuerte, santo, inalterable. El Espíritu santifica a los hombres (Hch 2,38), y los hace espirituales (1 Cor 3,1). Es evidente que la espiritualidad cristiana es la que realiza “el hombre espiritual” que vive dejándose conducir por “el Espíritu del Señor” (2 Cor 3,17): “Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8,14). Pues bien, la gracia de Cristo hace que los hombres carnales, animales, psíquicos es decir, “los que no tienen Espíritu” (Jds 19), vengan a ser hombres espirituales (1 Cor 3,1).
Así en Cristo los hombres viejos se hacen nuevos (Col 3,10); los terrenos vienen a ser celestiales (1 Cor 15,47); los meramente exteriores se hacen interiores; los hombres pecadores desde Adán (Rm 5,14.19), ahora en Cristo merecen ser llamados cristianos (Hch 11,26). Y en este sentido también podrá decirse que los cristianos incipientes, apenas transformados en Cristo, llenos todavía de miserias y deficiencias, son como niños, son cristianos carnales, que aún viven humanamente (1 Cor 3,1-3). Así nuestra fe confiesa que si “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) fue para que el hombre, que es carne, se haga espíritu. Podemos así, parafraseando un texto paulino (2 Cor 8,9), decir: “Nuestro Señor Jesucristo, siendo Dios, se hizo hombre por amor nuestro, para que nosotros fuésemos deificados por su encarnación”.
Dios santifica al hombre haciendo que no solamente supere sus límites de pecador, sino su misma condición de criatura. El conflicto principal en la vida ascética no está en la sumisión del cuerpo al alma, sino en la docilidad del hombre al Espíritu divino. El hombre carnal o demasiado “a lo humano” suele resistirse a este cambio o conversión. Es como si animal hominizado se resistiera a superar los modos de ser y obrar propios del animal, es decir, que no quisiera vivir humanamente, que se conformara con ser un buen animal.
Así obra el hombre que no quiere ser cristiano, o el cristiano que se resiste a superar los modos humanos de pensar, sentir y obrar, que no quiere “vivir según el Espíritu”, que se conforma con ser un buen hombre. Ignora que no se puede ser un buen hombre sino viviendo según el Espíritu del Señor. Decir que el cristiano debe “encarnarse” no parece una expresión demasiado feliz, aunque, por supuesto, admite significados nobles y verdaderos.
Es una terminología ajena a la tradición de los maestros de la espiritualidad cristiana. El Verbo divino es el que ha de encarnarse para que el hombre, que es carne, se espiritualice, venga a ser hombre espiritual. Este es el lenguaje bíblico y el de la tradición.
En Cristo, en cuanto que en Él “se revela al hombre quien es el hombre”, podemos afirmar que la culminación de una auténtica antropología a la luz de la fe debe necesariamente desembocar en una auténtica espiritualidad cristiana, es decir, debe encaminarse hacia una teología espiritual que acumule sabiduría y abra caminos para una vida centrada en el Espíritu. Vivir según Dios En el inicio del pecado primero hay un gran orgullo, un deseo profundo de “ser como Dios”.
Pero curiosamente este deseo producía un hondo pesar a Dios porque Él, Dios-amor no pretendía más que otorgarnos acceso a su intimidad divina y hacernos participar de su propia naturaleza. De hecho, con todo rigor, hablamos de un proceso de “deificación” de nuestras vidas causadas por la acción del Espíritu Santo.
Paradójicamente, aquel deseo que venía del orgullo Dios nos lo quería dar como regalo. El Espíritu Santo obra en nuestra alma un fecundo dinamismo por el que nuestro entendimiento, memoria y voluntad que nos fueron dadas en el bautismo generen en nosotros una auténtica deificación de nuestras vidas.
La ascética del sentido consiste fundamentalmente en que la sensibilidad obedezca a la razón y la libertad. En este sentido el dominio del alma sobre el cuerpo es condición necesaria de la santificación pero no es condición suficiente, ya que lo estrictamente cristiano no es la sujeción del alma al cuerpo sino de todo el hombre -alma y cuerpo- al Espíritu. De este modo, la ascética del espíritu se revela como el punto de mayor importancia en el plano de la santidad ya que procura la docilidad de nuestro espíritu respecto del Espíritu Santo. Esta edificación de nuestro ser está producida por la gracia divina.
La necesaria colaboración de nuestra voluntad consistirá básicamente en eliminar los obstáculos conscientes y voluntarios que se oponen a la acción de Dios. La ascesis del espíritu nos lleva a desasirnos de nuestros pensamientos, recuerdos y deseos, como si no los tuviéramos. Dios produce en nosotros esta deificación fundamentalmente por las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad.
Pocos quieren llegar a esta libertad, y, habría que añadir que a menudo se conforman con llegar a aquello que consideran como lo más “razonable”, volviendo así hacia atrás, retrocediendo hasta la edad de adolescencia espiritual en la que es la propia razón y libertad y no el Espíritu Santo el motor de su vida interior.
En este sentido, es mucho más importante la ascética del espíritu que la del sentido pero también es mucho más difícil, ya que es una tendencia natural que el propio espíritu se quede asido a lo que le pertenece por naturaleza. Deberíamos intentar un análisis más minucioso de la acción del Espíritu Santo en nuestro entendimiento, memoria y voluntad a través de las virtudes teologales que nos fueron otorgadas por nuestro bautismo.
Parece que necesitamos el éxito. Pero lo que persigue Jesús al final de su vida es la fidelidad. Y lo que le pide al Padre es ser fiel a su voluntad. En el Viernes Santo el fracaso de Jesús es estrepitoso. La Pascua es un regalo del Padre. Es importante que en momentos de cambio sepamos a dónde hay que mirar y a quién hay que mirar. Que sepamos apoyarnos en la mirada de elección de Jesús. Que jamás me va a traicionar. Que podamos dar razón de nuestra esperanza.
Es el punto esencial: formo parte del conjunto de llamados por amor antes de que el mundo existiera. Y he sido destinado a ser santo. Y ahí me juego toda mi existencia. Y éste soy yo. Éste sigo siendo yo. Una mirada agradecida y gozosa de que eso sea así, porque es fruto de un amor muy grande por parte de Jesús. Una de las virtudes que podríamos pedirle hoy al Señor, es la confianza. San Pablo, que se decía así mismo que era un aborto, porque no había conocido a Jesús, le recomienda la confianza a Timoteo: 12
Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. 13 Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. 14 Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros. (2 Tm 1)
¿Cómo andamos de confianza en el Señor?
Nuestra donación interior pasa por aquellos momentos de dureza, en que lo aguantamos a pulso. No lo confesamos, pero deberíamos hacerlo. La confianza en Jesús pasa por decirle lo que no nos gusta de nosotros de nuestra familia, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo. Sin dudar ni un milímetro de su llamada de amor a ser santos, ni de su poder: sé de quién me he fiado. También podemos preguntarnos cómo andamos de Misericordia.
Nuestro mundo es cada vez menos compasivo porque se parece cada vez menos a la imagen de Dios Padre que es amor. Es más agresivo, más competitivo. Más de resultados. Y de resumir nuestra vida en éxito o fracaso, fecundidad o no. 4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? 5 Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros 6 y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: 'Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.'7 Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión. (Lc 15) Y es una trampa, porque como son 99 y 1, a todos se nos ocurre pensar que somos de las 99, y no. Todos somos la perdida.
Tenemos que hacer el esfuerzo de saber que somos la perdida. Porque si somos de las 99, ya no hace falta que me convierta. Que vaya a buscar la perdida -pensamos-, que yo me alegraré mucho, y cuando vuelva, haremos fiesta. El Señor nos dice que todos somos esta oveja que ha marchado, y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros, y al llegar a casa se alegra con los amigos. Ese es Jesús. ¿Cómo andamos de misericordia con los demás, de paciencia, de fortaleza? Con los defectos ajenos. ¿Cómo andamos de misericordia con nosotros mismos?, que nuestra conciencia no será el último tribunal. No es lo mismo dolernos de nuestros pecados, que extrañarnos de nuestros pecados. No es lo mismo.
El dolor de los pecados es dolor de amor. No es dolor de amor propio herido, o dolor de sorpresa. ¿Cómo te has de sorprender de tu pecado? La misericordia es un don y un compromiso nuestro. Y la abnegación. Es la mortificación que no buscamos. La que la vida nos trae. San Pablo dice en 1 Co 4 8¡Ya estáis hartos! ¡Ya sois ricos! ¡Os habéis hecho reyes sin nosotros! ¡Y ojalá reinaseis, para que también nosotros reináramos con vosotros!9 Porque pienso que a nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, los ángeles y los hombres. 10 Nosotros, locos a causa de Cristo; vosotros, sabios en Cristo. Débiles nosotros; vosotros, fuertes. Vosotros, estimados; nosotros, despreciados. 11 Hasta el presente, pasamos hambre, sed, desnudez. Somos abofeteados, y andamos errantes. 12 Nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos. Si nos persiguen, lo soportamos. 13 Si nos difaman, respondemos con bondad. Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos. (1 Co)
Los cristianos somos espectáculo para el mundo. Entonces y hoy. No vayamos a pensar que la persecución que podamos sufrir es un invento del siglo XXI. Es una constante de la vida cristiana. Va con el lote de la llamada. Recibiremos 100 por 1. con persecución. La situación en la que estamos de problemas no es ajena a esa mirada de Jesús. San Pablo nos recuerda que en ella nos encontramos también la fidelidad a Dios, a la voluntad de Dios. Ser fieles a Dios después de años de haber recibido la llamada, es un gozo. Es ese querer con determinada determinación la voluntad de Dios.
Qué alegría que nuestra alma esté gozosa, oxigenada, capaz de generosidad, dispuesta al sacrificio. A renovarnos constantemente en el espíritu de esa llamada. Hay una especie de arteriosclerosis espiritual, por los filtros que vamos produciendo, nuestro corazoncito se va quedando pequeñito, o en un lugar determinado de nuestra vida, o demasiado defendido, porque cualquiera lo puede atacar, o demasiado desconocido porque igual me dice cosas que no quiero oír, y eso produce inmovilidad. Las cosas pequeñas que antes no valoraba, ¡qué grandes son! ¡qué difíciles se me hacen! En cambio, cuando hay amor, las dificultades se relativizan. El motor del mensaje de Jesús es el amor. Lo dijo por activa y por pasiva. 'Nadie tiene amor más grande que el que da la vida.', 'os doy un mandato muevo.' No es poesía. Es que la fuerza más capaz de cambiar nuestro interior es el amor. Y sólo por amor se cambian cosas. Pues qué bonito volver a actualizar la llamada de Jesús en nuestro interior. Y vivir y permanecer en esa llamada. Revisando aquellas actitudes que más nos acercan a la fidelidad, como son la confianza en el poder de Dios, la misericordia hacia los demás, y la abnegación en su seguimiento.
El laico vive la vocación cristiana con una índole peculiar. No es el sitio en el que vivo la llamada, sino el estilo en que vivo la llamada. La índole secular, en la familia, en el trabajo, en la política. Nos hace más sensibles a la actitud testimonial. 19 Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda. 20 Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley -aun sin estarlo- para ganar a los que están bajo ella. 21 Con los que están sin ley, como quien está sin ley para ganar a los que están sin ley, no estando yo sin ley de Dios sino bajo la ley de Cristo.22 Me he hecho débil con los débiles para ganar a los débiles. Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos.23 Y todo esto lo hago por el Evangelio para ser partícipe del mismo.24 ¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis! 25 Los atletas se privan de todo; y eso ¡por una corona corruptible!; nosotros, en cambio, por una incorruptible. 26 Así pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, 27 sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado. (1 Co) Dejemos que sea Dios que nos hable en nuestro corazón.
El soplo del Espíritu Santo
La inhabitación del Espíritu Santo en nuestros corazones es una presencia real, física, de las tres Personas divinas, que se da en los justos, es decir, en las personas que están en gracia, en amistad con Dios. Las tres Personas divinas habitan en el hombre como en un templo, y no sólo meros dones santificantes sino las mismas Personas de la Trinidad las que se hacen presentes en el corazón del bautizado. Por la inhabitación, los cristianos somos “sellados con el sello del Espíritu Santo” (Ef 1,13), que es un sello personal, vivo y vivificante.
El Concilio Vaticano II comparó esta vivificación del Espíritu Santo en el alma del bautizado al principio de vida que el alma tiene respecto del cuerpo. Habitualmente suele explicarse esta presencia divina a modo de conocimiento y de amor. Esta sociedad del hombre con Dios, este trato familiar con él, comienza por la gracia en la vida presente, y se perfecciona por la gloria en la futura. Y no puede el hombre tener con Dios esa amistad que es la caridad, si no tiene fe, una fe por la que crea que es posible ese modo de asociación y trato del hombre con Dios, y si no tiene también esperanza de llegar a esa amistad. La inhabitación se explica teológicamente por el conocimiento y el amor mutuo de la amistad.
Muchos cristianos viven al margen de esta presencia divina, pero el cristiano espiritual capta habitual y claramente la inhabitación. De ahí que cuando el ejercicio ascético se perfecciona en la vida de los dones del Espíritu Santo es cuando realmente el bautizado vive plenamente de su condición de templo vivo del Espíritu. Hay una íntima relación entre el sacramento de la eucaristía y la habitación del Espíritu en el alma del justo. De hecho, la presencia real de Cristo en la eucaristía tiene como fin asegurar la presencia real de Cristo en los justos por la inhabitación. Como el mismo Jesús dice: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Así como vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6,51-57). Incluso puede afirmarse que, bajo ciertos aspectos, la presencia del Señor en los cristianos es aún más excelente que su presencia en la eucaristía.
En primer lugar, porque la inhabitación hace al cristiano idóneo para la comunión eucarística; en segundo lugar porque mientras en la eucaristía el pan pierde su propia sustancia, en la inhabitación Dios permite al hombre mantener su propia identidad con sus facultades y operaciones propias; y en tercer lugar porque en la vida eterna la eucaristía cesará, en cambio la presencia de Dios en el alma del justo no sólo no desaparece en la vida eterna sino que llegará a su consumación.
Es tan central en la vida cristiana la realidad de la inhabitación trinitaria en la propia alma que toda la vida cristiana debería proponerse como una íntima amistad del hombre con las Personas divinas que habitan en él. La oración, la caridad al prójimo, el trabajo, la vida litúrgica, todos los aspectos de la vida cristiana parten de esta presencia constante, activa, benéfica de Dios en el alma por el que la misma Trinidad se constituye en principio ontológico y dinámico de una vida nueva, divina, sobrenatural, eterna.
Se trata de una doctrina menospreciada o silenciada que está en la raíz de muchos moralismos o voluntarismos espirituales de corte pelagiano. Dios quiere que seamos habitualmente conscientes de su presencia en nosotros. No ha venido a nosotros como dulce Huésped del alma para que habitualmente vivamos en su ignorancia o en el olvido de su presencia. Por el contrario, el don mayor recibido en la vida de la gracia es la donación personal que la Trinidad divina ha hecho de sí misma a la persona humana, consagrándola así como un templo vivo suyo.
Muy a menudo nuestro mundo invoca la dignidad de la persona humana desde posiciones mucho más débiles de las que propone la fe. Muchas antropologías toman la terminología del cristianismo pero desprecian el fundamento sólido que la fe realmente pone a disposición de toda persona humana y de su dignidad más alta, que no es otra que el pertenecer a la familia de Dios. La experiencia enseña que no hay un modo definitivo y sólido de fundamentar la dignidad del hombre si se suprime su vinculación a Dios. Cuando san Pablo quiso intervenir en la corrección de conductas inmorales acudió al principio de todo esfuerzo ascético. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?
Si alguno profana el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros” (1Cor 3,16-17). La conciencia de la inhabitación aumenta en nosotros el deseo de la vida interior, de la intimidad divina y la necesidad de alejarnos del exterior banal y alienante y de vivir permanentemente reconociendo que “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21). Esta atención a lo interior es precisamente lo que impide que nos enajenemos del todo en la prisa, el confort o el consumismo.
Nos conviene conocer de qué forma podemos colaborar con el Espíritu Santo en la ascesis de nuestro entendimiento. En primer lugar nos conviene examinar a menudo y humildemente nuestros criterios a la luz de la fe, para plantearnos si nuestras seguridades naturales responden o no al espíritu evangélico, si Dios está o no conforme con lo que con tanta seguridad pensamos.
Por otro lado, sabiendo que pueden faltarnos algunos criterios de actuación, deberíamos preguntarnos si ponemos los medios necesarios para conocer las enseñanzas de fe o de vida espiritual de las cuales carecemos y para ir configurando nuestro modo de pensar al de Dios. Será igualmente necesario emplear esfuerzo en adquirir la debida claridad o certeza sobre los criterios que ya poseemos o ver cómo integrar mejor con prudencia y acierto algunos criterios que quizá permanecen inoperantes en nuestra vida diaria. Muchas veces puede ser una dificultad preferir cualquier cosa antes que pararse a pensar. Ahí el activismo suele hacer mucho daño ya que seguimos andando sin verificar la dirección en la que caminamos.
Necesitamos abrir la mente a Dios. La oración es la primera condición para obtener lucidez espiritual. Procurarnos una sana lectura espiritual de la palabra de Dios, los documentos de nuestros pastores, el misterio litúrgico o el acceso a los escritos de los doctores de vida espiritual son recursos necesarios y mucho más preferibles que aquellos que provienen de la palabra vana de los hombres que encontramos en los periódicos o vemos por televisión. Por otro lado, debemos abrir la mente al prójimo, procurando atención a las personas que Dios pone en nuestro camino para enseñarnos, también a los que no tienen estudios pero tienen una especial sabiduría de Dios que procede del Espíritu Santo.
CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO
Para conocer si una determinada inspiración viene de Dios, san Pablo nos ofrece algunos criterios: en primer lugar, analizar los frutos. El espíritu bueno o el malo se reconocen por sus frutos: “Las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, lujuria. Por el contrario, los frutos del Espíritu son: caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia” (Gál 5,14-22).
En segundo lugar, el reconocimiento de la comunión eclesial, ya que los dones auténtico son los que edifican la Iglesia. Los carismas son dones al servicio de la construcción de la comunión. (1 Cor 14,4.12.26). En tercer lugar, los dones del Espíritu, como los milagros o la fortaleza en afrontar persecuciones son signos más auténticos porque manifiestan la fuerza en la debilidad. (1 Tes 1,4-5). En cuarto lugar, la luz y la paz son señales del Espíritu, ya que sus dones no son impulsos ciegos que crean desorden (1 Cor 14,55). “La tristeza que es según Dios causa penitencia saludable e irrevocable, mientras que la tristeza del mundo engendra la muerte” (2 Cor 7,10), “porque el pensamiento de la carne es muerte, pero el pensamiento del espíritu es vida y paz” (Rom 8,6). Y en último lugar, la comunión fraterna se vuelve el criterio más seguro e importante que nos revela la presencia de Dios (1 Cor 15) precisamente porque la caridad nos lleva a respetar y amar los carismas de los otros (1 Cor 12).
El discernimiento personal es la búsqueda de la voluntad de Dios realizada por una persona particular. Es cierto que existe un aspecto eclesial incluso en el discernimiento individual ya que la escucha de Dios en la vida personal pasa necesariamente a través de la mediación de la Iglesia, que lee los signos de los tiempos de la sociedad en que se vive.
Precisamente por esta razón eclesial la mediación constituida por el diálogo con el consejero o el director espiritual es un medio fundamental del discernimiento. Antes de tomar una decisión determinada es preciso que actuemos estos dos criterios que son la conformidad con la palabra de Dios y de la Iglesia y poner el don al servicio de la edificación de los hermanos, que es el fin por el cual el Espíritu Santo otorga sus dones (1 Cor 12,7).
La mediación del consejero espiritual tiene por fin objetivar las experiencias y las mociones personales, aclarar lo que quizá se advierte de modo confuso y situarse en un horizonte eclesial en el cual tomar conciencia de que el Espíritu es único y no puede contradecirse. Toda la persona debe dedicarse a discernir entre la diversidad de las mociones espirituales, sobre todo su afectividad profunda para “sentir y gustar de las cosas interiormente”.
El discernimiento se efectúa también a través de la escucha de la palabra, ya que Dios se comunica a través de ella, pero el cristiano debe colaborar con su adhesión personal. Por eso san Ignacio, en sus Ejercicios pide: “demandar la gracia que quiero” (Ejercicios n. 91). Por una parte, es preciso pedir, sabiendo que no puede uno dar por sí mismo lo que se busca en el plano de la salvación y de la perfección cristiana; por otra, hay que desear lo que se pide, con una participación comprometida de toda la persona en la acción de Dios. El discernimiento supone la prontitud para cuestionarse frente a la interpelación de la palabra de Dios, es decir, exige una prontitud para el cambio y estar dispuesto a cambiar lo que sea en la vida personal, social o comunitaria. Sólo Dios es lo absoluto, todas las demás cosas “las cosas creadas” es relativo, y frente a ello “es menester hacernos indiferentes” (Ejercicios n. 23).
La indiferencia es la actitud positiva que consiste en optar fundamentalmente por Dios y por su plan sobre nosotros, por lo que todo el resto se vuelve innecesario y sólo se acoge en la medida en que sea manifestación de la voluntad divina. Y, como vimos, esto implica poner en discusión toda opción, preferencia o seguridad que no encuentre confirmación en Dios.
La actitud que renuncia al cambio nos cierra a la novedad del Espíritu. Esta prontitud para el cambio, en los Ejercicios, es tratada en el “preámbulo para hacer elección” en dos actitudes: la primera es la del que se coloca frente al problema de una elección con “ojo simple”, solamente “mirando para lo que soy creado, es, a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma” (Ejercicios n. 169); la segunda, en cambio, es la del que invierte el orden de las cosas: primero escoge el medio y luego intenta atraer a Dios a lo que ha elegido.
EL DISCERNIMIENTO IGNACIANO
San Ignacio nos ofrece también la experiencia de consolaciones y de desolaciones como medio de discernimiento espiritual, y describe la resonancia interior que la palabra de Dios y sus mociones suscitan en nosotros, con alternancia de euforia y de depresión, mediante los términos de consolación y de desolación espiritual. ¿Qué es la consolación espiritual? “Llamo consolación espiritual cuando en el alma se causa alguna moción interior, con la cual viene el alma a inflamarse en amor de su Creador y Señor y, por consiguiente, cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas. Finalmente, llamo consolación a todo aumento de esperanza, fe y caridad y a la alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su alma, tranquilizándola y pacificándola en su Creador y Señor” (Ejercicios n. 316).
Se trata, pues, de una experiencia de los “frutos” del Espíritu, de un incremento de las actitudes fundamentales de la existencia cristiana, a saber: de la fe, de la esperanza y de la caridad. La desolación, en cambio, es lo contrario de la consolación: “Así como oscuridad del alma, turbación en ella, moción hacia las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones que mueven a desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose del todo perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor”.
Por consiguiente, la consolación es energía del Espíritu Santo para emprender o confirmarse en una elección dada mientras que la desolación nos lleva lejos del Señor y es signo de la acción en nosotros del espíritu malo, “con cuyos consejos no podemos tomar el camino para acertar” (Ejercicios n. 318). Fuera del caso de una intervención extraordinaria de Dios, que nos manifestaría así su voluntad, una elección ha de realizarse a través de una “suficiente claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discernimiento de varios espíritus”.
El discernimiento espiritual, por otro lado, no excluye el hecho de emplear las energías humanas, es decir, examinar serenamente los motivos en pro y en contra de una determinada elección, que ha de hacerse en el “tiempo tranquilo”, “cuando el alma no está agitada por varios espíritus y usa sus potencias naturales libre y tranquilamente”.
De la elección que ha de hacerse en este tiempo tranquilo, san Ignacio describe un itinerario concreto: 1) precisar el objeto de la elección; 2) fijar el fin debido que es Dios y su alabanza, y encontrarse en la indiferencia, pronto a “seguir lo que sintiere ser más en gloria y alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma” ; 3) pedir al Señor que oriente las mociones interiores hacia su voluntad; 4) considerar las ventajas y las desventajas del objeto de la elección sólo con vistas al fin; 5) deliberar según motivos razonables; 6) presentar en la oración la elección hecha a Dios para que la confirme.
“La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de éstas. La distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquel al que oramos, tanto en la oración vocal (litúrgica o personal), como en la meditación y en la oración contemplativa. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado.
El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir (cf Mt 6,21.24). Mirado positivamente, el combate contra el yo posesivo y dominador consiste en la vigilancia. Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al "hoy". El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: "Dice de ti mi corazón: busca su rostro" (Sal 27, 8).
Otra dificultad, especialmente para los que quieren sinceramente orar, es la sequedad. Forma parte de la contemplación en la que el corazón está seco, sin gusto por los pensamientos, recuerdos y sentimientos, incluso espirituales. Es el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro. "El grano de trigo, si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Si la sequedad se debe a falta de raíz, porque la Palabra ha caído sobre roca, no hay éxito en el combate sin una mayor conversión (cf Lc 8, 6. 13). Catecismo de la Iglesia Católica, Nn 2731