Formació permanent sacerdotal

30 septiembre 2026 - Jornadas sacerdotales - Comentarios -

fORMACIÓN

PERMANENTE

SACERDOTAL 


8 DE OCTUBRE

También la dimensión intelectual de la formación requiere que sea continuada y profundizada durante toda la vida del sacerdote, concretamente mediante el estudio y la actualización cultural seria y comprometida. (...) Son también importantes los encuentros de estudio y de reflexión común, que impiden el empobrecimiento cultural y el aferrarse a posiciones cómodas incluso en el campo pastoral, fruto de pereza mental; aseguran una síntesis más madura entre los diversos elementos de la vida espiritual, cultural y apostólica; abren la mente y el corazón a los nuevos retos de la historia y a las nuevas llamadas que el Espíritu dirige a la Iglesia. 

(Pastores Dabo vobis)

FORMACION PERMANENETE SACERDOTALES

HORARIO


Este curso en la Residencia sacerdotal de San Josep Oriol.
Unas jornadas de oración 🙏🏻 y formación 📖 para sacerdotes! Quien ofrece estas jornadas es Mn. Joan Martínez Porcell, profesor de filosofía

El OBJETIVO principal es vernos, rezar juntos y estimular el amor por la verdad (y también pasar un buen rato y reírse que es muy bueno 🤪)

CUANDO?
Cinco sesiones hasta final de curso (cada mes y medio más o menos) En principio serán los jueves, aunque se puede proponer algún cambio

Primera sesión: JUEVES 8 DE OCTUBRE, en la Residencia sacerdotal (C/ Joan Güell 200. Barcelona)

10,00 Llegada. Recepción.
11,00 Adoración con puntos de reflexión, a cargo de Mn. Joaquim Meseger.
12,00 Estudio. "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo" Comentario de S.Th II-II de santo Tomás.
14,00 Comida (paella) y sobre mesa en Restaurante cercano (13 euros)

2 Timoteo 1, 6 "te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos"

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SPOILER: lA pAZ DE jESÚS

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1. Jesús nos deja una paz distinta de la del mundo Cuando dice: «Os dejo la paz, mi paz os doy», no promete una vida sin dificultades, sino una paz que nace de la comunión con Dios. Según san Agustín, esta paz es interior, fruto del amor, del perdón y de la presencia del Espíritu Santo. No depende de las circunstancias externas ni del éxito humano.   


2. La partida de Jesús no es una derrota Cuando Jesús anuncia que se va, pide a los discípulos que se alegren, porque vuelve al Padre. Los Padres de la Iglesia explican que la pasión, muerte, resurrección y ascensión forman parte de la glorificación de Cristo y de nuestra propia esperanza: en Él, la humanidad es elevada hasta Dios. 


3. El amor obediente vence al mal Jesús afirma deja claro que Satanás no tiene poder sobre Él. Va libremente a la pasión por amor al Padre y por amor a los hombres. La cruz la manifestación suprema de la obediencia y del amor de Cristo. La verdadera paz cristiana nace de saber que: Dios sigue presente aunque no lo veamos; que el mal no tiene la última palabra; que el obediente a la voluntad de Dios es más fuerte que el miedo y que es el Espíritu Santo es quien produce en nosotros la paz de Cristo, que no consiste en la ausencia de conflictos, sino en la certeza de que, unidos a Él, nada puede separarnos del amor del Padre. La riqueza de este pasaje no está sólo en lo que revela sobre Cristo, sino en cómo ilumina nuestra vida cotidiana. Jesús habla la noche antes de su pasión. Humanamente, todo parece derrumbarse, pero precisamente entonces habla de paz.


1. Debemos buscar la paz de Cristo, no la tranquilidad exterior. A menudo identificamos la paz con que todo vaya bien: salud, economía estable, relaciones sin conflictos, proyectos que salen adelante. Sin embargo, Jesús pronuncia estas palabras cuando se dirige a la cruz. Podemos preguntarnos: ¿Mi paz depende de las circunstancias o de mi relación con Dios? Un cristiano puede sufrir enfermedad, incertidumbre laboral, problemas familiares o incomprensiones, y sin embargo conservar una serenidad profunda porque sabe que su vida está en manos del Padre. Estas palabras nos invitan a pasar de la ansiedad a la confianza: rezar antes de reaccionar; confiar antes de controlar; abandonarse a Dios antes de desesperar. 

2. Combatir el miedo con la fe. «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde». El miedo es una de las experiencias más universales: miedo al futuro; miedo al fracaso; miedo a la enfermedad; miedo a la soledad; miedo a perder a quienes amamos. Cristo no niega esos temores, pero pide que no gobiernen el corazón. El creyente no es quien no siente miedo, sino quien no deja que el miedo tenga la última palabra. Una buena pregunta para la oración sería: ¿Qué preocupación está ocupando hoy el lugar que debería ocupar la confianza en Dios? 

3. Aprender a ver las separaciones desde la fe. Los discípulos sufren porque Jesús les dice: «Me voy». Todos experimentamos partidas: la muerte de seres queridos; cambios de etapa; despedidas; pérdidas inesperadas. Jesús enseña que una separación no siempre es una derrota. A veces Dios conduce nuestra vida por caminos que no comprendemos en el momento. Cuando algo termina, en lugar de preguntar solamente: «¿Por qué me lo han quitado?», preguntarnos también: «¿Qué quiere Dios construir a través de esta situación?». 

4. Descubrir que el amor se demuestra en la obediencia. Jesús afirma: «Ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado». No dice simplemente: «amo al Padre», sino que lo demuestra haciendo su voluntad. Para nosotros esto significa que el amor a Dios no consiste sólo en sentimientos religiosos, sino en decisiones concretas: perdonar cuando cuesta; decir la verdad; cumplir los deberes propios; mantener la honestidad cuando nadie mira; perseverar en el bien aunque no sea reconocido. El amor auténtico siempre acaba expresándose en obras. 

5. No conceder al mal más poder del que tiene. Jesús dice del príncipe de este mundo: «En mí no tiene ningún poder». El mal existe. Las tentaciones existen. Las injusticias existen. Pero no son omnipotentes. En la vida espiritual a veces actuamos como si el pecado, las heridas del pasado o las dificultades fueran invencibles. Cristo nos recuerda que el demonio no tiene la última palabra. La victoria pertenece a Dios. Por tanto, no desanimarnos por las caídas; acudir con frecuencia al sacramento de la reconciliación; volver a empezar las veces que sea necesario; recordar que la gracia es más fuerte que el pecado. 

6. Ser constructores de paz. La paz que Cristo da nunca es un don para guardar egoístamente. En la familia: evitando palabras hirientes; escuchando antes de juzgar; pidiendo perdón. En el trabajo: evitando la murmuración; favoreciendo la colaboración; tratando a todos con respeto. En la comunidad cristiana: buscando la unidad; evitando divisiones inútiles; corrigiendo con caridad. ¿Las personas que conviven conmigo encuentran más paz después de hablar conmigo o más inquietud? Este evangelio invita a vivir con cuatro convicciones: Cristo nos da una paz que el mundo no puede ofrecer. No debemos dejar que el miedo gobierne nuestro corazón. El amor verdadero se demuestra obedeciendo a Dios en lo concreto. El mal tiene poder limitado; la victoria definitiva pertenece a Cristo. Por eso, aun en medio de las pruebas, el cristiano puede repetir confiado las palabras del Señor: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde». (Jn 14,27)

tEXTOS DE sAN jUAN pABLO ii

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La paz y la dignidad humana. 

La paz social está condicionada por la justicia y el respeto a los derechos humanos. Sin justicia, no hay verdadera paz; la dignidad humana es fundamental para su convivencia. 

Paz personal y relación con Dios. La paz interior es un don divino que se alcanza mediante la relación con Dios y el perdón. La paz en el corazón deriva de la caridad y la justicia, y es necesaria para una paz duradera. 

Paz y justicia social. La justicia basada en los derechos del individuo garantiza la paz social y mundial. La ausencia de injusticia y la protección de la vida son condiciones esenciales para la paz. 


La paz desde la perspectiva teológica y filosófica. La paz verdadera se relaciona con el orden moral y el fin último del ser humano. Santo Tomás distingue varias formas de paz, siendo la paz de Cristo la auténtica y duradera. 

Paz y religión. La relación con Dios y la libertad religiosa son claves para una paz auténtica y universal. La colaboración interreligiosa y el respeto mutuo fomentan la reconciliación y la paz en la sociedad. 

El papel del cristianismo en la paz. La paz universal proviene del Evangelio y requiere una conversión interior y compromiso social. La Iglesia tiene un rol fundamental en promover la paz basada en la justicia, la caridad y la gracia divina.


TEXTOS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO


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La Paz en Santo Tomás de Aquino “No puede haber paz donde no hay orden”, escribió Santo Tomás de Aquino (S. Th II-II q.29, art. 4 ad1) Está definiendo la paz y distinguiéndola de la simple concordia. En esta cuestión aparecen cuatro preguntas: La paz, ¿es lo mismo que la concordia?; ¿Apetecen la paz todas las cosas?; La paz, ¿es efecto de la caridad?; La paz, ¿es virtud. 


Respondo: La paz implica concordia y añade algo más. De ahí que, donde hay paz, hay concordia, pero no al revés, si entendemos en su verdadera acepción la palabra paz. La concordia propiamente dicha implica, es verdad, una relación a otro en el sentido de que las voluntades de varias personas se unen en un mismo consenso. Pero ocurre igualmente que el corazón de la misma persona tiende a cosas diferentes de dos modos. 

Primero: según las potencias apetitivas; y así, el apetito sensitivo las más de las veces tiende a lo contrario del apetito racional, según se expresa el Apóstol en Gál 5,17: La carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu. El otro modo, en cuanto la misma potencia apetitiva, se dirige a distintos objetos apetecibles, que no puede alcanzar a la vez, y esto conlleva necesariamente contrariedad entre los movimientos del apetito. Ahora bien, la paz implica, por esencia, la unión de esos impulsos, ya que el corazón del hombre, aun teniendo satisfechos algunos de sus deseos, no tiene paz en tanto desee otra cosa que no puede tener a la vez. Esa unión, empero, no es de la esencia de la concordia. De ahí que la concordia entraña la unión de tendencias afectivas de diferentes personas, mientras que la paz, además de esa unión, implica la unión de apetitos en un mismo apetente. 

A las objeciones: 1. San Agustín habla allí de la paz de un hombre con otro. Y de esa paz dice que es concordia, pero no cualquier tipo de concordia, sino la ordenada, a saber, concordar conforme al interés de cada uno. Efectivamente, si uno concuerda con otro no por espontánea voluntad, sino coaccionado bajo el temor de algún mal inminente, esa concordia no entraña realmente paz, ya que no se guarda el orden entre las partes, sino que más bien está perturbada por quien ha provocado el temor. Por eso escribe antes San Agustín que la paz es tranquilidad del orden. Y esa tranquilidad consiste realmente en que el hombre tenga apaciguados todos los impulsos apetitivos. 

Respondo: El hecho de desear algo implica el deseo de alcanzarlo y de ver eliminado lo que impida su consecución. Pues bien, en el caso presente, el obstáculo puede proceder de un deseo contrario que se dé o en quien lo desea o en otro. Ahora bien, como acabamos de exponer (a.1), lo uno y lo otro desaparece con la paz, y de ello se infiere que quien tiene un deseo codicie también la paz, ya que debe lograr el objeto apetecido tranquilamente y sin tropiezos, y en eso precisamente consiste la paz definida por San Agustín: tranquilidad del orden. 

Respondo: La paz, como queda dicho (a.1), implica esencialmente doble unión: la que resulta de la ordenación de los propios apetitos en uno mismo, y la que se realiza por la concordia del apetito propio con el ajeno. Tanto una como otra unión la produce la caridad. Produce la primera por el hecho de que Dios es amado con todo el corazón, de tal manera que todo lo refiramos a Él, y de esta manera todos nuestros deseos convergen en el mismo fin. Produce también la segunda en cuanto amamos al prójimo como a nosotros mismos; por eso quiere cumplir el hombre la voluntad del prójimo como la suya. Por esta razón, entre los elementos de la amistad ha puesto el Filósofo, en IX Ethic., la identidad de gustos, y Tulio, en el libro De Amicitia, expone que entre amigos hay un mismo querer y un mismo no querer. 

Respondo: Como queda expuesto (q.28 a.4), cuando se produce una serie de actos que proceden del mismo agente y bajo la misma modalidad, todos ellos proceden de una sola y única virtud, y cada uno no procede de una virtud particular. Esto se ve en la naturaleza: el fuego calentando licúa y dilata a la vez, y no hay en él una fuerza que licúe y otra que dilate, sino que todos esos efectos los produce el fuego por su fuerza única calentadora. Pues bien, dado que, como queda expuesto (a.3), la paz es efecto de la caridad por la razón específica de amor de Dios y del prójimo, no hay otra virtud distinta de la caridad que tenga como acto propio la paz, como dijimos también del gozo (q.28 a.4).

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