Jesús solo en la orilla

10 julio 2026 - Opinión - Comentarios -
Joan Martinez Porcell - blessing-scaled-1-998x600-ts20260710095810116338.jpg

Jesús solo en la orilla. 

Se consumó la excomunión. La iglesia de todos respondió con dureza. ¿“Roma locuta, causa finita”? -me pregunto-. Inútil presentar razones que no hayan sido ya expresadas. El evangelio narra la tormenta en el lago, y dice: “estaba el barco en medio del mar y Jesús solo en la orilla. 

El derecho está para cumplirlo, pero no es capaz de ahuyentar algunos miedos razonables. Si ante un peligro grave, un capitán da órdenes perjudiciales para la seguridad del barco, es una tentación fácil pensar en tomar el motín como una buena solución.

Nadie duda de que el capitán es el capitán, pero también siente que la tormenta es innegable. La tripulación debe obedecer, pero incluso los más rígidos protocolos darían por justificada la rebeldía, sin tocar un ápice la validez de la ley. La cuestión no es la autoridad papal sino la dimensión de la crisis. Un católico no suele cuestionar la autoridad, pero no le pasa por alto el caos actual en la Iglesia. La verdad no evoluciona sin límite. 

Los dogmas son tan tozudos como la realidad y ambas se resisten a reciclarse. No podemos negar la infalibilidad del Papa, pero tampoco la validez de nuestros sentidos. El Papa hace todo lo posible para mantener la unidad. No debemos saltar a un bote salvavidas sin discernir bien. Pero cualquier persona sensata percibe un desequilibrio la indefectibilidad de los sucesores de Pedro y evidencia de que se han pisado demasiadas líneas rojas cercanas a la herejía, la inmoralidad o el sacrilegio. Huir no es bueno, pero quedarte te expone cada día más. 

Se consumó la excomunión y corrieron ríos de tinta, pero silencio ante el sacrilegio LGTB del cardenal Radcliffe. Doble vara de medir, hasta el punto de dejar en angustia a cientos de “excomulgados” que no saben si sus pecados están o no perdonados. ¿Así trata la iglesia las conciencias de sus fieles? Y mientras, Jesús permanece solo en la orilla. 

La realidad trasciende los límites del derecho. Supongo que eso quiso expresar el Papa Francisco cuando se preguntó: “¿Quién soy yo para juzgar?” El riesgo de saltar o no del barco es proporcional con la intuición del desastre sufrimos. Puedes seguir tocando el violín, si todavía estás en cubierta, pero eso no impide que el barco siga escorándose. ¿Cómo creer en la noche, mientras Jesús sigue en la orilla? La verdad no está en la mente, sino en la relación que guarda la mente con la cosa. Esta correspondencia no es una ecuación perfecta.

Las fórmulas abstractas no pueden juzgar las acciones humanas hasta el último de los detalles. Todos los papas, al igual que Pedro, poseen la gracia indefectible de su cargo. Pero, sin menoscabo alguno de la ley -o del protocolo marino- todo buen “segundo” considera un deber amotinarse si en conciencia piensa que el barco naufraga, aunque luego sufra un consejo de guerra. En el intervalo de lo desconocido, no te salva del peligro la ley, sino el don de consejo. La teoría de la gravedad de Newton es totalmente cierta sólo en el vacío. 

Si lanzas un Kilogramo de plumas y otro de hierro desde la torre inclinada de Pisa, te aseguro que no tocarán el suelo al mismo tiempo. En juicios de conciencia no hay pruebas absolutamente seguras. Cuando monseñor Lefebvre se enfrentó a la disyuntiva de ordenar obispos o firmar un acuerdo, nunca cuestionó la autoridad del Papa, pero no confiaba en él. Ordenar obispos sin el consentimiento papal conlleva la excomunión. 

“Roma locuta” -dice el derecho- “¿Causa finita?” -me pregunto yo- ¡Ojalá! 

Los amotinados legítimos desobedecen a un capitán peligroso. No hay consejo de guerra cortés, porque no existe un juicio puro. Unos se someten concediendo el beneficio de la duda a la jerarquía; otros se retiran basándose en que, si bien una conciencia dudosa no obliga, un acto previsto como dudoso debe evitarse. La cuestión es hasta qué punto es seguro mantenerse firme, sin cuestionar ni la autoridad ni los hechos. Y esto causa un terrible dolor de conciencia. 

Hay diferencia de criterio sobre cómo sopesar lo mal que están las cosas frente a cuánto eres capaz de soportar sin correr peligro. Hoy en día, en todo el mundo católico, se enseña a los fieles que una religión vale tanto como otra; que el pecado es subjetivo; que el infierno está vacío, que el pecado original es un relato mítico; que la Redención es fruto de la divinización evolutiva de la especie y no la obra de Jesucristo; que el matrimonio es disoluble (mediante la nulidad, no por el divorcio). 

La opinión de la mayoría de los católicos sobre cuestiones de fe y moral es la misma que la del resto de la gente. “Mientras tanto” -en la noche- los hombres de buena voluntad emitirán juicios prudenciales diferentes y llegarán a conclusiones prácticas distintas. La crisis de la Iglesia católica es hoy más grave que en 1988, momento de la primera excomunión. La jerarquía eclesiástica ha perdido aún más credibilidad. 

Han ocurrido los Amoris Laetitia, Fratelli Tutti, y Fiduccia Supplicans. 

León XIV no es Juan Pablo II, y Fernández no es Ratzinger. 

La mayoría de los fieles no se interesan ya de lo que ocurre en sus diócesis ni en la Iglesia universal. Yo no soy lefebvrista. Creo, respeto y obedezco al Papa, pero reconozco que la tristeza puede matar la conciencia por desafecto. Hubo un tiempo en que la excomunión ponía de rodillas a un emperador. Pero, entonces se creía en el infierno, y ahora no. El cardenal Fernández no es Gregorio VII. Hace unos años, nuestro prefecto afirmaba que la doctrina es una especie de materia viscosa, adaptable, sentimental, contextual, líquida. 

Tomarse esto en serio no merece la pena. Lo más que puedo decir es que siento asombro, risa y vergüenza ajena, pero ni pizca de temor reverencial. La doctrina es poco más que el informe de un grupo de trabajo, pendiente del contexto; la moral se disuelve en una misericordia sin juicio. Alemania lleva años ensayando el cisma por fascículos. La curia coloca cardenales al servicio de religiosas prefectas, mientras las parejas homosexuales son bendecidas. 

No es extraño que la Doctrina de la Fe haya acabado en manos de un cardenal que discute a Ratzinger, sin vergüenza, coqueteando con la teología contextual. ¿Cómo conseguir temer una excomunión si en Roma todo puede ser matizado, contextualizado, negociado, tolerado, reinterpretado o bendecido con una nota al pie? La teología será todo lo que se quiera, menos líquida. 

Ninguna autoridad vive sólo de la orden. Roma conserva toda la potestad, pero ha malgastado su autoridad. Cuando Fernández excomulga dispara desde una autoridad que lleva años mojando su propia pólvora hasta lograr convertir la pena máxima de la Iglesia en un esperpento de técnica canónica. 

El problema no es la desobediencia, sino la dirección en que se desobedece. La orden que nace vencida no engrandece al soberano, sino que lo expone. Esta es la consecuencia de jugar con la verdad. Mostrar el músculo del poder es fácil, pero no parece la mejor manera de recuperar la autoridad. No me interesan las payasadas eclesiásticas, ni que sean romanas. 

Únicamente me pregunto por qué Jesús sigue sólo en la orilla. 

Como profesor en el Seminario constato diariamente como muchos sacerdotes sufren el golpe de la incomprensión y de la soledad por defender la Tradición en sus diócesis. Sacerdotes brillantes, con expedientes académicos extraordinarios, que son apartados y destinados a las tareas más remotas por un único motivo: el miedo de sus obispos a que su sensibilidad por el catolicismo sin adjetivos resplandezca y genere adeptos. Sufren esa soledad sin el paraguas de ninguna estructura fuerte: sin fraternidad que los cobije, sin capillas propias y sin institucionalidad que los proteja. Ayudan a muchos fieles, convierten a muchas almas y sirven a la Iglesia desde su dura posición. Son ejemplo contagioso para otros sacerdotes jóvenes y seminaristas diocesanos que aún no tienen las coordenadas tan a fondo de la batalla. Están en primera línea, y su combate es tan duro como valioso. 

Los filósofos llamamos vorágine al concepto que evoca imágenes de intensidad y caos. Define el estado de agitación, en el cual las cosas se entrelazan de manera confusa y tumultuosa. Las emociones, actividades o eventos fluyen de manera descontrolada, generando sentimientos que adormecen y devoran la conciencia. El tedio mata. El término “vorágine” significa “garganta” o “abismo” define una realidad que devora o consume. Representa la situación en las que uno se siente atrapado o abrumado. 

Jesús está sólo en la orilla por qué no quiere que sus discípulos queden a merced de la vorágine. Nos enseña a alejarnos de las experiencias excesivamente intensas, provocadas por circunstancias externas de gran peso. Jesús no quiere que vivamos en confusión y agitación permanentes. Por eso, nos mira desde la orilla, sólo y en silencio. 

No me importa el derecho, ni soy nadie para juzgar nada, excepto a mí mismo. Pero estoy seguro de que, para estar con Jesús, hay que estar con Él sólo y en silencio. 

La vorágine únicamente se vence huyendo de ella. Por eso, está el Señor sólo en la orilla.

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