San Agustín. El buceador de la intimidad

Sobre el significado del término misericordia
Deseo daros, oh buenos fieles, alguna advertencia sobre el valor de la misericordia. Aunque he experimentado que estáis dispuestos para toda obra buena, no obstante es necesario que sobre este argumento os dirija un discurso esmerado. Se trata de lo siguiente: ¿qué es la misericordia? No otra cosa sino cargarse el corazón de un poco de miseria (de los otros). La palabra «misericordia» deriva su nombre del dolor por el «miserable». Las dos palabras están en ese término: miseria y corazón. Cuando tu corazón es afectado, sacudido por la miseria de los demás, ahí tienes la misericordia. Considerad, por tanto, hermanos míos, que todas las obras buenas que realizamos en esta vida se refieren verdaderamente a la misericordia. Por ejemplo: das pan a un hambriento: ofréceselo con la participación de tu corazón, no con desprecio; no consideres como a un perro a un hombre semejante a ti. Así, pues, cuando haces una obra de misericordia, si das pan, compadécete de quien está hambriento; si le das de beber, compadécete de quien está sediento; si das un vestido, compadécete del desnudo; si ofreces hospitalidad, compadécete del peregrino; si visitas a un enfermo, compadécete de él; si das sepultura a un difunto, lamenta que haya muerto; si pones paz entre quienes litigan, lamenta su afán de litigar. Si amamos a Dios y al prójimo, no podemos hacer nada de esto sin dolor en el corazón
(Sermón 358 A).


La misericordia en el hablar
Con la lengua rogamos a Dios, le satisfacemos, le alabamos, le cantamos a coro, con ella todos los días o somos misericordiosos cuando hablamos a otros o damos consejos [...]. ¡Prestad atención! He puesto un freno a mi boca, mientras esté frente a mí el pecador. Se pone frente a ti un malvado, te ultraja y te acusa de cosas que no has hecho. Pon un freno a tu boca. Dije: Vigilaré mis caminos para no faltar con mi lengua.
Déjalo hablar. Tú escucha y calla. Caben dos posibilidades: que diga algo verdadero o que diga algo falso. Si dice la verdad, el motivo eres tú y quizá hasta sea un acto de misericordia; pues si tú no quieres oír lo que hiciste, Dios, que tiene cuidado de ti, te lo dice sirviéndose de otro, para que, al menos confuso por la vergüenza, recurras a la medicina. Y entonces no devuelvas mal por mal, pues ignoras quién es el que te habla por medio de él. Por tanto, si esa persona dice algo que efectivamente hiciste, reconoce haber conseguido misericordia, juzgando que o bien lo habías olvidado o que se te dijo para que te avergüences. [...] No pienses que puedes manifestarte como santo si nadie te pone a prueba. Santo lo eres cuando no pierdes la calma ante una injuria, cuando te compadeces del que te ultraja, cuando no te preocupas de lo que padeces, sino que te apiadas de aquel que te hace padecerlo.
Aquí reside la cima de la misericordia: en compadecerte de él porque también él es tu hermano, porque es miembro tuyo. Se ensaña contra ti, delira, es un enfermo. Apiádate de él, no te alegres; alégrate únicamente de la tranquilidad de tu conciencia; lamenta su enfermedad. Porque también tú eres hombre. [...] Esto es misericordia de Dios. De este modo el Señor, por su misericordia ya habitual y por vuestras oraciones, me concederá poder exponerlo, dado que es difícil. Ahora habla Dios Padre: «Yo te digo, ¡oh alma creada por mí!, ¡oh hombre creado por mí!, yo te digo: había llegado tu fin. ¿Qué fin había llegado? Te habías perdido. Te envié quien te buscara; te envié un compañero de camino; te envié quien te perdonara. Por eso anduvo con sus pies y perdonó con sus manos.
De ahí que, vuelto a la vida, después de la resurrección mostró sus manos, su costado y sus pies: las manos con las que otorgó el perdón de los pecados; los pies con los que anunció la paz a los abandonados; el costado de donde manó el precio de los redimidos». He ahí, por tanto, que el fin de la ley es Cristo en orden a la justicia para todo creyente. Hazme, Señor, conocer mi fin. Ya se te ha dado a conocer tu fin. ¿Cómo se te ha dado a conocer? Tu fin fue pobre, tu fin fue humilde, tu fin fue abofeteado, tu fin fue escupido, contra tu fin se levantaron falsos testimonios. He puesto un freno a mi boca, mientras esté frente a mí el pecador. Él se hizo camino para ti. El que dice que permanece en Cristo debe comportarse como él se comportó.
Él es el camino. Caminemos ya, no temamos, no nos extraviemos. No caminemos fuera del camino, ya que se ha dicho: A la vera del camino me pusieron tropiezos, y a la vera del camino me pusieron una trampa. Y he aquí la misericordia: para que no caigas en los tropiezos tienes por camino la misericordia misma
(Sermón 16A).

La dulzura de la misericordia
Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia. Manifiesta la causa por la que debe ser atendido: porque es dulce la misericordia de Dios. ¿No sería más lógico haber dicho: escúchame, Señor, para que sea dulce para mí tu misericordia? ¿Por qué dice, entonces: Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia! Ya ha subrayado con otras palabras la dulzura de la misericordia del Señor, cuando en medio de la tribulación, decía: Escúchame, Señor, porque sufro. En realidad el que dice: Escúchame, Señor, porque sufro, expresa la causa por la que ruega ser escuchado. Pero al hombre que está en medio de la tribulación, no puede no parecerle dulce la misericordia de Dios. De esta dulzura de la misericordiosa de Dios, mirad lo que se dice en otro lugar de la Escritura: Como lluvia en la sequía, así de magnífica es la misericordia de Dios en la tribulación. Allí decía magnífica; aquí dice dulce. El mismo pan no sería dulce si no le precediera el hambre. Luego cuando el Señor permite o hace que pasemos alguna tribulación, incluso entonces es misericordioso; no nos priva del alimento, sino que nos enciende el deseo. ¿Por qué motivo, por tanto, dice ahora:
Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia? No tardes en escucharme: estoy en una tribulación tan grande que es dulce para mí tu misericordia. Por eso tardabas en darme ayuda: para que me fuese más dulce. Pero ya no hay motivo para que difieras tu ayuda: mi tribulación ha llegado al extremo; la medida del padecer está colmada. Venga, por tanto, tu misericordia para beneficiarme. Escúchame, Señor, porque es dulce tu misericordia. Vuélvete hacia mí según la inmensidad de tu misericordia, no según la multitud de mis pecados. (Com. al Salmo 68, 11,1).
La misericordia: un gesto de amor.
El hombre con dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el pueblo de los paganos. La herencia recibida del padre es el alma, la inteligencia, la memoria, el ingenio y todas las facultades que Dios nos dio para que lo conozcamos y lo adoremos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a un país lejano: lejano, es decir, llegó hasta el olvido de su Creador. [...] Al fin, tomó conciencia de a qué condición había sido reducido, qué había perdido, a quién había ofendido y en poder de quién había ido a echarse. Y volvió en sí mismo; primero en sí mismo y de esta manera al padre. Pues quizá se había dicho: Mi corazón me abandonó, por lo cual convenía que primero retomase en sí mismo y, de esa manera, conociese que se hallaba lejos del padre. [...] Se levanta y retoma, pues, tras haber caído, había quedado postrado en el suelo. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro. [...] Y tú perdonaste la impiedad de mi corazón. ¡Qué cerca está el perdón de Dios de quien confiesa los propios pecados! Dios, en efecto, no está lejos de los que tienen el corazón contrito. [...] Mientras todavía el hijo se disponía a decir al padre lo que andaba repitiéndose: Me levantaré, iré donde él y le diré, el padre, conociendo a distancia su pensamiento, corrió a su encuentro. ¿Qué quiere decir «correr a su encuentro» sino anticipar el perdón? Estando todavía lejos —dice el Evangelio— le salió al encuentro su padre movido por la misericordia. ¿Por qué se conmovió de misericordia? Porque el hijo estaba ya extenuado por la miseria. Y corriendo hacia él se le echó al cuello, es decir, puso su brazo sobre el cuello de su hijo. El brazo del Padre es el Hijo; le dio la posibilidad de llevar a Cristo, carga que no pesa, sino que alivia. Mi yugo —dice Cristo— es suave y mi carga ligera. El padre se inclinaba sobre el hijo erguido; inclinado sobre él, le impedía caer de nuevo. [...] Por tanto, al echarse el padre sobre el cuello del hijo, no lo oprimió, sino que lo alivió; lo honró, no lo abrumó. ¿Cómo, de otro modo, sería el hombre capaz de llevar a Dios sino porque Dios mismo lo lleva a su vez? El padre manda que se le lleve su mejor vestido, el que había perdido Adán al pecar. Tras haber recibido ya con el perdón al hijo y haberlo besado, ordena llevarle el vestido: la esperanza de la inmortalidad que confiere el bautismo. Ordena ponerle el anillo, prenda del Espíritu Santo, y las sandalias para los pies, para la prontitud en anunciar el mensaje evangélico de la paz, a fin de que sean hermosos los pies del que anuncia el bien. Esto, por tanto, lo hace Dios mediante sus siervos, es decir, a través de los ministros de la Iglesia. Pues ¿acaso dan los ministros el vestido, el anillo o las sandalias de su propiedad? Ellos deben sólo prestar un servicio, cumplir un deber; esos bienes los da Aquel de cuyo seno misterioso y de cuyo tesoro se saca eso. [...] Todo lo que es mío —dice el Padre al hijo mayor— es tuyo. Si eres promotor de paz, si te reconcilias, si te alegras del regreso de tu hermano, si nuestro festín no te entristece, si no permaneces fuera de casa aunque ya vengas del campo, todo lo mío es tuyo. Pero debemos hacer fiesta y alegrarnos, puesto que Cristo ha muerto por los impíos y ha resucitado. He aquí lo que quiere decir la afirmación: Porque tu hermano había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y le hemos encontrado (Sermón 112A).
Vuelve a ti mismo; y, una vez vuelto a ti, vuélvete aún hacia lo alto, no permanezcas en ti. Antes de nada, vuelve a ti desde lo que está fuera de ti, y luego devuélvete a quien te creó, a quien te buscó cuando estabas perdido, a quien te alcanzó cuando huías y a quien, cuando le dabas la espalda, te volvió hacia sí. Vuelve, pues, a ti mismo y dirígete hacia quien te hizo. Imita a aquel hijo menor, porque quizá eres tú mismo. [...] Entrando en sí mismo, dijo: me levantaré. Luego había caído. Me levantaré —dijo—, e iré a casa de mi padre. Ved que ya se niega a sí mismo quien se ha hallado a sí mismo. ¿Cómo se niega? Escuchad: Y le diré: he pecado contra el cielo y contra ti. Se niega a sí mismo: Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. [...] Escucha también al apóstol Pablo negándose a sí mismo: En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está para mí crucificado como yo para el mundo! Escúchale insistir en la negación de sí. Dice Ya no yo quien vive. Es clara la renuncia al yo; pero luego sigue una triunfal confesión de Cristo: es Cristo quien vive en mí. ¿Qué significa, pues, «niégate a ti mismo»? No ser tú tu misma vida. ¿Y qué se quiere decir con «no ser tú tu misma vida? No hacer tu voluntad, sino la de aquel que habita en ti. (Sermón 330).








Cristo es la misericordia
Cantemos, pues, hermanos, cantemos: Bendeciré al Señor que me ha dado el intelecto. El nos ha dado la naturaleza, nos ha dado el intelecto: ha sanado la naturaleza, ha sanado el intelecto. Tanto con la naturaleza como con el intelecto usó misericordia el piadoso Samaritano que bajó en nuestra ayuda: vendó nuestras heridas, las lavó con vino —y sabemos qué vino—, prestó cuidados a la creatura, la llevó a la posada para que la hospedase el que allí habitaba. La posada es la Iglesia; quien habita allí es el Espíritu Santo. El sacó de su costal herido la moneda con que pagó por nosotros, miserables, al posadero.
Este, una vez que recibió la moneda, hizo las curas con su aceite, untó las heridas de la naturaleza enferma con su ungüento, y la curó; prendió fuego a su aceite para iluminar nuestras tinieblas e hizo luz en nuestro intelecto. Si no tienes esta fe, no será para ti el samaritano, y morirás por tus heridas, habiendo rechazado la mano que cura (Sermón 365). adúlteras; ¿tú qué dices? Intentaron capturar a la Sabiduría de Dios en una doble trampa: si hubiese mandado matarla habría perdido la fama de manso; si hubiese ordenado liberarla, habrían podido calumniarlo como violador de la ley. Respondió, por tanto, sin decir: matadla, y tampoco: liberadla, sino diciendo: El que esté sin pecado que le tire la primera piedra. Justa es la ley que ordena matar a la adúltera; pero esta ley justa debe tener ministros inocentes. Vosotros que acusáis a la que conducís, mirad también quiénes sois. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro. Y se quedó solo Jesús con la mujer, quedó aquella que estaba herida y el médico, quedó la gran miseria y la gran misericordia.
Aquellos que la habían conducido se avergonzaron, pero no pidieron perdón; aquella que había sido conducida mostró estar confundida, y fue curada. Incorporándose Jesús le dijo: Mujer, dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: Nadie, Señor. Jesús le dijo: Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más. ¿Tal vez actuó Cristo contra su ley? En efecto, su Padre no había dado la Ley sin el Hijo. Si el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos han sido hechos por medio de él ¿Cómo podía haber sido escrita la Ley sin el Verbo de Dios? Dios no obra, por tanto, contra su Ley, porque ni siquiera el emperador actúa contra sus leyes, cuando concede indulgencias a los reos confesos. Moisés es el ministro de la ley, pero Cristo es su promulgador; Moisés lapida como juez, Cristo manifiesta indulgencia como rey. Dios, por tanto, ha tenido piedad de la mujer por su gran misericordia, como aquí el salmista ora, pide, exclama y gime; algo que no quisieron hacer aquellos que presentaban la adúltera al Señor: reconocieron en las palabras del médico sus heridas, pero no pidieron al médico la medicina.
Así son muchos los que no se avergüenzan de pecar, pero sí de hacer penitencia. ¡Oh increíble locura! ¿No te avergüenzas de la herida, y te avergüenzas del vendaje de la herida? ¿No es, por ventura, más fétida y pútrida cuando está desnuda? Confíate, por tanto, al médico, conviértete, exclama: Reconozco mi culpa y tengo siempre presente mi pecado. Y se marcharon todos. Quedaron él y ella solos; quedó el Creador y la criatura; quedó la miseria y la misericordia; quedó la que reconocía su pecado y el que le perdonaba el pecado. Esto es lo que, inclinado, escribía en la tierra. Pues escribió en la tierra. Cuando el hombre pecó, se le dijo: Eres tierra. Por tanto, cuando Jesús concedía el perdón a la pecadora, al otorgárselo, escribía en la tierra. Le concedía el perdón; pero, al ofrecérselo, levantó hacia ella el rostro y le dijo: ¿Nadie te ha apedreado? Y ella no dijo: «¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor? ¿Acaso soy culpable?». No se expresó en esos términos, sino que dijo: Nadie, Señor. Se acusó a sí misma. Los otros no pudieron probar el delito, y se retiraron sin rechistar. Ella, en cambio, confesó; su Señor no ignoraba su falta, pero buscaba su fe y su confesión. ¿Nadie te ha apedreado?
Ella responde: Nadie, Señor. Nadie, por confesar su pecado, Señor por esperar su perdón. Nadie, Señor. Reconozco las dos cosas: sé quién eres tú y sé quién soy yo. Y ante ti lo confieso. Escuché, en efecto: Celebrad al Señor porque es bueno. Reconozco mi culpa, reconozco tu misericordia. Ella dijo: Vigilaré mis caminos para no faltar con mi lengua. Aquellos, actuando con engaño, pecaron; esta en cambio, confesando, halló el perdón. ¿Nadie te ha condenado? Y ella: Nadie. Y basta. Jesús escribe de nuevo. Escribió dos veces; es lo que hemos oído, que escribió dos veces: primero para dar el perdón; luego para renovar los preceptos. Ambas cosas acontecen cuando recibimos el perdón. Ha puesto su firma el emperador: cuando se renueva esta formalidad, es como si se dieran de nuevo los preceptos. Estos preceptos son aquellos con los que en la primera lectura escuchamos al Apóstol que nos manda la caridad. Pues la primera lectura que escuchamos fue esa.
De ahí que el Señor mismo dijera: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas; y amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas (Sermón 16A).
los cristianos, miembros del cuerpo de cristo misericordioso
Cuando habla Cristo, a veces habla únicamente en la persona de la Cabeza, que es él mismo, el Salvador, nacido de María Virgen; otras veces habla en la persona de su Cuerpo, que es la Iglesia santa, extendida por toda la tierra. Y nosotros formamos parte de su cuerpo, si es que nuestra fe en él es sincera, nuestra esperanza segura y nuestra caridad ardiente; estamos en su cuerpo, y somos sus miembros, y nos encontramos con que somos nosotros quienes aquí hablamos, según lo que dice el Apóstol: Porque somos miembros de su cuerpo. En muchos pasajes dice esto el Apóstol. Y si dijéramos que no son de Cristo estas palabras, tampoco serían de Cristo aquellas otras: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Porque también en aquel salmo lees: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Lejos de mi salvación está el clamor de mis culpas; así como aquí lees: a la vista de mis pecados, allí encuentras: el clamor de mis culpas.
Dado que ciertamente Cristo está sin pecado y sin culpa, empezamos a pensar que esas palabras del salmo no se refieren a él. Y nos resultaría muy incomprensible y contradictorio que no se refiriera a Cristo aquel salmo en el que encontramos tan abiertamente su pasión, como si se leyera en el Evangelio. En efecto, leemos en el salmo: Se repartieron mi ropa, y sobre mi túnica echaron suertes. ¿Y por qué el mismo Señor, desde lo alto de la cruz, pronunció con su boca el primer versículo de este salmo, y dijo: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? ¿Qué quiso damos a entender, sino que todo ese salmo se refería a él, al recitar su comienzo? No hay duda, por tanto, de que las palabras que siguen, donde se dice: las palabras de mis pecados, son palabras de Cristo. Y los pecados ¿Dónde están, sino en su cuerpo, que es la Iglesia? Quien habla, pues, es el Cuerpo y la Cabeza de Cristo. ¿Y por qué habla como si fuese uno solo? Porque serán los dos una sola carne.
Dice el Apóstol: Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Por eso también, cuando Cristo habla en el Evangelio, respondiendo a quienes le preguntaron sobre el repudio de la esposa, dice: ¿No habéis leído lo que está escrito: que Dios desde el principio los creó hombre y mujer, y el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y serán dos en una sola carne? Así que ya no son dos, sino una sola carne. Si, pues, fue él quien dijo: Ya no son dos, sino una sola carne, ¿Qué tiene de extraño, si son una misma carne, una misma lengua, que tengan las mismas palabras la Cabeza y el Cuerpo, como una misma carne que son? Escuchemos, por tanto, a Cristo como a uno solo, pero a la Cabeza como Cabeza, y al Cuerpo como Cuerpo. No es que se separen las personas, sino que se distingue la dignidad; porque la Cabeza es la que salva, y el Cuerpo es salvado.
Manifieste la Cabeza la misericordia, y el Cuerpo lamente su miseria. La Cabeza está para purificar, y el cuerpo para confesar sus pecados; se trata, sin embargo, de una misma voz, aunque no esté escrito cuándo habla la Cabeza y cuándo el Cuerpo; pero nosotros al oírlo lo distinguimos, a pesar de que él habla como si fuese uno solo. ¿Por qué no va a decir: mis pecados, aquel que dijo: Tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me recibisteis; estuve enfermo y en la cárcel, y no fuisteis a visitarme? Con toda certeza el Señor no estuvo nunca en la cárcel. ¿Por qué no diría esto aquel al que cuando le preguntaron: Cuándo te vimos hambriento, sediento o en la cárcel, y no te socorrimos? respondió en la persona de su Cuerpo, diciendo: ¡Cuando no lo hicisteis con uno de los míos más humildes, tampoco lo hicisteis conmigo! ¿Por qué no va a decir: a la vista de mis pecados, quien dijo: Saulo, Saulo, por qué me persigues? Y, no obstante, en el cielo ya no sufría ninguna persecución. Pero, así como antes la Cabeza hablaba por el Cuerpo, así también aquí la Cabeza dice las palabras del Cuerpo, aunque oigáis las voces de la Cabeza. Pues bien, aunque oigáis las palabras del Cuerpo, no separéis la Cabeza; ni cuando oigáis las palabras de la Cabeza separéis el Cuerpo; puesto que ya no son dos, sino una sola carne. (Exposición sobre el Salmo 37).




Las palabras del Apóstol.
He aquí las palabras del Apóstol: Obrad vuestra salvación con temor y con temblor. (Podríais objetarme): ¿Por qué obrar con temor y temblor mi salvación, si está en mi mano conseguirla? [...] Es Dios el que obra en vosotros, por eso: con temor y temblor. Porque lo que consigue el humilde, lo pierde el orgulloso. Entonces, si es Dios el que obra en vosotros, ¿por qué se dijo: ¿Obrad vuestra salvación? Porque él obra en nosotros, para que también nosotros obremos. Sé mi ayuda: significa que el hombre debe también obrar mientras invoca la ayuda. «Pero la buena voluntad —dice— es mía». Lo admito, es tuya. Pero, aunque es tuya ¿Quién te la dio, quién la suscitó? No me escuches a mí, pregunta al Apóstol: Pues es Dios —dice— el que, en virtud de su buena voluntad, obra en vosotros el querer y el obrar. [...] Vosotros, los que juzgáis la tierra [...].

El Señor se dona al hombre en la misericordia.
El Señor subió al cielo manifestándose en presencia de sus discípulos. Esto sabemos, esto creemos, esto declaramos. Hizo dones a los hombres. ¿Qué dones? El Espíritu Santo. El que da un tal don ¿de qué naturaleza es en persona? Grande, en efecto, es la misericordia de Dios; da un don igual a sí mismo, porque su don es el Espíritu Santo, y toda la Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios. ¿Qué nos da el Espíritu Santo? Escucha al Apóstol: El amor de Dios —dice— ha sido derramado en nuestros corazones. ¿De qué te viene, oh mendicante, que el amor de Dios haya sido derramado en el corazón del hombre? Llevamos —dice— este tesoro en vasos de barro.
¿Por qué en vasos de barro? Para que se manifieste que una fuerza tan extraordinaria viene de Dios. En fin, después de haber dicho: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, para evitar que ninguno pensase que era de cosecha propia el amar a Dios, añadió de inmediato: por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado. Por tanto, para que tú puedas amar a Dios, que Dios habite en ti y que se ame a sí mismo desde ti; es decir, que él te impulse, te encienda, le ilumine, te eleve a su amor (Sermón 128). Escucha, pues, esto, y di con él: Piedad de mí, oh Dios, según tu gran misericordia. Quien suplica una gran misericordia, está confesando una gran miseria. Pueden pedir sólo un poco de tu misericordia los que pecaron sin saberlo.

Está escrito: Piedad de mí, según tu gran misericordia. Cúrame de mi gran herida según la perfección de tu medicina. Grave es lo que padezco, pero me confío al Omnipotente. Debería desesperar de sanarme de esta tan mortal herida, si no encontrase un médico tan excelente. Ten piedad de mí, oh Dios, según tu gran misericordia; y por tu gran compasión borra mi culpa. Las palabras “borra mi culpa” equivalen a piedad de mí, oh Dios. Y cuando dice por tu gran compasión, es como decir según tu gran misericordia.
Porque grande es la misericordia y hay muchas clases de misericordia; y de tu gran misericordia derivan tus muchas misericordias. Observas a los que desprecian para corregirlos; observas a los ignorantes para enseñarles; observas a los que confiesan sus pecados para perdonarlos. ¿Qué ha cometido un pecado por ignorancia? Uno que había hecho algunas cosas y había cometido muchos pecados dice: He alcanzado misericordia, pues por ignorancia los cometí cuando no creía. David no podría decir: Lo cometí por ignorancia. No ignoraba lo grande que era la gravedad del pecado de unirse con la esposa de otro hombre, y cuánta era la gravedad del homicidio del marido, que no estaba al tanto de lo que ocurría, y ni siquiera pudo enojarse por tal injusticia.
Alcanzan, por tanto, la misericordia del Señor los que pecaron por ignorancia; y quienes lo hicieron a sabiendas, alcanzan no cualquier misericordia, sino la gran misericordia. Lávame más y más de mi injusticia.
¿Qué quiere decir: ¿Lávame más y más? Que estoy muy manchado. Lava una y otra vez los pecados de quien pecaba a sabiendas, tú que lavaste los pecados de quien pecó por ignorancia. No se debe desesperar de tu misericordia. Y límpiame de mi delito. ¿Debido a qué méritos? Él es médico, ofrécele una recompensa; es Dios, ofrécele un sacrificio. ¿Qué darás para ser purificado? Debes fijarte en quién es el que invocas; invocas al justo: odia los pecados, si es justo; castiga los pecados, si es justo; no puedes apartar del Señor su justicia. Implora, por tanto, la misericordia, pero espérate justicia: es misericordia perdonar al pecador, es justicia castigar el pecado. ¿Y entonces qué?
Tú buscas misericordia, ¿pero el pecado va a quedar impune? Que te responda David, que te respondan aquellos que han caído, respondan junto con David, para merecer misericordia como David, y digan: Señor, mi pecado no quedará impune; conozco la justicia de quien imploro la misericordia; no quedará impune el pecado, pero no quiero que tú me castigues, yo mismo voy a castigar mi pecado; por eso pido que lo perdones, ya que yo lo reconozco. Y los impíos volverán a ti.
Tan llena está la riqueza de la misericordia, que ninguno de los que a ti se convierten debe desesperar, no sólo cualesquiera sean los pecadores, sino incluso los impíos. Y los impíos volverán a ti. ¿Tara qué? Para que creyendo en el que justifica al impío, les sea tenida en cuenta su fe para la justificación .(Com. al Salmo 50).